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Giuseppe Verdi
El
gran maestro de la ópera italiana
Por
Vittorio Balanza*
"É
morto Verdi! É morto Verdi!". La
escena de ese rústico anafalbeto agitando una gaceta que reportaba
la feral noticia y gritaba su angustia corriendo entre los surcos de la campiña
emiliana era dominada por los compases introductivos del Rigoletto y abre la bellísima saga fílmica a la que Bernardo Bertolucci
llamó II Novecento.
El siglo,
entonces, destinado a ser testigo de las más desmedidas tragedias humanas,
comenzaba con el adiós a la vida del “Gran Vegliardo”.
El 26
de enero de 1901, los milaneses, obedeciendo a un sentimiento mezcla de congoja,
de amor y de piedad, alfombraron con pajas el adoquinado de las calles adyacentes
a la casa en la que el Maestro estaba agonizando. No querían que las
últimas horas de quien había prodigado al mundo las más
fascinantes melodías fuesen turbadas por ruidosos pisoteos y chirridos.
Al día
siguiente la fatal noticia cayó sobre la apesadumbrada multitud que
allí estaba velando, cundió por la ciudad, recorrió Italia,
se esparció por el mundo. Giuseppe
Verdi había exhalado su último suspiro.
Nos condujo
desde "Oberto" a "Falstaff" en un vértigo impresionante
de preludios, de pasiones, dearias, de cavallettas, de dúos, de concertati
y de coros.
¿Qué
espectador no ha vertido una lágrima cuando en la penumbra de la sala
de los teatros se extinguían las últimas notas del preludio
del tercer acto de "La Traviata"? ¿Quién no ha participado
de la pasión de Simon Boccanegra? ¿Quién no se ha sentido
conmover por el aria con la que Aida invoca a los númedes piedad por
su dolor?
¿Quién
no ha trepidado con II Trovatore cuando Manrico jura apagar con la sangre
la pira hacia la cual es arrastrada la que él creía su madre? Y con dramático
dúo de bajos, del Don Carlo, entre Felipe y el gran inquisidor, que
sigue a la meditación del rey.
¿Quién
no se ha sentido empequeñecido frente a la majestuosidad del concertato
del Ernani? ¿Y los coros? Ahí están el Nabucco e I Lombardi
con aquellos “Va pensiero” y “Oh Signor”, ambos preñados
de solemnidad y de nostalgia, que jamás tendrán rivales en el
mundo de la Ópera. Y la Messa da Requiem, imponente, casi alucinante.
Las
crónicas nos refieren que el 5 de febrero de 1887 “alla Scala”
de Milán tuvo lugar el estreno absoluto de la Ópera que todo
el mundo musical había esperado tenso y trepidante. Luego de dieciséis
años de silencio, Verdi se presentaba nuevamente al público
con "Otello", compuesto junto al amigo libretista Arrigo Boito sobre
la base de la homónima tragedia de Shakespeare. Fue un suceso triunfal.
Francesco Tamagno, que había cantado el papel protagónico, tuvo
que repetir el “Esultate” desde el balcón terraza que se
elevaba sobre la puerta del teatro. La multitud, enfervorizada, desenganchó
los caballos del carruaje de Verdi y llevó en andas al Maestro hasta
su morada.
¿Habría
de ser Otello pues el canto del cisne? No, no lo fue.
Arrigo
Boito ha sido un poeta, un músico y un ... diplomático. Dejó
pasar un tiempo prudencial luego del cual hizo llegar a Verdi el esbozo de
un libreto, para una ópera cómica, basado, una vez más
en una obra de Shakespeare: Las alegres comadres de Windsor. El reto había
sido bien elegido.
En el
subconsciente de Verdi estuvo siempre, más o menos latente, el deseo
de medir su arte (que había sido exclusivamente dedicado a la representación
de destinos trágicos y pasiones arrolladoras) en la representación
de lo cómico. Era
éste un aspecto del lenguaje teatral que el Maestro luego del clamoroso
fracaso de su segunda ópera, "Un Giorno di regno" (1840),
había evitado.
Ninguna
figura cómica podía entusiasmar a Verdi más que la de
Falstaff, en la cual lo cómico y lo trágico se fusionan perfectamente.
Con admirable sensibilidad, el libretista supo aducir aquellos argumentos
que el músico, en lo íntimo de su corazón, quería
escuchar.
En julio
del 89 Boito escribía a Verdi las palabras que quebraron la última
resistencia del Maestro: “Hay una sola manera de terminar mejor
que con Otello y es la de terminar victoriosamente con Falstaff. Luego de
haber esparcido con inaudita generosidad tanto melodramatismo, terminar con
un estallido de finísima hilaridad. Sería verdaderamente sublime”. Ya al día
siguiente Verdi contestó en forma concisa y resuelta: “Querido
Boito, amén y que así sea”.
Pasaron
casi tres años, tres años de consultas, pruebas y repruebas.
Al fin, el 9 de febrero de 1893, Falstaff vio la luz “alla Scala”.
Como
había pasado con Otello, críticos y entusiastas de todo el mundo
llegaron a Milán para escuchar y ver aquella proeza con la cual el
más grande Maestro de la ópera italiana del siglo, ya octogenario,
concluía definitiva e irrevocablemente su actividad.
Fue ese el canto del cisne. Verdi lo sabía.
Las palabras
de Falstaff, en la primera escena del tercer acto de la ópera son premonitorias:
"Tutto
é finito! Va, va vecchio John ... Cammina per la tua via, finché
tu puoi ... Va, va ... Addio."
*
Nota extraida de "Dante Noticias", Nº 75, abril - julio de
2001.
Revista
Soles - Nº 78
Julio de 2001
www.solesdigital.com.ar
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