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Un
pueblo solo y desnudo
Por
Catalina
Pantuso
catalina@octubre.org.ar
Foto:
Marta Fernández

"El
pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes"
¿Qué hacer, dentro del sistema democrático, cuando los
representantes gobiernan en contra de los intereses de sus representados?
El 19 de diciembre por la mañana una multitud de hombres, mujeres y
niños que no se resignaban a la exclusión, en diferentes puntos
del país, comenzaron a apropiarse de alimentos y otros bienes. Como
el Estado no cumplió con las leyes y tuvo la fuerza para adueñarse
de los salarios y pequeños ahorros de los que habían confiado
en él, los indigentes se arrogaron el derecho de tomar sin permiso
lo que necesitaban.
Los comercios
de Buenos Aires cerraron sus puertas por temor a ser saqueados. En casi todos
los bares y confiterías el público miraba atónito los
diferentes canales de noticias que transmitían en directo las escenas
del estallido social. En una mercería del barrio de Once —que
tenía su persiana baja y un cartel improvisado en el que se leía
"abierto"—, podía verse a una mujer de unos
55 años, sentada detrás del mostrador, que para ocupar el tiempo,
cosía los botones de una blusa, mientras esperaba inútilmente
que se acercara algún cliente. La vidriera del pequeño comercio
—que recordaba épocas pasadas—, estaba decorada por un
maniquí de cuyo cuello sin cabeza colgaba el típico centímetro
de hule rojo y amarillo. Algo más atrás, en un antiguo mueble
se veían algunos moldes, unas tizas y una regla. Los sastres y las
modistas —oficios ya casi inexistentes— utilizaban estos elementos
para confeccionar los trajes y vestidos a medida.
La mujer
sólo hacía pequeños cambios en una prenda ya confeccionada.
En las veredas todos comentaban el efecto desastroso de las últimas
medidas tomadas por ex ministro Domingo Cavallo y coincidían en decretar
el agotamiento del plan económico. ¿Por qué se tomaron
esas medidas? ¿Cómo salir del modelo? Las preguntas estaban
en los ojos de los comerciantes que temían el robo y en las manos de
los desesperados que asaltaban los supermercados, las respuestas llegaban
tarde y no eran convincentes.
Casi al
final del día, mientras los dirigentes, analistas y comunicadores prolongaban
la discusión sobre la conveniencia de "dolarizar" o "pesificar"
la economía, se transmitió en cadena el discurso del hasta entonces
presidente Fernando De La Rua informando que, a causa de los desbordes sociales,
se había decretado el estado de sitio. Por alguna razón inexplicable
la gente comenzó a golpear las ollas y cuanto elemento encontró
en su casa. A la media noche, las calles se poblaron con grupos de vecinos
decididos a no tomarse en serio las medidas que restringían sus derechos
y garantías constitucionales. En un acto de audacia, a medida que unos
se juntaban con otros fueron rasgando el modelo del ajuste, desocupación
y recesión que durante años habían soportado.
"No
existe ningún punto de partida, si no se sabe bien a donde ir"
dice una canción popular. El ritmo marcado por las cacerolas abolladas,
los bombos, tambores y palmas agrupó las voluntades dispersas. En la
Plaza de Mayo se encontraron los grupos de vecinos que habían decidido
quitarle el poder a la investidura presidencial.
Un
traje pasado de moda
El golpe
militar de 1976 tuvo como principal objetivo destruir las diferentes organizaciones
populares e instalar la cultura del individualismo para reducir al máximo
la participación popular. A sangre y fuego impusieron el modelo de
la infinita deuda externa, que honra a los acreedores extranjeros y denigra
a los ciudadanos. Recuperada la democracia se habló mucho de la responsabilidad
militar, poco de la complicidad civil y casi nada de los fundamentos económicos
de la dictadura. Para José Alfredo Martínez de Hoz, principal
ideólogo y ejecutor del plan económico de la dictadura militar,
era intolerable que el sector asalariado hubiese alcanzado uno de los índices
más altos de participación en el PBI de toda la historia argentina
y que además tuviese una organización sindical dispuesta a defender
esta conquista. Parecía que para sostener la democracia política
había que profundizar el autoritarismo monetario. De este modo, la
actividad política quedó reducida a un grupo minoritario que
se profesionalizó cada vez más hasta conformar una verdadera
corporación de intereses.
Desde
1983, en elecciones libres, se han elegido tres presidentes que prometieron
vestir a la República con el traje de la producción, la justicia
social, la educación y la salud; pero finalmente, no supieron, no pudieron
o no quisieron romper con la especulación financiera. Ni hablar de
los miles de diputados, senadores y funcionarios —a nivel nacional,
provincial y municipal— a quienes puntualmente se les han pagado sus
salarios para que estudiaran y legislaran a favor de la dignidad y el crecimiento;
en contra del robo, la corrupción, la injusticia que traen como consecuencia
el hambre y la miseria.
