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Los
Otros en Nosotros
Por
María Fernanda Trebol
Fotos: Mariano García
¿Qué
tan ajena le resulta a Occidente la cultura y tradiciones ligadas al mundo
oriental? O, mejor, ¿Qué imagen construyó Occidente de
esa otredad, y sobre todo, cuándo?. En medio de un conflicto agravado
por los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, este artículo
propone una reflexión, marcando algunos puntos que pueden enriquecer
un debate milenario.
¿Y…
qué es Occidente?
Hoy tendemos a entender como cultura Occidental a aquella sustentada en el
sistema capitalista, adalid del progreso tecnológico y portadora de
las banderas de la Revolución Francesa. Más allá de ello,
Occidente posee diversos “antes” y “después”
de varias circunstancias. Las diferencias relacionadas a lo político
(capitalismo – comunismo o democracia – no democracia) son en
realidad una profundización reciente de una diferencia antiquísima.
Lejos en el tiempo de estas jóvenes rencillas, ciertos acontecimientos
acaecidos en épocas fundacionales signan la pertenencia de los pueblos
a una u otra cultura, tanto como exponen la labilidad de esa frontera. En
esta línea, el nacimiento de Cristo, el surgimiento de Bizancio, y
el descubrimiento de América son tres de los más célebres
hitos que sacuden la historia de Occidente.
El nacimiento de Cristo marca un punto de inflexión, en tanto germen
de la religión occidental emblemática de Occidente, a la vez
que acontecimiento posteriormente considerado para marcar una variable fundamental:
el tiempo.
En tanto, la cultura románica, cuyos orígenes se remontan al
año 750 AC y es considerada fundadora de la tradición occidental,
adopta un cariz especial hacia el 400 DC, cuando el emperador Constantino
establece las bases de Bizancio, el imperio cristiano de Oriente.
El tercer hecho, ubicado en 1492, revoluciona otra categoría importantísima
para pensar la cuestión occidental: el espacio, ampliado a través
de la Conquista europea de América.
La
cuestión cultural
Si nos abstraemos, en un principio, en estos tres puntos para el análisis,
veremos que todos ellos implican contactos con otras culturas. Y esos contactos
suponen, en los tres casos, largos procesos de convivencia con “culturas
otras”, procesos que transformaron las expresiones de Occidente de infinitas
maneras. Claro está, esa convivencia generó disputas territoriales
e ideológicas que acabaron indefectiblemente en expulsiones y exterminios,
fundamentalmente de parte de Occidente.
En
cuanto al nacimiento de Cristo, no es su circunstancia cronológica
sino su contexto y su posterior implicancia simbólica lo que aquí
nos interesa. En principio este hecho, recuperado después por el Cristianismo,
transcurre dentro de una cultura no considerada hoy “occidental”,
como es la judaica, bajo el dominio de Roma. La cultura judía, relegada
a la condición de mero antecedente de la cristiana, fue el marco en
el que transcurrió la historia de Jesús, y sus ritos, palabras
y costumbres pasaron, sin mayores explicaciones, por cierto, a formar parte
de la tradición cristiana. Como ejemplo simple, la Pascua, fiesta cristiana
por excelencia, tiene su origen en celebraciones judías. De todos modos,
siendo la cultura y tradición judías a la vez germen y elemento
contemporáneo a la historia de la religión occidental emblemática,
no es tomado en cuenta a la hora de considerar los pilares fundamentales de
Occidente. En tanto, la evolución del Cristianismo llega a que en 1582,
el nacimiento de Cristo se adopte como año 0, e inaugure la Era Cristiana.
Esta forma de medir el tiempo, llamada calendario gregoriano, rige hasta hoy
en la mayor parte de Europa, América, China, Japón y la ex Unión
Soviética. Esta vez, el lejano Oriente adopta una pauta occidental
para medir el tiempo.
