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Fútbol,
pasión de literatos
Por
Sandra Bianchi
Van
y vienen los trajes de colores
ahora da uno una patada épica,
algo vuela hacia el sol, y no se sabe
si es pelota o si es la misma tierra.
Fútbol. Baldomero Fernández Moreno.

Algunas manifestación culturales tales como las historietas, las telenovelas
o el fútbol, entre otras, han sido marginales por su carácter
masivo y popular. A partir del auge de los estudios semióticos, esos
mismos rasgos las revalorizaron y hasta las pusieron de moda como objeto de
análisis y desde los ámbitos intelectuales se les devolvió
el lugar, que ya tenían bien ganado en la sociedad.
De todas
maneras, la cultura erudita que parece siempre proyectar una polarización
entre lo alto y lo bajo, en términos culturales, colocó como
opuestos a la literatura y al fútbol.
Jorge
Luis Borges, uno de nuestros iconos literarios, lo aborrecía —como
corresponde con su imaginario— “... es feo estéticamente.
Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no
son especialmente hermosos ...” , así lo recuerda Rodrigo
Fresán en su cuento Final cuyo narrador confiesa que tampoco
le atrae ese deporte, “...si bien podía apreciar la belleza
sobrenatural del segundo gol de Maradona contra Inglaterra “.
Pero para
celebración y rescate de nuestro deporte nacional, se han publicado
en estos últimos años variadas antologías (1) que consagran la pasión futbolera de conocidos escritores argentinos
y latinoamericanos donde otros rasgos, el carácter narrativo y lúdico
que ambos poseen, reconcilian a estos polos que permanecían tan alejados.
Algo así querrá expresar Alejandro Dolina en Apuntes del
fútbol en Flores cuando afirma que “en un partido de
fútbol caben infinidad de novelescos episodios”.
Los relatos
locales contienen nombres, datos y referentes reales, algunos más evidentes
que otros, según la competencia del lector quien encontrará
cierto placer en su reconocimiento. Es la historia del fútbol argentino
diseminada a través de las ficciones.
Una semblanza
del actual D.T. de la selección, aparece en El visitante de
Elvio Gandolfo: ”Era una semifinal y el loco Bielsa, como hacía
siempre, gritaba desde el costado de la cancha (...) hasta que como pasaba
casi siempre, el réferi lo echó, ordenó que el loco se
fuera de la cancha y se dejara de gritar. Y el Profeta obedeció aparentemente
y se fue al túnel, pero no bien había desaparecido cuando sólo
su cabeza se asomó por la línea horizontal de entrada y allí,
como un dibujo animado, haciendo un esfuerzo por no agitar los brazos y hacerse
demasiado notorio, siguió gritando, marcando y ordenando“.
Pero además
de los jugadores, otros protagonistas de un partido reciben su homenaje. El
grito triunfal, tan esperado en El hincha de Mempo Giardinelli: ”Gooooooooool
de Vélesárfiiiiiillllll! La voz de Fioravanti estiraba las vocales
en el aparato y Amaro, llorando, sintió que jamás nadie había
interpretado tan maravillosamente la emoción de un gol. Vélez
se clasificaba por fin, campeón nacional de fútbol, tras cumplir
una campaña significativa (...) Pocos segundos después de ese
cuarto gol, cuando Fioravanti anunció la finalización del partido,
Amaro estaba de pié lanzando trompadas al aire, dando saltitos y emitiendo
discretos alaridos dió la tan jurada vuelta olímpica alrededor
de la mesa”.
El hincha
también es tema de otros tantos narradores. Roberto Arlt en una de
sus Aguafuertes lo define como un admirador gratuito, desinteresado
porque “no necesita conocer a su admirado para discutir sobre él
y armar peloteras de café. (...) Tan necesario es que los hinchas de
un mismo sujeto se asocien para defenderse de las pateaduras de otros hinchas,
que dicha necesidad originó las que llamamos barras y que son como
escuadrones rufianosos, brigadas bandoleras, quintos malandrinos, barras que,
como expediciones punitivas siembran el terror en los stadiums, con la artillería
de sus botellas y las incesantes bombas de sus naranjazos”.
Una definición
más científica y determinista es la de Florencio Escardó
en El hinchismo y el hincha: “el porteño no odia
a nadie ni a nada: acepta o rechaza. Su capacidad de pasión, siempre
determinada por factores sentimentales, es positiva, casi nunca negativa.
Su aprobación sentimental es el hichismo, una adhesión de tipo
místico, sin análisis y sin discriminaciones con entrega total
de la personalidad, del afán y del sentimiento. El hinchismo por los
clubes deportivos – que con tan poca simpatía han mirado los
analizadores de la porteñidad – no es más que una manifestación
ruidosa y ostensible del hinchismo que tipifica la manera de ser de todo porteño.
