De muertes, idolatrías, santidades y cegueras
Marechal: El drama y la ironía
Respetuosos esquicios para Marechal
Por César Magrini
La
revisión parcial y reciente de papeles supuestamente viejos (cuánto
tiempo irremisiblemente muerto y estoicamente acuñado se refugia en
esos deshechos), me condujo hacia una culpa: un volumen en rústica,
el Adán BuenosAyres de Marechal. Obra ésta
conocida, pero no popular; aunque cómo diría el autor "nunca
es tarde".
Retirado, Marechal (por gracia o fuerza) de la puja literaria porteña, hacia mediados de siglo o poco después por autores como Borges, Mallea, Peyrou, Olivera, Mujica Láinez, los hermanos Girondo; y tiempo más tarde, Julio Cortázar. Agrupados sin que nunca se haya sabido bien por qué bajo el rótulo de escritores de la calle Florida, en contraposición a los autores de Boedo, núcleo del que abrevaba Marechal.
Sin embargo, lo cierto es que el tiempo, que todo concluye por homogeneizarlo, ha dejado esa separación donde debía estar: en el olvido. Había temas que les resultaban ajenos a uno u otro grupo, como el arrabal para los de Florida. Esto no sucedió con los de Boedo, más abiertos o más deseosos de interesarse por el mundo y por lo que en el mundo estaba sucediendo. Muchos años después, agotadas de sobra las municiones que alimentaban estas rencillas de café, fue Borges, con su proverbial picardía y su intermitente mala fe (que la utilizaba sólo en contra de sus adversarios) quien dijo que se trataba sólo de un invento propio, seguramente con la complicidad de Bioy y Peyrou. Pero ya las trincheras habían sido cavadas en profundidad y en el tiempo; y aunque esa disgregación no signifique ya nada, las víctimas ya han sido marcadas, con Marechal y Scalibrini Ortiz a la cabeza.
La primera edición del Adán fue hecha en 1948, en rústica, y editada por Sudamericana, con una simple tapa que era ejemplo, en ese tiempo y sello, de ediciones de escaso valor; y con un grabado de Horacio Butler. La portada es mínima, pero el texto se extiende luego a lo largo de setecientas cuarenta páginas; que, lo puedo certificar, se leen con gusto, con voluptuosidad y que parecen impregnadas de ese humor esotérico que campea en las ilustraciones de Xul Solar, de quien creo hubiera sido más provechoso, desde un punto de vista de sinergia creativa, que fuera amigo de Marechal, y no de Borges. El texto comienza con la descripción de la entrada a un cementerio, los amigos de Adán cargando el féretro que lo contiene al personaje que nombra a la novela, un preámbulo alucinatorio y un marco deprimente.
Corre el año ‘52. Época en la que habitaba un espécimen, que ha desaparecido lo mismo que el simpático y gesticulante deshollinador, que denominaban Cardador. Este era alguien por lo común alto y flaco, que llevaba colgando, en bandolera, un aparato exótico, lleno de madera y pinchos, un invento rarísimo. Su servicio era cardar. ¿Qué era esto?, deshacer los colchones y las almohadas, que se habían apelmazado por el uso constante. El cardador llevaba barbijo, pues la lana largaba un polvillo del que era mejor estarse a salvo. A los chicos se nos ponía el mismo vendaje, y nosotros chochos, pues así hacíamos una diablada detrás de otra. Y como todos los chicos éramos curiosos; rondábamos una y otra vez a la carda, para comprobar en qué se basaba su funcionamiento; mientras, disminuían las proporciones del colchón y aumentaba, lógicamente, la del aparato.
La misma impresión me produce el Adán. Su prosa, cada vez que busca el remolino, es la lana y Marechal el cardador. Que deja filtrar un sentido del humor y de la ironía muy finos, y que por momentos se zambulle en la caricatura de perfiles más gruesos, como los de Daumier. Fino, leve y casi incoloro. Personajes y ambientes son también como si previamente hubiera habido una muy inconsutil humareda de optimismo, de sarcasmo galopante, y una contenida humanidad. Y como el cardador vuelve a sus vellones, Marechal retorna a un tema o a una figura que ya ha diseñado; para obtener una mejor morbidez, o para celebrar una riqueza psicológica, que en principio pasa inadvertida, pero que luego constituye la esencia del párrafo, y más raramente del capítulo.
Recuerdo que hace unos veinte años, fecha de mi dilatado viaje da Egipto y a Israel, lo que me impresionó sobremanera fueron el Muro de los Lamentos (en mitad de una noche calma) y lo que se empeñaban en denominar como la tumba de Adán, a lo que me resultaba como un vacío inmenso, un agujero que se empecinaba en la oquedad, sin ofrecer obstáculo alguno. En ese momento recordé a Marechal y a su novela, e imaginé que todos los Adanes del mundo habrían escapado por allí del infierno terrenal en el que vivimos, y encontré el significado del libro: la existencia de Adán-Nosotros aquí, en la tierra, su larga aventura también terrenal, acompañando a Dante y reemplazando quizá a Virgilio en una apocalíptica comedia. El retorno de Adán, el espíritu al espíritu, y todo esto permaneciendo al margen de religiones, creencias. Todos los Adanes del mundo y de la Historia, cumplido el periplo, estarían allí; medio ángeles, medio demonios, ya como eternidad.
Una detenida lectura del Adán, que recomiendo a todo interesado en conocer la evolución de nuestra cultura, paliará asismismo en parte la tremenda injusticia perpetrada en el olvido de este héroe. Me gusta que los escritores escriban todo, Marechal lo hace. No me gusta un Borges, cuyos cultismos (casi todos anglo-teutones) resultan ser aburridos e indigeribles. Es mucho, lo comprendo ahora, lo que habría que escribir sobre Marechal. En primer lugar la comprensión psico-humana que tiene de sus criaturas. Y ya con esto tenemos suficiente carretel para varios tomos.
Habrá que seguir adentrándose una vez más a sus obras; y hacerlo antes de que lleguemos a ser la "levemateria" que, en el principio de Adán BuenosAyres, los amigos conducen a través de la senda que marca el ingreso al cementerio.
Revista Soles
- Nº 72
Diciembre de 2000