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Influencias sicilianas en el fileteado porteño

Por Catalina Pantuso
catalinapantuso@gmail.com

En los años ’70, cuando comenzó a estudiarse el fileteado porteño, se presumía que el mismo venía de Sicilia, pero no hubo ninguna investigación que confirmara esta hipótesis. Una visita al Palacio D’Umale, Museo Regional de Historia Natural, de Terrasini, (Palermo, Italia) nos permiten analizar algunas similitudes y diferencias entre la decoración del “carretto siciliano” y el fileteado de los carros, camiones y colectivos que circulaban por Buenos Aires durante la primera mitad del siglo XX y que se convirtió en la imagen del tango argentino.

El “carretto”, símbolo del folklore siciliano, ocupaba un lugar destacado en la decoración de las casas de muchos inmigrantes del sur de Italia. Era uno de los souvenirs más típicos que nos traían los amigos y parientes cuando llegaban de visita. Pequeños, medianos o grandes, siempre estaban pintados con colores vivos y profusamente decorados con figuras religiosas, paisajes o escenas de caballería enmarcadas por guardas de líneas, flores y arabescos. Por eso el fileteado que adornaba los medios de transporte populares nos era tan familiar como disfrutar de los tallarines del domingo o escuchar a Carlo Buti cantando el tango Violino Tzigano.

Para una gran mayoría la tristeza del tango era casi idéntica a la nostalgia de la “canzonetta” napolitana y su imagen fileteada nos recordaba la vitalidad del paisaje siciliano. Mientras los “tanos” nos acriollábamos hablando en “cocoliche”, a los porteños se les ocurría inventar una nueva jerga: el lunfardo. Si el tango, hijo famoso de la milonga pampeana, fue una síntesis de músicas y danzas americanas, europeas y algo de africanas, la poesía lunfarda tuvo una fuerte influencia del italiano y sus diferentes dialectos. Como una forma de ilustrar este mestizaje cultural, bastará recordar que uno de sus principales letristas, Julián Centeya —cuyo verdadero nombre era Amleto Enrique Vergiati—, había nacido en Parma y que José Gobello, hijo de humildes italianos, fue el fundador y presidente de la Academia Porteña del Lunfardo.

Por todo esto, durante muchos años estuve convencida de que tanto la poesía como la imagen del tango tenían un fuerte componente italiano. Sin embargo, cuando leí la investigación realizada en los años ’70 por Esther Barujel y el pintor español Nicolás Rubió, me llevé una sorpresa: el fileteado estaba considerado como estrictamente porteño.

Los autores del libro Maestros fileteadores de Buenos Aires (Fondo Nacional de las Artes, 1994) hicieron un excelente trabajo en el que consignaron que podía haber alguna relación entre el arte popular siciliano y el fileteado porteño. Pero esta hipótesis fue rápidamente desechada porque cuando le preguntaron a Carlos Carboni sobre la posibilidad de este origen, el fileteador contestó: “Ma’ que va a venir de Sicilia, si éramos una manga de analfabetos.” Esta respuesta espontánea fue la pista que me impulsó a viajar a Sicilia para profundizar el tema.

Un encuentro con el Rey del Carretto

En la ciudad de Vittoria (Ragusa) vive Giovanni Virgadavola, un productor de hortalizas que, desde hace 30 años, se dedica a la restauración de los “carretti”. Este hombre sencillo, sin ninguna formación académica, es uno de los principales referentes de la historia popular de la región; escribió varios poemas y un libro dedicado a este medio de transporte, lo que le valió el título de “Rey del Carretto” en la provincia de Ragusa

Después de mostrarle algunas imágenes del fileteado porteño me invitó a conocer su taller —una especie de museo espontáneo—, ubicado en un sector de su campo, a 13 km. de la ciudad; donde llama la atención la inmensa cantidad de piezas recolectadas y la escasa sistematización del material. La cordial y extensa entrevista con Virgadavola, me permitió encontrar varios puntos de contacto con los primeros fileteadores argentinos.

En ambos casos fue un arte de transportistas; los pintores tenían un escaso nivel de instrucción y el oficio se transmitía por medio de la tradición. La técnica utilizada era muy similar; tanto los sicilianos como los porteños realizaban sus bocetos sobre un cartón o papel para calcarlos posteriormente sobre los carros y lograr, de este modo, las características imágenes simétricas. Otra coincidencia fue constatar que Virgadavola no tenía ningún tipo de apoyo oficial para realizar sus tareas de restauración y que tampoco le interesaba al municipio organizar un verdadero museo temático.