La
realidad desnuda
En la
democracia formal se afianza y se mantiene vigente la norma constitucional
de que "El pueblo no gobierna ni delibera sino a través de
sus representantes", pero éstos siempre están muy
ocupados en sus propias necesidades. La inmensa mayoría del pueblo
se ha convertido en eso que los medios llaman "la gente", una masa
informe que deambula por los canales de televisión, desnuda de todo
proyecto.
Perdidas
en el tiempo quedaron las tesis que postulaban la construcción de plataformas
electorales teniendo en cuenta las aspiraciones de la ciudadanía. Las
nuevas modalidades de la política profesional hacen que los dirigentes
propongan temas específicos que se colocan en las “agendas”
según las prioridades que ellos mismos determinan (por ejemplo, la
reforma parcial de la Constitución Nacional o el pago de la deuda externa).
El trabajo pre-electoral se realiza en importantes consultoras de imagen,
los mensajes se elaboran en agencias de publicidad y los estudios profesionales
realizan encuestas sobre la intención de voto para cualquier candidato.
La dirigencia política contrata, por sumas multimillonarias, asesores
de imagen extranjeros para colocar en el mercado electoral promesas que no
cumplen. Los “referentes”, que logran un lugar en la calesita
del poder cambian de partido o fundan uno nuevo, giran del ejecutivo al legislativo
y de una provincia a otra buscando mantenerse en carrera permanente.
Casi todos
los políticos argentinos se han convertido en meros comunicadores sociales,
buscan generar noticias en lugar concretar acciones tendientes a modificar
la realidad. Tienen una sola preocupación: la cantidad de centímetros
de columna o de minutos de radio y TV que se le dedican a sus declaraciones.
Terminaron siendo simples productos comerciales que se lanzan y se consumen
en una sola elección. Para la siguiente campaña alguien construirá
un nuevo perfil que destaque la ductilidad del candidato cambiando radicalmente
su “discurso”, y muestre su grandeza de espíritu
al elegir como compañero de fórmula al mismo que anteriormente
había denostado.
En ese
clima político se gestó la Alianza, que accedió al gobierno
con la promesa de continuar con el modelo económico, dar transparencia
a la gestión pública y poner fin a la fiesta menemista. Las
sistemáticas fracturas del frente electoral —que hizo de la denuncia
mediática su principal argumento— dejaron al país sin
rumbo político. Las elecciones legislativas del 14 de octubre de 2001
fueron un grito de alerta que no quiso escucharse. Muchos estrenaron la protesta
electoral e impusieron el "voto bronca", dejando al descubierto
la escasa representatividad de la corporación política. El gobierno
siguió mirándose en el espejo de la soberbia, mientras intentaba
disfrazar de diálogo su monólogo permanente.
El
límite del "espontaneismo"
La depresión
excedía el marco de lo económico. Sin embargo todos los esfuerzos
estaban destinados a sostener la figura del presidente para no romper el orden
constitucional. El sistema republicano era una ficción en la que los
poderes del Estado invertían sus atribuciones: el Poder Ejecutivo legislaba
compulsivamente, el Poder Legislativo investigaba sin la facultad de condenar
a nadie y el Poder Judicial gobernaba al declarar inconstitucional los decretos
presidenciales.
¿Había
que padecer hasta 2003 una administración ineficiente que generaba
bronca en todas las provincias y desconfianza en el exterior? No hubo ninguna
convocatoria especial. Sin conducción, sin carteles, sin consignas,
cada uno tomó su cacerola y espontáneamente salió a la
calle para cantar el Himno Nacional, tocar bocina y agitar la bandera Argentina.
La cultura futbolera —con sus cantitos, cornetas, petardos y bengalas—
era mucho más fuerte que la cultura política; al principio no
quedaba muy claro si era una protesta en contra del gobierno o un festejo
por el triunfo de la Selección Nacional. Después de la represión
y durante todo el día siguiente (20 de diciembre) aparecieron algunos
grupos políticos, "¿Si este no es el pueblo, el pueblo
dónde está?", se oyó nuevamente en las plazas
y calles de Buenos Aires.
Entonces
comenzó a mostrarse el verdadero cuerpo social de la Argentina, ese
que desde hace mucho tiempo no aparecía entero en ningún cuadro
de situación: la desesperación de los pobres, la agresión
de los marginales, la protesta de los estudiantes, el enojo de los comerciantes
y la indignación de los pequeños y medianos empresarios. Querían
hacerse ver y oír, exigían cambios. El gobierno progresista
prefirió no escuchar los reclamos de la "pueblada"
y ordenó la represión policial. Mientras la incertidumbre se
extendía, la prensa gráfica y televisiva mostraba el cuerpo
de un hombre joven desangrándose en las escalinatas del edificio del
Honorable Congreso de la Nación. De la Rua descargó su responsabilidad
en el Partido Justicialista —acusándolo de su propio fracaso—
y abandonó intempestivamente el cargo.
