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Borges
y el Golem
Por Beatriz Borovich
En
“Las ruinas circulares” se narra la historia de un mago que
deseaba soñar un hijo y Fuego lo ayuda en dicho propósito.
Tal hijo sólo era producto del sueño de un soñador
y la historia se entiende como un simulacro. Ese hijo era una especie de
golem, tema que el autor repite en su libro “El otro, el mismo”,
en un poema titulado “El Golem” en el que se narra la historia
del famoso rabí de Praga y sus prácticas mágicas.
El Golem es una masa informe de arcilla, y pertenece a la Kábbala
Práctica. Esta historia tiene mucho de leyenda y se cuenta que la
inmensa mole fue creada por el Marahal de Praga para proteger a los judíos
de las persecuciones. En casi todas las leyendas los Golem no hablaban pero
sí sentían, amaban, especialmente a la hija del rabino, su
creador. Los Golem debían ser neutralizados semanalmente con un salmo,
en el templo. Si el rabino se olvidaba la “vasta arcilla” transformada
en un cuasi hombre, hacía destrozos. El Golem llevaba escrita en
la frente o debajo de la lengua la palabra Emet (que significa
verdad). Si dicho personaje hacía descalabros, se le sacaba la primera
letra y quedaba la palabra Met (muerte) y el Golem se desvanecía,
se volvía a convertir en arcilla.
El Golem fue creado por un cabalista práctico, que colocaba los posibles
nombres del Hacedor, en círculos, permutaba sus letras, girando alrededor
de ellas siete veces hacia un lado y siete veces hacia el otro, esperando
que se produjera el milagro, y que la arcilla moldeada con “torpes
manos” adquiriera movimientos. Lo importante consistía en pronunciar
perfectamente el Nombre, ésa era la clave. Pero a pesar de los esfuerzos
los resultados fueron casi nulos. El simulacro no era más que eso,
un simulacro de hombre, que según Borges, no hablaba y apenas sabía
barrer la sinagoga: “...hubo un error en la grafía o en
la articulación del Sacro Nombre; a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar, el aprendiz de hombre”.
En su poema, Borges da una advertencia a la humanidad, "el peligro
que puede existir si se quiere imitar al Dios del Mundo".
A pesar del gran esfuerzo, Judá León no pudo encontrar el
Nombre del Hacedor. “Sediento de saber lo que Dios sabe/ Judá
León se dio a permutaciones/ de letras y a complejas variaciones/
y al fin pronunció el Nombre...” Pero todo fue inútil,
el rabí de Praga no lo supo pronunciar, porque no tuvo en cuenta
la esencia de tal Nombre: “El nombre es arquetipo de la cosa/
en las letras de rosa está la rosa,/ y todo el Nilo en la palabra
Nilo”.
Nació un ser inútil carente de razón, un simulacro
que nada entendió. El rabí mira con angustia su fracaso y
se arrepiente de su “hechicería”. Tal arrepentimiento
–piensa el poeta- también lo siente Dios cuando mira a su rabí,
que lo quiso imitar: “En la hora de angustia y de luz vaga/ en
su Golem sus ojos detenía./ ¿Quién nos dirá
las cosas que sentía/ Dios, al mirar a su rabino en Praga”.
El dolor y el terrible interrogante, tanto en la Tierra como en el Cielo,
han sido articulados.
Revista
Soles - Nº 86
Abril 2002
Notas relacionadas:
Cosmópolis: La Buenos Aires de Borges
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