De muertes, idolatrías, santidades y cegueras
Marechal: El drama y la ironía
Por
Catalina
Pantuso
catalina@octubre.org.ar

Cuando las condiciones de vida de la sociedad se ven reducidas a tal punto que se hace imposible destinar parte de los recursos económicos a satisfacer las necesidades intelectuales y espirituales, el arte en los espacios públicos se convierte en la única posibilidad de disfrute cultural y en un estímulo que posibilita mantener —aunque más no sea en parte— la capacidad creativa. Buenos Aires tiene un patrimonio de arte público muy importante, que por estar integrado al paisaje urbano, generalmente no se valora ni se promueve.
A diferencia
de la pintura de caballete, los tapices, la pequeña escultura o cerámica
que se muestran en museos, oficinas, galerías de arte o en casas particulares,
donde el goce estético está al alcance de muy pocos, la escultura
y la pintura mural realizada en espacios abiertos sin restricción de
circulación —calles, parques, estaciones ferroviarias, aeropuertos,
etc.— llevan un mensaje estético, y a veces también ideológico,
que posibilita elevar la cultura artística de toda la comunidad.
Se considera arte público al que se exhibe fundamentalmente en la calle
y está dirigido a toda la población sin distingo de nivel sociocultural;
con estas expresiones se busca llegar a una inmensa cantidad de personas.
Según Graciela Schmilchuk “Un museo es un espacio menos público
que un parque porque su entrada es menos libre, hay filtros identificables
(aún cuando sea gratuito) de su uso y de la recepción estética
de las obras que presenta. Dudamos que Internet resulte un espacio más
accesible que un museo de arte, ya que entran en sus páginas de arte
personas con un perfil sociocultural similar al de quienes visitan museos,
aunque sean más jóvenes. Quizás haya más navegantes
que encuentren por casualidad páginas de arte, que transeúntes
que se topen con museos en las calles, pero tomar la decisión de entrar
a las páginas y a los museos de arte implica un conjunto similar de
características socioculturales que se circunscriben a minorías”.
El mural, el monumento o la instalación tienen que ver con el sitio
en el que están emplazados. Generalmente están integrados a
la arquitectura del espacio en el que se ubican y representan la idiosincracia
de la gente del lugar. Una de las condiciones básicas del arte público
es que tenga una lectura clara. En este sentido, el entorno, muchas veces,
determina el tipo de obra que se va a realizar: no es lo mismo pintar en una
calle, en una clínica, en un polideportivo, en una fábrica o
en un banco. La pintura de caballete es propia del artista, es más
íntima; es un gusto personal donde se expresa su sentir. En el arte
público se trabaja para el otro.
Uno de los ejemplos más destacados de arte público es el barrio
porteño de la Boca. Después de que el maestro Quinquela Martín
decidió poner color a las escenas cotidianas de sus habitantes, muchos
pintores, escultores, cantantes y bailarines se instalaron en sus calles para
dar testimonio del largo romance entre la gente, el paisaje y los artistas
plásticos.
En
estos últimos años Omar
Gasparini es quien ha cambiado nuevamente la estética de
la Boca embelleciendo el paisaje con sus excelentes creaciones. Al reflexionar
sobre estos temas afirma: “Estoy mucho más en la calle que
en las galerías de arte, y esto viene desde hace mucho tiempo. En la
década del ‘70 comencé a cuestionarme muy seriamente qué
era esto de la “pintura de caballete” y para qué servía.
Llegué a la conclusión de que siempre las obras iban hacia un
determinado público —muy selecto y pequeño—, y que
doña Cata y Don Filemón, nunca las podían ver. Empecé
a hacer escenografías para el teatro y me di cuenta de que la temática
popular sintonizaba muy bien con el gusto del público. Después
pasé, un poco de casualidad, a las paredes porque necesitaba decorarlas,
hacer "pajaritos llamadores" que señalaran determinados lugares.
Fue asi que me arriesgué a colocar esculturas en los balcones, en las
ventanas y en los zaguanes de la Boca”.
Desde el colorido “filete” —arte popular que se puede apreciar en algunos negocios, bares, camiones y colectivos— hasta los monumentos y esculturas (más de mil setecientos), sin olvidar las innumerables cúpulas y murales, Buenos Aires ofrece gratuitamente la posibilidad del placer estético en todos sus barrios.