Sin ninguna
duda las jornadas de diciembre fueron históricas. La gente logró
hacer sentir su disconformidad y logró la renuncia del gobierno. Pero
en el momento de decidir los nuevos rumbos, no hubo ninguna banca para los
participantes de la movilización. Mas allá de las medidas de
fuerza que llevaron a cabo los piqueteros, las organizaciones gremiales, los
comerciantes y la multitud autoconvocada en las calles, el poder seguía
estando en las misma manos: los dirigentes políticos que habían
sido elegidos el 14 de octubre. La falta de una verdadera organización
popular —espacio que han dejado vacío la mayoría de los
partidos políticos— impidió que la fuerza de la bronca
se traduzca en el poder necesario para imponer nuevas estructuras y condiciones
de gobierno.
Un
nuevo proyecto para cubrir a todos
Las demoras
y discusiones de la Asamblea Legislativa, convocada para designar presidente
provisional, puso en evidencia la "enorme preocupación" de
un amplio sector de los representantes de los ciudadanos, por salvar el correcto
funcionamiento de instituciones. Fue una noche plagada de oscuros presagios
y discursos encendidos, todos querían dejar sentado en el libro de
sesiones sus opiniones, sus críticas, sus diagnósticos. "A
ojo y a dedo, cualquiera alambra un potrero" dice el refrán
popular. Finalmente, en una votación traumática, se decidió
designar como Presidente Interino al gobernador de la Provincia de San Luis,
Dr. Adolfo Rodríguez Saá, y convocar a elecciones para próximo
el 3 de marzo de 2002.
El Justicialismo,
en medio de sus contradicciones no resueltas, asumió nuevamente la
responsabilidad de conducir los destinos de la Argentina. De inmediato se
tomaron medidas de emergencia tendientes a frenar el estado de anarquía
generalizada y teniendo en cuenta la fragilidad institucional, se convocó
a los diferentes actores sociales para lograr un consenso tendiente a garantizar
la paz social.
Rodríguez
Saá asumió la presidencia en medio del caos generalizado. En
primer lugar dio respuesta a los justos reclamos internos y suspendió
el pago de la deuda externa, sin tejer acuerdos ni solicitar consejo a los
organismos internacionales. De inmediato los acreedores se mostraron preocupados
por el "efecto tango", un fenómeno que dejó
al descubierto la poca sustentabilidad del modelo impuesto por el Fondo Monetario
Internacional —y avalado por las naciones más poderosas—
a las economías emergentes.
El aprendizaje
de diciembre fue altamente positivo: es posible denunciar la ineptitud de
los gobernantes y resistir las medidas injustas haciendo sonar las cacerolas.
Pero esto es sólo el principio, será necesario diseñar
un nuevo proyecto de país acorde a las circunstancias actuales. El
gobierno de la Alianza utilizó la fuerza del aparato estatal para disimular
su incapacidad política; el actual gobierno deberá llevar a
cabo una política que le permita generar la fuerza necesaria para cumplir
con las transformaciones sustantivas que enunció durante los tres primeros
días de gestión.
Poco es
lo que puede hacerse en sólo dos meses, pero es tiempo suficiente para
tomar conciencia de la necesidad de traducir en cultura política el
alto grado de politización de la sociedad argentina. Hoy el pueblo
está desnudo porque no tiene en claro cuál es el proyecto de
Nación que quiere construir.
El diseño
de un modelo argentino, hecho a la medida de las necesidades y esperanzas
del pueblo, es un arduo trabajo que supone un alto nivel de organización
democrática. Hace falta reconocer nuevamente el cuerpo social —herido
como el manifestante de la escalinata del Congreso, que por suerte puede aún
dar testimonio de su patriada personal—, utilizar el mejor centímetro,
elegir la textura y el color del paño, confeccionar moldes que incluyan
todas las realidades regionales, y con mucha paciencia comenzar la confección
de una nueva prenda de paz y prosperidad que cubra a todos en la
búsqueda del olvidado bien común.
Esta tarea
ha sido encomendada nuevamente al peronismo —ese movimiento que para
algunos mantiene la definición de incorregible que le otorgara
Borges—. No es tiempo de categorías trilladas (populismo)
o enfrentamientos formales. Para cambiar el destino de todos los argentinos
hace falta creatividad y decisión dos atributos que no podrán
llevarse a cabo sin la voluntad y el compromiso de la mayoría de los
que hoy no se sienten representados por la actual dirigencia social, económica
o política.
Revista
Soles - Nº 84
Enero / Febrero de 2002
www.solesdigital.com.ar
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