Continuando con el análisis, los mil años del imperio bizantino
ofrecen un ejemplo más que interesante. El solo hecho de ser considerado
un gemelo del Imperio Romano aplicado a Oriente ya lo torna especial. La mixtura
del derecho y las costumbres romanas con las tradiciones cristianas y de otras
creencias, generaron una producción cultural rica y nueva. El esplendor
de Bizancio se nutrió de lo mejor de todos los territorios que ocupaba,
desde la arquitectura grecorromana hasta las técnicas artísticas
de origen árabe, cuyos frisos, representaron escenas bíblicas
cristianas Digamos de paso que, en el estudio clásico de Occidente,
se pasa de la caída de Roma hacia la Edad Media, entendiendo ésta
última como una Era Oscura y retrasada, siendo que Bizancio llega hasta
el 1400, momento en que cae bajo el poder otomano.
Dos
Conquistas simultáneas
El tercer hecho arriba enunciado, el descubrimiento y posterior conquista
del “Nuevo Mundo” significó una revolución en la
concepción espacial de Occidente. El mundo conocido se amplió
drásticamente, en el exacto momento en que se producía un singular
fenómeno en la potencia que motorizó el espíritu del
descubrimiento: El reino de Granada, bastión musulmán dentro
del territorio español, caía bajo el dominio imperial de los
Reyes Católicos. Nueve siglos de mutua influencia entre cristianos
y moros comenzaban a caer, acabando en el 1600 con la expulsión de
España de mudéjares y moriscos hacia tierras del Magreb. La
proximidad de España con tierras islámicas la convierte en un
preciado ejemplo para el análisis.

Los bautismos
forzosos de moros, implantados en 1502, y el establecimiento del Tribunal
del Santo Oficio de la Inquisición endurecieron las relaciones entre
los españoles cristianos y aquellos de fe musulmana. La brecha de odio
hacia los “infieles” se abre aquí de manera drástica.
Sin embargo, la herencia incomparable de esos siglos vive hasta nuestros días
en un legado dinámico e incuestionable: el idioma castellano. Oficializado
e internacionalizado recién en el 1500 por el rey Carlos V, el castellano
fue lengua vulgar, heredera del griego, del latín, del germano y del
árabe. Las tres primeras influencias son de idiomas cultos, mientras
que la última es considerada por muchos la herencia de una invasión
bárbara. La reciente ciencia de la Moriscología puede dar fe
de puntos de vista muy distantes de éste último.
En tanto, ¿Qué pasaba en América? Europa se lanzó
a la Conquista, y la lucha contra los pobladores autóctonos se prolongó
por siglos. Este proceso, donde toda América fue “occidentalizada”,
absorbió, borró y/o sepultó pautas culturales cuyo punto
cardinal no existía, puesto que no formaban parte de un mundo hasta
entonces conocido. El “mestizaje” cultural entre europeos, indígenas
y negros, con posterior incorporación de nuevas culturas generó
una masa humana unida, más allá de lo geográfico, por
lazos religiosos cristianos y derivados de cristianos, como el protestantismo,
que supieron adoptar rituales autóctonos en su devenir. Occidente se
ampliaba enormemente, cargando con todo aquello “otro” que recogía
siglo tras siglo.
Inconclusiones
Este simple pantallazo de la cuestión Oriente – Occidente puede
comenzar a hacernos cuestionar la tajante división de estas categorías,
así como la aparente lejanía que las divide. La cuestionada
actitud de algunos musulmanes extremistas hacia todo lo occidental, sin diferencias
entre cristianos y judíos, no es hija exclusiva de una interpretación
trasnochada del Islam, así como la actitud generada ante las premisas
culturales de estos pueblos debe más a un milenario proceso de diferenciación/degradación
que a recientes polarizaciones. Asimismo, podemos observar que la famosa “globalización”
puede ser vista como fenómeno reciente sólo por aquellos que
creyeron que el mundo se mantuvo quieto y las identidades eran entes monolíticos,
cerrados y congelados desde eras míticas. De todos modos, poder reconocer
cuánto de “otro” hay en lo considerado “nuestro”,
de ambas partes, es una reflexión debida que, de alguna manera, se
evita en pro de fantasías de dominación.
Revista
Soles - Nº 88
Junio de 2002
Notas
relacionadas:
Islam
y Occidente (AA.VV)
El
libro de la sabiduría de Oriente, de Gilbert Sinoué
www.solesdigital.com.ar
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