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Enrique Santos Discépolo

De la irrupción de lo sagrado en el mundo

DiscepoloPor H. Daniel Dei (*)

...”tu canto, como yo,
se cansa de vivir
y rueda sin saber
dónde morir”...

Nadie más cerca del Dios del infinito amor que esta imagen finita transida de dolor pero sedienta de plenitud que es el hombre y, muy especialmente, Discepolín, su encarnadura porteña.

No hay, parece ser, certidumbre documental sobre la causa de su muerte. Las noticias son confusas o, tal vez mejor, difusas. En realidad, una investigación al estilo positivo no nos serviría para descubrir la razón de ninguna muerte ¿Qué es la verdad positiva frente a los últimos y decisivos interrogantes de sentido de la existencia? Nada. Absolutamente nada.

Algunos dicen, yo entre ellos, que Discépolo murió de tristeza. La tristeza es un límite, un vuelco del corazón por la transmutación del orden significativo de las “cosas” y, por ello, un símbolo: el mundo se vuelve inmundo, pierde su peso, su forma, su sentido , al menos el sentido de una realización propia. Pero es también el lado visible de un infinito dolor del alma —un sacudón ontológico, como diría algún filósofo— que descompone los significados de la realidad para disponer nuevos significados, más ricos y más penetrantes, pero ya inalcanzables para todos aquellos que habitualmente acompañan a uno en los asuntos cotidianos. Por eso puede sobrevenir la muerte , porque ella es fundamentalmente un salto en la comprensión del sentido de la vida. Otro símbolo. Un misterio que se devela y se oculta con nosotros.

Discepolo“La tristeza es el corazón que piensa”. Es el anuncio de que la misión termina, la inquietud acaba, las fuerzas físicas y psíquicas se agotan; sí, el espíritu cambia de patria, de ámbito de pertenencia. No hay ya significados, porque los significados son elementos vinculantes que pertenecen al mundo profano, al orden de la relatividad de las razones “objetivas”, al universo de las mediaciones. La tristeza como estado espiritual auténtico del alma, no como rebusque psicológico del temor de vivir, es la ruptura de todo juego de oposiciones; es algo así como el encuentro , el rescate de lo menos por lo más, la plenitud del sentido allí presente.

¡Cómo compartir este estado sino en el secreto de la libertad poética!. Con ese lenguaje imagino el diálogo preliminar de Discépolo con Homero Manzi y póstumo con Cátulo Castillo. Casi nadie más. Y sin embargo, casi todos. Porque la tristeza se comprende sólo desde las entrañas de la vida, desde una experiencia de vida, diríase excesivamente intensa, casi sobrehumana, cuyo paradigma es Cristo que contiene todo el dolor de los hombres, todas las negaciones de los amigos, todos los miedos y traiciones, pero que al saturarse de tanto dolor del alma produce amor de transfiguración.

No hay vuelta de esta experiencia. Sólo hay un camino: la perfección de la eternidad...

¡Qué mejor espera aquélla que es la esperanza misma!

(*) Extraído del libro Discépolo, todavía la esperanza. Editorial Almagesto, Colección Perfiles. Buenos Aires, agosto de 2000. H. Daniel Dei, ganador del Premio Municipal de Ensayo "Eduardo Mallea", es profesor universitario, investigador, ensayista y poeta.

Revista Soles - Nº 83
Diciembre de 2001

Notas relacionadas:

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