Una
nueva experiencia: recorrer la ciudad con la mirada atenta
Al caminar por la Plaza Congreso se podrá reflexionar sobre el destino
político de nuestro país observando “El pensador”
de Rodin. Pararse a esperar el colectivo en Plaza Once será una oportunidad
para pensar en la vigencia de las instituciones de nuestra República,
frente al mausoleo de Bernardino Rivadavia, obra de Rogelio Yrurtia.
El
viaje en subterráneo puede convertirse en un recorrido de nuestra historia
con imágenes de grandes artistas plásticos como Raúl
Soldi, Hermenegildo Sabat o Molina Campos, reproducidos en cerámica.
En la estación Bulnes del la línea “D” se encuentra
el mural “Leyendas del país de la selva” donde se resumen
los mitos y leyendas argentinos.
Si en cualquier circunstancia se levanta la vista mientras se transita por
Plaza de Mayo o por las avenidas Corrientes, Callao o 9 de julio se podrán
apreciar hermosas cúpulas y relojes antiguos.
Salir de compras por las Galerías Pacífico brinda la oportunidad
de ver los murales pintados en el año 1946 por los maestros Lino Eneas
Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Demetrio Urruchua, Manuel Colmeiro y
Antonio Berni.
Pasar un día de sol con amigos en la Costanera Sur tendrá como
valor agregado la posibilidad de admirar “La fuente de las Nereidas”,
de la audaz artista salteña Lola Mora, como homenaje a la mujer argentina;
o imaginar el mar al pasar junto a la escultura “La Ola”, realizada
en mármol de Carrara por Nicolás I. Bardas.
Para
recordar antiguas fiestas populares es interesante detenerse en Independencia
y Bolívar frente al mural “Carnaval Porteño” realizado
por el Grupo Muralista del Oeste.
Descansar un rato para tomar un café en la confitería Las violetas
(Medrano y Rivadavia) será una ocasión para disfrutar de bellísimos
vitrales.
Concurrir al Hospital Tornú (Av. del Campo y Chorroarín) será
una posibilidad para recordar nuestras raíces latinoamericanas junto
al mural de Mónica Corrales “Homenaje al Sol”.
Si el colectivo pasa por el cruce de las avenidas Paseo Colón e Independencia,
será interesante fijar la vista en el “Canto al trabajo”
otra obra de Rogelio Yrurtia y recordar los tiempos en los que los inmigrantes
llegaban a nuestro país buscando un empleo seguro.
Quienes tienen intenciones de irse del país, podrán llegarse
hasta las barrancas de Belgrano y frente a la “Estatua de la Libertad”
—una copia mucho más chica de la que se encuentra en Nueva York—
ubicada en la intersección de las calles 11 de setiembre y La Pampa,
tendrán la oportunidad de calcular el precio del desarraigo.
Mientras se acompaña a los chicos para que jueguen en el Parque Rivadavia,
se podrá destinar unos minutos a pensar en el destino de los países
de América latina, mientras se contempla el monumento a Simón
Bolívar, obra del escultor José Fioravanti.
Para tejer ilusiones, nada mejor que esperar el tren en la estación
Flores, donde se encuentra el mural de “El ángel Gris”
(inspirado en el libro de Alejandro Dolina) que, a despecho de los refutadores
de leyendas, sigue repartiendo sueños.
Quienes, a pesar de las peripecias actuales, siguen trabajando por un futuro
mejor para la Argentina, tendrán una cita en la esquina de Saavedra
y Av. Rivadavia, junto al mural de Mónica Corrales “Paz, trabajo
y democracia”.
El arte público embellece el paisaje urbano, es uno de los atractivos
turísticos más importantes, y una forma de perfeccionar la democracia,
ya que las obras están a disposición del público de un
modo directo. Para que los habitantes de la ciudad puedan disfrutarlo se hace
necesario tener una política clara de mantenimiento del patrimonio
existente y de estímulo para la realización de nuevas obras.
También es imprescindible fomentar la educación artística
desde la niñez para que, al caminar por las calles; viajar en tren,
en subte o en colectivo; mientras se toma un café con un amigo o simplemente
se va de compras, la mirada se detenga en aquellas formas y colores que estimulan
la mente y el espíritu.
Revista
Soles - Nº 87
Mayo 2002
Notas relacionadas:
Omar Gasparini: Curiosas figuras porteñas
Galería de fotos de Fileteado Porteño