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Cultura
de la exclusión
Por Mariano
García
mariano@octubre.org.ar
“Mi
tesis es que la fuente fundamental de conflicto en ese nuevo mundo no será
esencialmente ideológica o esencialmente económica. Las grandes
divisiones de la humanidad así como la principal fuente de conflicto
serán de orden cultural.”
Samuel Huntington, “Choque de civilizaciones”, 1994
“Creo
que una de las principales fallas en la extensa literatura sobre economía,
ciencia política e historia del imperialismo radica en que se presta
muy poca atención al papel de la cultura para mantener un imperio.”
Edward Said, 1994
“Una
vez más, tenemos una opción: intentamos comprender, o nos negamos
a esto, contribuyendo a posibilitar mentiras aún peores que quedan
por delante”.
Noam Chomsky, septiembre de 2001

El mes
pasado, más precisamente a partir de la mañana del 11 de septiembre,
se cerraba la historia del siglo XX, y comenzaba de manera dramática
la del XXI. Los ataques suicidas contra las Torres Gemelas de Nueva York y
el Pentágono conmocionaron al mundo occidental de una manera inaudita
desde la Segunda Guerra mundial, y los medios de comunicación fueron
los portavoces en tiempo real de todo tipo de análisis, conjeturas,
hipótesis de conflicto y oscuras premoniciones.
Lo que
al principio parecía un accidente aéreo, luego se confirmó
que era un atentado terrorista, y durante toda la jornada y semanas posteriores
desfilaron por las pantallas de TV, las páginas de diarios y revistas
y los espacios radiales un extenso grupo de especialistas, representantes
religiosos y expertos en todo tipo de cuestiones (arquitectura, aviación,
terrorismo internacional, religiones comparadas, etc.) Mientras la cobertura
televisiva asistía en vivo al derrumbe de las torres, el culpable ya
había sido identificado por las autoridades norteamericanas, y muy
pocos lo cuestionaron: el terrorismo islámico, encarnado en la demonizada
figura de Osama bin Laden.
Algunos
se apresuraron a predecir el inicio de una tercera guerra mundial. Otros,
como el presidente Bush (y periodistas argentinos como Mariano Grondona o
Daniel Hadad) apenas si pudieron extender su análisis más allá
de frases desacertadas que caracterizaban el conflicto en puertas como la
lucha final entre el Bien y el Mal, la civilización y la barbarie,
“ellos” contra “nosotros” (quien sea que caiga dentro
de estos términos vacíos).
También
se habló mucho —no siempre sabiendo lo suficiente— sobre
historia, economía, geopolítica, ideología, psicología...
Todo para tratar de dar forma a ese enemigo que los Estados Unidos pretenden
crear desde la caída del comunismo, y que los brutales atentados le
han facilitado la tarea: el Islam. “El Islam es actualmente el cuco
de Occidente —decía Edward Said en 1994— Esta
idea de algo monolítico e indistinguible llamado Islam se convierte
en el receptáculo de todos los males del mundo...” Y en
consecuencia se actuó luego de los atentados: la policía y los
servicios de inteligencia de todo el mundo deteniendo y vigilando a musulmanes
por simple portación de nombre o de cara; ciudadanos dolidos y encolerizados
haciendo justicia por mano propia contra enemigos que ignoran por completo
(incluso hubo agresiones en Estados Unidos contra indios que usaban turbante,
que no son musulmanes).
Una
mirada hacia adentro
Los símbolos
del poder económico y militar de los Estados Unidos han sido atacados,
y la reacción de su población es lógica. La arrogancia
de creerse invulnerables dejó paso a un clima de alerta permanente,
y las libertades al estricto control sobre todo lo que es visto como una amenaza
a su sociedad. Como un organismo biológico que es infectado por un
virus, se han cerrado sobre sí mismos, expulsan todo lo que les sea
ajeno, y refuerzan su sentido patriótico.
Sería
antipático recordarles que un antecedente inmediato como lo es el atentado
a un edificio público en Oklahoma fue obra de un fanático de
ultraderecha de su propio país (cuando el principal sospechoso era
el grupo libanés Hezbollah); que las implicaciones de la CIA en el
asesinato de Kennedy son más que hipótesis; o que al primer
ministro israelí Ytzak Rabin lo mató un compatriota suyo, no
casualmente también de ultraderecha. Pero no por antipático
esto último no deja de ser cierto. Sin embargo, la tesis del “enemigo
interior” ha sido pasada por alto para la mayoría de los analistas.
Todos
apuntan hacia las inaccesibles montañas afganas; hacia millonarios
promovidos por occidente y luego convertidos en terroristas, que llevan a
la “guerra santa” a pueblos pobres y hambrientos que no tienen
nada que perder. También es una posibilidad, que no hay que descartar.
En cambio, no se mira hacia adentro de una sociedad que ahora ocupa el lugar
de la víctima, pero que durante diez años ha estado creando
un monstruo que ahora está decidido a combatir nuevamente.
Cómo
definir a un enemigo

