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Las Fiestas de Fin de Año

De nacimientos, muertes y resurrecciones

Por María Fernanda Trebol

GauginLa historia de la humanidad se inscribe en las prácticas culturales de los pueblos. La preocupación del tiempo, cuyas raíces se hunden, tal vez, en la observación angustiosa de la primera puesta del sol, es quizás, el más humano de los dilemas. Las fiestas de Fin de Año, con sus matices cristianos y paganos, pueden pensarse como un necesario atardecer para ver florecer un nuevo día. Este pequeño análisis intenta vislumbrar la innumerable cantidad de sentidos que adquieren para las culturas cristianas estas Fiestas que comienzan en diciembre, trasladándolos a la situación crítica de la realidad de nuestro país.

Orígenes de la Navidad

La celebración del nacimiento del Hijo de Dios tiene, en todas las culturas que de un modo u otro se constituyen en el Cristianismo, un profundo significado de renovación. La fecha actual de esta celebración fue establecida entre los años 354 y 360, por el papa Liberio. La elección no es casual: en la noche del 24 al 25 de diciembre, los romanos festejaban el nacimiento del Sol Invencible. Así, el rito pagano se une a la celebración religiosa, en una estrategia que con el tiempo, logró la prevalencia de la segunda sobre el primero.

Esta fiesta encierra, además, un hecho trascendente para Occidente: el inicio de la Era Cristiana. La enumeración de años toma como punto de referencia para su inicio el nacimiento de Jesús. Asimismo, y basándose en el hecho astrológico que conocemos como “la estrella de Belén”, se estima que el verdadero momento de este natalicio se ubica entre los años 7 o 6 AC.

GiottoPara completar el relato cristiano, que ubica al niño Jesús naciendo en un pesebre, del vientre de una madre virginal, aparecen en escena los Reyes Magos, cuya celebración no se dio sino hasta el siglo V. Se trata de personajes que fueron variando con el tiempo, hasta que en el siglo XVI quedaron establecidos en tres: Melchor, el más viejo, Gaspar, de unos cuarenta años y el más joven, Baltasar, que por esa fecha cambió de raza blanca a negra, por necesidades estratégicas de la Iglesia. Los Reyes Magos traían de Oriente regalos para el nuevo Rey: oro, incienso y mirra. Actualmente, se festeja su llegada el 06 de enero, y desde el siglo XIX se les atribuye el hecho de traer regalos a los niños.

Los nuevos protagonistas

La parafernalia navideña que desde mediados de noviembre inunda las vitrinas de nuestras calles, y de tantas otras del mundo, es de origen reciente. Papá Noel o Santa Clauss se construyó sobre la de San Nicolás, obispo turco del siglo IV, cuyo mito y culto se expandió por toda la Europa medieval.

Santa ClausLuego de la introducción, por parte de los holandeses, del mito de “Sinter Klass”, y pasando por varias deformaciones producidas, en su mayoría, por las tiras cómicas y la publicidad, Santa Claus adquiere el aspecto que hoy conocemos. La adaptación del personaje para Coca Cola, por parte del pintor Habdon Sundblom, terminó de construir la imagen actual de Santa Clauss.

Este ícono de la Navidad es, como vemos, un hijo dilecto de las tecnologías de difusión y creación de los siglos XIX y XX. Los renos, el muérdago, los duendes y el árbol de Navidad son ingredientes de cultos paganos de diferentes regiones de Europa.


Celebraciones del cuerpo

A la luz de esta breve reseña, vemos que las celebraciones de Fin de Año, que va del 24 de diciembre del “Año Viejo” al 01 de enero del “Año Nuevo”, aglutinan prácticas y costumbres arraigadas en creencias de larguísima data.

Todas ellas tienen, a pesar de sus orígenes disímiles, un elemento que se asocia al festejo como ningún otro: la comida.

Desde los sacrificios paganos hasta el pan dulce de nuestros días, estas fiestas ligan lo estrictamente corporal con la preparación del espíritu. La preeminencia del segundo por sobre el primero, inculcada por los ascetas, aún desmerece el significado de las comidas simbólicas. Incluso el Carnaval prescribía comidas especiales, práctica que ha caído en desuso con la gradual mutación de la significación del Carnaval como hecho popular genuino hacia evento turístico estereotipado.

He aquí también la raíz de la mezcla de tradiciones culinarias de la que todos los años hablamos y renegamos: “Comemos todo esto, con el calor que hace…” Los distintos platos que hoy se preparan tienen sus raíces en lo más profundo del Occidente Nórdico: carnes rituales como el pavo o el cordero se confunden con carnes impuras, como el cerdo, mientras turrones, roscas y huevos de chocolate conforman los platos dulces. Es verdad que en nuestro país estas fechas coinciden con el verano, pero aún no hemos podido, o querido, desarrollar costumbres culinarias ni estéticas que puedan suplir la hegemonía europea.


La Biblia y el calefón

Desde el análisis semiótico de las prácticas rituales, de las cuales las arriba mencionadas son sólo una pequeña parte, podemos vislumbrar que ellas entran en crisis permanentemente. Todo el aparato simbólico cristiano se confunde, en un híbrido indefinido, con los íconos paganos / publicitarios. Esta resignificación implica nacimientos, muertes, resurrecciones simbólicas.

Nuestro país ha aglutinado, debido fundamentalmente a la confluencia de tradiciones y a la variedad de regiones, múltiples costumbres a la hora del festejo. Desde austeras celebraciones rurales en tiempos de la Inmigración hasta la inserción mediática planetaria en los eventos de bienvenida al siglo XXI.

Sin embargo, la supersegmentación de la oferta del mercado de adornos, regalos y comidas para las fiestas es un fenómeno reciente, donde no importan los orígenes. Todo recae en la estandarización y la venta: réplicas sintéticas de pinos, bolas brillantes, guirnaldas, coronas, estrellas; minúsculos souvenirs adaptados a la filosofía del “todo por 2 pesos”, Papás Noel electrónicos con movimiento, imágenes de Jesús recién nacido, muérdago artificial. Todo se mezcla y se vende a granel para uniformarnos de Navidad. El mandato de compra reemplaza al adorno o presente artesanal.

Este fenómeno no tiene, sin embargo, menor valor o legitimidad que sus precedentes. Como ya vimos, las mutuas transformaciones tienen siglos de venirse gestando. Sólo que la relación directa del dinero con la celebración que estas nuevas prácticas suponen, jaquea especialmente el valor que estas fiestas puedan adquirir en los contextos sociales actuales. El reducido grupo social que saluda con tarjetas y regalos, se inscribe como sujeto de la acción en el ritual de la compra. ¿Qué lugar queda para el que ni siquiera puede comprar comida ordinaria?

Ante esta pregunta, el rescate del aspecto sentimental es inmediato: “La Navidad no es el regalo”. Es verdad. Pero en estas fiestas, nuestro país no se encuentra solamente imposibilitado de adquirir pan dulce o muñequitos de pesebre. Y si sumamos el desánimo general, la falta de credibilidad, la desconfianza y el desconcierto, “Feliz Año Nuevo” puede sonar más a un deseo de muerte del año viejo que de felicidad por la llegada del nuevo...

Revista Soles - Nº 83
Diciembre de 2001

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