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Informe especial – Wassily Kandinsky

I. Primeras huellas visuales de la infancia

Por Mariano García
@solesdigital

Kandinsky Wassily Kandinsky nació en Moscú en 1866, en el seno de una familia que se benefició de las reformas del zar Alejandro II, que los sacó del destierro en Siberia Oriental. Aunque pasó más de la mitad de su vida adulta en Alemania y Francia, conservó siempre un fuerte vínculo emocional con su ciudad natal.

Los primeros recuerdos de su infancia se remontan a un viaje a Italia en 1869, donde ya demostraba una capacidad inusual para percibir y recordar colores. En sus apuntes biográficos Rückblicke (“Miradas retrospectivas”), el artista nombra los primeros colores que recuerda: “intenso verde claro, blanco, rojo carmín, negro y amarillo ocre”. Kandinsky podía revivir gráficamente acontecimientos e imágenes percibidos con anterioridad. En su autobiografía, relata cómo de muchacho era capaz de “dibujar de memoria” en su casa cuadros que le habían atraído de una manera especial en exposiciones, y de “enumerar de memoria y sin cometer error alguno todos los comercios de una gran calle” que él veía ante sí.(1) Esta capacidad eidética de proyectar visualmente los colores y, más tarde, las escenas no le abandonaría a lo largo de su vida y habría de constituir una fuente esencial de inspiración creativa. (2)

La imagen eidética constituye una particular anomalía funcional de la visión, un recurso cuyo origen no es atribuible a causas ni lesiones orgánicas; por lo tanto, su génesis puede ser tanto cultural como psíquica.(3) Esta capacidad, muy frecuente en los niños pero rara después de la pubertad, se define como una persistencia imaginativa muy vívida de un estímulo visual objetivo y ausente, y que parece ser externo al observador y tener una localización en el espacio percibido. El sujeto explora la imagen eidética moviendo sus ojos, como si se tratara de un objeto real, y puede describir detalles en los que no reparó conscientemente al momento de presentársele el estímulo motivador.(4)

Pero el niño Wassily aún no poseía las facultades pictóricas suficientes como para plasmar todo aquel rico mundo de sus primeras experiencias interiores, con su vitalidad y fuerza imaginativa. En esta primera infancia, opina Düchting, germinaron las principales características de su obra adulta. La separación de sus padres, y la influencia de su madre, fueron determinantes. “Kandinsky nunca vio en sus padres separados antinomias hostiles, sino dos personas muy diferentes por las que sentía afecto y que, cada una a su manera, estimulaban su sensibilidad –escribe Düchting–. Sin embargo, creía que su madre encarnaba las mejores cualidades: «belleza sobria y grave, sencillez exquisita y una energía inagotable»; un ideal de perfección pero también de tensiones y contradicciones, un ideal que años después, ya como pintor maduro, trataría de imitar en su teoría y su pintura (...) Kandinsky intuía el origen de sus aspiraciones artísticas en la combinación de los antagonismos y contrastes de su madre con la imagen espiritual de su Moscú «interior».”(5)

Durante sus primeros treinta años, la pintura sólo fue la afición que acompañó sus estudios en Derecho y Economía. Posiblemente, la elección de una rígida carrera universitaria fue un contrapeso racional a sus irresueltas motivaciones interiores, ante una sensibilidad que lo invadía pero no podía expresar artísticamente. Su brillante carrera académica le permitió ingresar a la Universidad de Moscú (1886); hacer investigaciones para la “Sociedad de Ciencias Naturales, Etnografía y Antropología” (1889) y asociarse a la “Sociedad Jurídica”. En 1892 logró sin problemas su licenciatura, obteniendo así un puesto de asistente en la Universidad de Moscú.

Toda esta fecunda actividad en los campos del derecho y la ciencia fueron potenciando en él la capacidad para comprender las relaciones abstractas. Como contrapartida, los viajes de investigación le hicieron conocer profundamente los paisajes y la cultura campesina rusa, con su espíritu decorativo manifiesto en sus coloridas casas y muebles, la variedad de matices en las vestimentas y la belleza de las innumerables capillas e iglesias. Estas experiencias hicieron renacer su amor por lo artístico, y lo colocaron en la encrucijada de seguir con su prometedora carrera científica, u optar por la vida insegura del artista. Según su propio testimonio, dos experiencias artísticas determinaron su decisión. Así lo explica el propio Kandinsky:

“La primera fue la exposición francesa en Moscú –en primer lugar el «Montón de heno» de Claude Monet– y una representación de Wagner en el Teatro Imperial de Lohengrin. Yo sólo conocía el arte realista, casi exclusivamente el ruso; a menudo me quedaba largo rato contemplando la mano de Franz Liszt en el retrato de Repin y cosas por el estilo. De pronto vi por primera vez un cuadro. El catálogo me aclaró que se trataba de un montón de heno. Me molestó no haberlo reconocido. Además me parecía que un pintor no tenía ningún derecho a pintar de una manera tan imprecisa. Sentía oscuramente que el cuadro no tenía objeto y notaba asombrado y confuso que no sólo me cautivaba, sino que se marcaba indeleblemente en mi memoria y que flotaba, inesperadamente, hasta el último detalle de mis ojos. Todo esto no estaba muy claro y yo era incapaz de sacar las consecuencias simples de esta experiencia. Sin embargo comprendí con toda claridad la fuerza insospechada, hasta entonces escondida, de los colores, que iba más allá de todos mis sueños. De pronto, la pintura era una fuerza maravillosa y magnífica. Al mismo tiempo –e inevitablemente– se desacreditó por completo el objeto como elemento necesario del cuadro.” (6)

El fenómeno visual de la imagen eidética renacía en la sensibilidad del pintor, mientras germinaba lo que más adelante sería su concepción del arte abstracto. La ópera de Wagner fue la segunda experiencia «conmovedora» que impulsó su vocación artística. Le impresionó enormemente aquella plétora de sonidos hasta entonces nunca oídos: “«Podía ver todos aquellos maravillosos colores en mi mente, desfilaban ante mis ojos. Salvajes, maravillosas líneas que se dibujaban ante mí» El poder de la música le había descubierto la experiencia de la sinestesia dejándole, al mismo tiempo, intuir las fuerzas de la pintura que aún estaba por descubrir. La relación, no sólo hipotética sino real, entre colores y sonidos, entre música y pintura, le cautivaron de tal manera que esa correspondencia secreta entre las dos artes constituiría la piedra angular de sus teorías artísticas y el punto de partida de su pintura.”(7)

A aquella peculiar anomalía perceptual que era la imagen eidética, hay que sumarle entonces otra que jugaría un papel especial dentro de su teoría del color y las formas, así como en su quehacer artístico: la sinestesia. Como se advierte en el testimonio de Kandinsky, la sinestesia consiste en la respuesta sensorial en otra área distinta de aquella que fue estimulada, como la sensación visual evocada por un estímulo auditivo, o viceversa. Cuando un estímulo no visual despierta una sensación de color se denomina psicocromestesia, y cuando son sonidos los que se asocian o convierten en colores se llama ecofotonía(8). Como observa Maurice Merleau-Ponty, en las verdaderas sinestesias “el sujeto no nos dice solamente que posee a la vez un sonido y un color: es el mismo sonido lo que ve en el punto donde se forman los colores”(9); caso que parece ser el del artista ruso. (10) A partir de estas experiencias, se entienden mejor muchos de los axiomas que Kandinsky propondrá para el lenguaje visual en su libro De lo espiritual en el arte, que se detallarán más adelante.

Decidido a seguir sus antiguas inclinaciones pictóricas, que habían sido reprimidas durante sus estudios pero nunca abandonadas, Kandinsky se volvía cada vez mas escéptico ante una ciencia finisecular cambiante y sin certezas inamovibles. En 1896 le ofrecieron una cátedra en la Facultad de Derecho de la Universidad de Dorpat (Estonia), que rechazó. En lugar de progresar en su prolífica carrera académica, tomó la decisión de trasladarse a Munich, en 1896, para dedicarse a su particular visión de una nueva pintura. Pero diez años dedicados a cuestiones legales desarrollaron en Kandinsky un espíritu marcadamente analítico, que lo llevará ya en su carrera como artista a penetrar en los problemas de la plástica de modo racional.

A partir de entonces, su práctica –y su actividad docente en la Bauhaus– estaría acompañada por una permanente reflexión acerca de sí misma. Sobre ello dice Eberhard Roters: “Poseía la capacidad de formular sus conocimientos y deliberaciones como hipótesis, apoyar éstas con lógica y... formularlas claramente, lo cual era de mucho provecho para su enseñanza, tanto más cuanto que debía vencer dificultades consistentes en que se trataba de los primeros intentos de explicación y experimentos inspirados y probados por él mismo y en su propia sensibilidad”(11).

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Notas

(1) Idem, p. 167.

(2) Düchting, Hajo; op. cit., p. 7.

(3) Gubern, Roman; La mirada opulenta; Barcelona, Editorial Gustavo Gilli, 1987, p. 36.

(4) Luria, Aleksandr; Atención y memoria; Barcelona, Editorial Fontanella, 1979, p. 86.

(5) Düchting, Hajo; op. cit., pp. 8-9.

(6) Kandinsky, Wassily; De lo espiritual en el arte; Barcelona, Editorial Barral, 1983, pp. 10-11.

(7) Düchting, Hajo; op. cit., p. 10.

(8) Gubern, Roman; op. cit., p. 36.

(9) Merleau-Ponty, Maurice; Fenomenología de la percepción; México, Fondo de Cultura Económica, 1957, p. 244.

(10) Como indica Wick, estudios de psicología experimental demuestran que el porcentaje de sinestésicos entre los artistas es significativamente mayor que en una población media.

(11) Citado en Wick, Rainer; op. cit., p. 167.

9/7/04

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