"Contra el
enemigo" (1998) - Bruce Willis
Las declaraciones
de un presidente, de un secretario de Estado o de un alto oficial militar
difícilmente sean aceptadas de inmediato por una sociedad como la norteamericana,
bastante escéptica y con poca participación política.
No puede afirmarse que las declaraciones de Bush causaran inmediatamente un
sentimiento anti islámico en los ciudadanos (incluso se presentó
en una mezquita para pedir que parasen los ataques contra musulmanes en su
país). Es precisamente en el ámbito de la cultura donde se ha
estado promoviendo una imagen distorsionada del Islam, magnificada por los
hechos recientes.
Hay productos
de la industria cultural que resultan casi proféticos. El más
claro es la novela en la que el autor de best-sellers Tom Clancy cuenta cómo
el World Trade Center es impactado por aviones suicidas comandados por terroristas,
que curiosamente fue rechazada para ser filmada porque no resultaba verosímil
para los productores. Sí fue verosímil la idea de un alterado
musulmán que se ata al cuerpo una bomba nuclear y está a punto
de volar toda Nueva York, en la película “Contra el enemigo”,
protagonizada por Denzel Washington y Bruce Willis.
También
al periodismo le corresponde su parte, muchas veces complementaria. Como dice
E. Said: “Se ha hecho muy poco esfuerzo por comprender al Islam
y por entablar un diálogo. Por el contrario, abundan los reporteros
en los medios de Occidente, culpables de pereza y mediocridad, al igual que
los sedicientes intelectuales, que se prestan a este tipo de cosas. Su labor
principal, ya sea en los documentales televisivos como en los nuevos programas
que producen, es reducir, comprimir e incluso ridiculizar al Islam, ya que
esto les proporciona una buena tajada. Hay incluso películas. Recuerdo
que una semana antes de Navidad vi por lo menos tres películas en televisión
—”Delta Force” era una de ellas— que trataban sobre
la muerte de ‘terroristas’ que eran, al mismo tiempo, musulmanes
y árabes. La idea de matar árabes y musulmanes está legitimada
por la cultura popular, y es parte de la atmósfera que debemos analizar”.
La cita es tan elocuente que no es necesario seguir enumerando films, directores
o autores.

"Contra
el enemigo" (1998) Un anticipo de la Nueva York militarizada
Es bastante
claro que a la industria hollywoodense y la televisión (ya sea periodistas
o documentalistas) le corresponde gran parte del “mérito”
por crear esta imagen monolítica del Islam. Luego queda por ver a partir
de qué aspectos ese Otro es demonizado, sobre qué parámetros
se edifica este supuesto “choque de civilizaciones”.
A diferencia
del enfrentamiento con la Unión Soviética y todo el bloque socialista
durante gran parte del siglo XX, en esta nueva coyuntura no se enfrentan dos
sistemas económicos divergentes, ni hay mayores oposiciones en cuanto
a la propiedad o el sistema de comercio. Sí hay factores económicos
de mucho peso en juego, pero que actualmente están integrados a la
economía global. Esta es la principal razón por la que no se
puede hablar de un conflicto similar a las dos guerras mundiales anteriores:
en aquellas, chocaban grandes potencias económicas en expansión
que pugnaban por territorios donde colocar el excedente de producción.
Demás está decir que Afganistán no es nada ni siquiera
parecido.
En términos
políticos, si bien muchos sistemas en el mundo islámico no son
democráticos, otros sí lo son, y sin embargo no dejan de estar
del lado del Otro. Y regímenes dictatoriales en América latina
o África han sido promovidos y apoyados por este Occidente liderado
por los Estados Unidos, y han quedado del lado de “los nuestros”
según las conveniencias de turno. La raza y la nacionalidad tampoco
parecen ser variables exactas (casi nunca lo fueron en la historia), si bien
por simplificación suelen hacerse asociaciones de manera incorrecta,
por las cuales resulta igual un sudanés a un malayo, un afgano a un
marroquí, un iraní a un palestino. Poco parece importar que
no todo musulmán es árabe, ni que todos los árabes son
musulmanes.
Si no
es en términos económicos, ni políticos, ni estrictamente
raciales o nacionales, ¿cómo se define a ese otro? Queda la
cultura, en el caso del Islam una cultura con profundos lazos con la religión.
En el Islam, la religión es parte de la vida pública. Los preceptos
éticos y morales que se derivan de las enseñanzas coránicas
abarcan la organización la sociedad, la educación, la ciencia,
y demás esferas de lo público. Esa sí es una diferencia
excluyente respecto a Occidente, que desde la reforma protestante ha confinado
a la religión al mundo de la familia y lo privado.
Entonces,
de acuerdo a cómo es visto desde la cultura norteamericana, se concluye
que lo que tiene de diferente ese “cuco” —al que hoy pretende
atacar Bush y quienes respondan a su llamado— es principalmente un sistema
de valores que no se corresponde con el propio. Eso es precisamente un fanatismo
igual al que se dice combatir.
Revista
Soles - Nº 81
Octubre de 2001
Notas
relacionadas:
Desde
Génova a Nueva York
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