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Reality
shows
Asuntos
de estilo
Por
Oscar Steimberg
Ilustraciones:
Cecilia
Ivanchevich
Los
reality shows hicieron hablar, mucho y rápido, a mucha gente,
desde el momento en que se anunciaba su irrupción, antes todavía
de que alguien los viera en pantalla. Y entre los que no soportaban las brutales
novedades del nuevo género se extendieron comentarios despavoridos,
en los que primaban las manifestaciones de alarma ante los signos de una pérdida
final de la privacidad. Eran alarmas de doble vía, porque golpeaba
la sensibilidad o el aguante estilístico de muchos que algunos se mostraran
en toda su intimidad (espacial y temporalmente), para que otros, los más,
los del público, pudieran lanzarse a un voyeurismo facilitado por la
tecnología mediática.
Fueron
muchos, también, los que se decepcionaron pronto: eran parte de los
que no habían compartido esos primeros rechazos porque querían,
realmente, estrenar, aprovechar ese espectacultar ojito de la cerradura que
prometían los anticipos en las secciones de espectáculos. Y
no: lo que se veía (y así ocurrió para algunos ilusos
desde el comienzo, en la versión grupal de Robinson) era el
lento paso del día para unos sujetos que, como todos, parecían
necesitar continuamente (y nunca obtener) algo de ficción, algo de
rito, los reglamentos de un juego o de un hábito de relación
para alterar el paso inaguantable de las etapas de ensayo y error con que
se organizan las relaciones abiertas.
Estaban,
es cierto, las competencias que preparaban la salida del campo de algunos,
antes del triunfo de otros; pero nadie podía esperar algo novedoso
de eso: eran juegos comparativamente comunes, en general demasiado deportivos
como para mirarlos por una pantalla convertida en ojo de cerradura. Los comportamientos
con interés de aventura, los desempeños imprevisibles o la intimidad
develada en lo que tiene de más ocultable sólo podían
irrumpir en la vida que esos grupos llevaban adelante el resto del día...
Pero
los rechazantes no derrotaron a los que demostraban un alto interés,
como público, por el nuevo género. El rating fue desigual, pero
importante para todas las variantes ensayadas hasta ahora. Y la pregunta sobre
el porqué de esa adhesión no parece ser tan fácil de
responder como algunos pensaron al principio. Se ha hablado bastante del voyeurismo
y del exhibicionismo y de la búsqueda de cinco minutos de fama que
acosaría a cada habitante anónimo de la ciudad mediática.
Pero:
¿desde el voyeurismo no se obtendría más satisfacción
viendo películas porno? ¿Los cinco minutos de fama no se logran
también, con menos costo personal, en los programas de preguntas y
respuestas? ¿El exhibicionismo de los participantes no está
demasiado disciplinado por las obligaciones del contrato de los reality
shows?
Desde
algunos espacios de la teoría se ensayaron otras interpretaciones del
fenómeno. Hubo intentos de comparación con formas anteriores,
a veces milenarias, de juego y espectáculo. Así, Umberto Eco
estableció, entre otra, una comparación con el circo; Eliseo
Verón, con distintos tipos de juego. En el primer caso, el acento está
puesto en el espectáculo de la prueba extrema, de la experiencia de
los límites; en el segundo, toma también la escena la competencia
personal a partir de reglas especiales, que implica riesgos pero también
reduce el campo de lo imprevisible. Creo que las dos perspectivas ayudan a
pensar lo específico, lo propio del fenómeno, confrontándolo
con otros que en algún sentido se le parecen.
Se podría
seguir con las comparaciones, y para eso avanzar también en la descripción
de lo nuevo de este espectáculo mediático. El problema que veo,
por ejemplo, en la comparación que hace Eco con el circo (en un reportaje
periodístico de un diario italiano) es que sigue adelante con el tema
del circo hasta llegar al circo romano, y señala entonces que es totalmente
improbable que sus espectadores, o los que en siglos algo más cercanos
a nosotros pagaban por ver un ahorcamiento, quisieran estar en el lugar de
los exhibidos en la arena o en el patíbulo. Y dice que los espectadores
de los reality shows sí; ahí estaría lo, por
decirlo suavemente, preocupante del nuevo fenómeno.
Y bien:
uno podría objetar a eso que no es lo mismo compartir largas intimidades
bajo las cámaras que ser ahorcado en público, y sin tener el
propósito personal de suicidarse. Pero creo que hay un problema anterior:
el de que las descripciones del nuevo espectáculo todavía son
algo incipientes. ¿Podemos ya acordar en qué consiste el paquete
de ensayos, diversos, que siguió a Gran Hermano?
Creo que
hay un rasgo a considerar, entre los que se produjeron aquí, al que
se atendió poco. Ocurría que en un canal se podía contemplar
la cotidianeidad de un grupo u otro de nominables, pero también
existía la posibilidad, y creo que es difícil que alguno de
los espectadores de esas intimidades diarias se la haya perdido, de ver una
síntesis breve, de a lo sumo una hora, en determinados momentos de
la semana, y en un canal de aire. Los avances y los avisos privilegiaban esa
síntesis; también lo hacía en sus comentarios el coordinador
o presentador principal. Y esos programas breves estaban armados con todas
las propiedades de un relato televisivo fuerte; con suspensos y desenlaces
veloces, como los de un teleteatro, y con cierres que prometían otros
planteos y otras resoluciones para la vez siguiente. Entonces: el que veía
esos programas no estaba perpetuamente, y a veces ni siquiera lo estaba principalmente,
espiando por el ojo de una cerradura-pantalla; estaba también observando
cómo se construye un relato de género a partir de unos supuestos
hechos reales.
¿Y
si el atractivo de los reality shows fuera el de que permiten ver
cómo se crea ficción, a partir de algunas cosas de la vida?
Esto es exagerado, seguramente. Pero lo otro también. Habrá
que discutir un poco más. Y, sobre todo, no caer en la ingenuísima
idea de que ahora somos mirones, o exhibicionistas, mientras que antes no...
Otra cuestión:
a mí, a veces, lo que veía en los reality shows me daba vergüenza.
Pero no por lo que se mostraba sino por lo que se decía, por cómo
se comentaba, por cómo se armaba alguna parte de la película
final. Asuntos de estilo, como en todo lo demás.
Revista
Soles - Nº 79
Agosto de 2001
Notas
relacionadas:
Maradona
y la épica del espectador
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