El hincha es un estado psicológico de la hora actual”.
El contrapunto
obligado del fanático es El árbitro, de quien no se
olvidó Eduardo Galeano en ese cuento, a la vez que señala la
folklórica y conflictiva relación: ”el árbitro
es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce
su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta
su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro
sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los golpes.
Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que
castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo que lo obliga
al exilio (...) A veces, raras veces, esa decisión del árbitro
coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su
inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a
pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas
las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no
existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan”.
Como en
un cuadro de costumbres aparece en las narraciones, un viejo Buenos Aires
con la vivencia del fútbol en los barrios. La música de
los domingos de Liliana Heker deja escuchar “voces de chicos;
decían pasámela a mí, decían dale, morfón.
Tres muchachos sentados en el umbral de un portón, empezaron a cantar:
Tenemos un arquero/ que es una maravilla/ ataja los penales/ sentado en una
silla / si la silla se rompe/ le damos chocolate/ arriba Boca Junior/ abajo
River Plate”. El grito de los chicos del otro lado de la tapia se hizo
más intenso (...) las voces de las radios se hicieron más altas,
más numerosas, decían se anticipa el Negro Palma, decían
avanza Francéscoli, decían cabezazo de Gorosito (...) Goool!,
gritaron los muchachos del portón, y algo del grito quedó como
suspendido en el aire (...) iba tramándose como una red y daba la impresión
de unirnos en la amigable tarde del domingo”.
No
obstante, la rivalidad es el motor de estos encuentros que en muchas ocasiones
reciben el calificativo de épicos, por épica, palabra de origen
griego que significa hecho, hazaña. El tema central de ese género
dominante durante la Edad Media es la guerra, relacionada con la construcción
de la nacionalidad. En el héroe épico se reconoce la comunidad
que busca constituirse como nación. Desde esta perspectiva, el paralelismo
resulta obvio y es fácil comprender porqué los mundiales concitan
tanto interés. Aún en los más indiferentes funciona la
idea de que cada individuo se reconoce en ciertos valores simbólicos,
en la pertenencia a un grupo y en la idealización de un modelo “heroico”.
Con su particular estilo, Martínez Estrada analiza la concentración
pulsional que se configura en una cancha, “en la pasión que
hierve en los estadios de fútbol, están en combustión
todas las fuerzas íntegras de la personalidad: religión, nacionalidad,
sangre, enconos, política, represalias, anhelos de éxito frustrados,
amores, odios y todo en los límites del delirio, en fundida masa ardiente.
Los jugadores van liberando, exacerbando, sofocando esos líquidos ígneos
como si maniobraran en cauces con diques y fosos en que ese raudal toma forma.
(...) La insignia adquiere la importancia de un lábaro; la lucha es
del carácter religioso de las cruzadas, (...) las figuras más
destacadas o el team entero cobra los valores de ícono: cuando atemperados
los ardores de la pasión encendida, la idolatría se contiene
en los límites del fervor y la devoción”.
Hasta
las mujeres, marginadas o aisladas por propia voluntad de este circuito viril,
nos apropiamos del mundial, de la misma manera que el personaje de “El
mundo es de los inocentes” de Luisa Valenzuela, aunque, haya que
“...preguntar sin ser pesada (...) por qué se decreta un
penal, cuantos jugadores tiene que haber en el área chica para que
valga el gol. Esos misterios”. Y si la copa “está legítimamente
en manos argentinas (...) hasta yo me contagio del entusiasmo y eso que desconfío
de las pasiones deportivas, que como ya sabemos nos distraen de las otras
...” Será porque, tal como dice la narradora , “...es sabido
que al argentino más que la realidad lo mueve la expresión de
deseo, la ilusión de un triunfo por remoto que parezca. Todos somos
campeones, de alguna manera, de alguna contienda, de alguna apuesta, en algún
rincón de nuestra almita (la misma del orsai)“.
(1) Los cuentos que se mencionan pertenecen a las
siguientes antologías:
Hinchas y Goles. El fútbol como personaje. Prólogo de Poli Delano.
Ed. Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
Cuentos de fútbol argentino. Selección y prólogo de Roberto
Fontanarrosa. Ed Alfaguara.
Cuentos de fútbol. Selección y prólogo de Jorge Valdano.
Ed. Alfaguara
Revista
Soles - Nº 88
Junio de 2002
Notas
relacionadas:
Informe
especial: Roberto Fontanarrosa
Informe
especial: Fútbol y Cultura
www.solesdigital.com.ar
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