La decoración de los carros, una verdadera expresión cultural

En el año 2001, en Terrasini (Palermo), se había creado el Museo Regional de Historia Natural y Muestra Permanente del Carretto Siciliano. En la sección etno-antropologica se exponía una importante colección —adquirida en 1985— que representaba las principales escuelas de los constructores y pintores de carros de toda la región.

En el trayecto de Vittoria a Palermo —principal ciudad de la Región de Sicilia—, recordé que allí había nacido el fundador de uno de los barrios más antiguos de la ciudad de Buenos Aires, don Juan Domínguez Palermo. La coincidencia no era nada despreciable. Justamente en el Palermo porteño había funcionado, a principios del ‘900, en el mítico Café de Hansen, sitio en el que se escuchaban los tangos más compadritos de la época. Fue en ese local donde bailaba la Rubia Mireya, la misma que inspiró los versos de “Tiempos Viejos” que, con música de Francisco Canaro, cantaba Hugo del Carril en la película “Los muchachos de antes no usaban gomina.”

En la Palermo siciliana me encontré con Caterina Svezia, profesora de historia y literatura italiana, experta en bienes culturales, con la que realicé una visita guiada al hermoso Palazzo d'Aumale, sede del museo regional. Cuenta Svezia que este transporte se utilizó desde mediados del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX. Aunque no existían fechas exactas, algunos estudios afirmaban que la utilización del carretto, con sus actuales características, se difundió a partir de 1800; más precisamente cuando la dominación borbónica se ocupó de construir grandes caminos, no para estimular el comercio sino para afianzar su poder militar.

Señala Svezia que, según la zona de construcción, el carro mostraba características particulares con tres estilos bien diferenciados. El más elaborado era de Catania; sus figuras estaban pintadas sobre un fondo de color rojo —como la lava del volcán Etna— presentaba una gama de colores matizados con claroscuros bien contrastados y tenían una perspectiva tridimensional. Le seguía en importancia el carro de Palermo que tenía como base la pintura amarilla; en él prevalecían las figuras geométricas y la perspectiva era bidimensional. El menos conocido era el carro de Vittoria, aunque se asemejaba al catanese porque mantenía el rojo como base, utilizaba una paleta de colores más oscuros y mostraba dibujos bastante sencillos, esos eran los que yo había visto en el taller de Giovanni Virgadavola.

De las diferencias geográficas pasamos a las desigualdades sociales. En la colección del museo había carros de los sectores más ricos, aquellos que podían contratar a verdaderos pintores y escultores para engalanarlos. Sin embargo, la inmensa mayoría de los campesinos tenían carretti más chicos con una decoración muy sencilla, destinada a preservar la madera de la acción corrosiva de los factores climáticos. Eran éstos los que tenían una gran semejanza con los carros de verduleros, panaderos y lecheros que habían transitado por Buenos Aires.

La visita al museo de Terrasini ofreció nuevos elementos para sustentar la hipótesis sobre la influencia siciliana en el fileteado porteño, especialmente al comprender que las piezas exhibidas eran sólo las más modernas y mejor elaboradas.

Para algunos historiadores, la patria indiscutida del carretto decorado fue Aci Sant'Antonio (Catania), una pequeña ciudad de orígenes griegos. Surgió como un humilde medio de transporte de mercaderías y personas y, posteriormente, lo utilizaron los vendedores ambulantes en las ciudades. Se estima que, a principios del siglo XIX, circulaban por Sicilia más de cinco mil ejemplares.

No fue casual que el fileteado porteño haya nacido en un taller de carrocerías y que fuesen dos muchachos origen italiano —Vicente Brunetti y Cecilio Pascarella— quienes decidieran pintar los chanfles de un carro de color rojo, en lugar de mantener el gris municipal. A esta circunstancia había que sumarle que el primer fileteador fue Salvador Venturo, un viejo Capitán de la Marina Mercante de Italia que terminó radicándose en nuestro país. Su hijo Miguel perfeccionó el oficio, formalizando la técnica y la imagen del filete, e incluyendo en las composiciones flores, caballos, pájaros y dragones, las mismas figuras que aparecían en el carretto siciliano.

Tanto los fileteadores como los pintores de los carretti trabajaban a demanda, por esta razón, generalmente, el cliente también participaba de la elección de los motivos que se representaban. En los primeros carros sicilianos se pintaban solamente imágenes religiosas —en especial la de Jesús—, con esto se buscaba la protección divina del carretero y de su carga. El punto de contacto con el fileteado porteño era la presencia recurrente de la imagen de Virgen de Luján, protectora de los caminos.

Si bien existen muchos elementos comunes entre los artistas populares sicilianos y los porteños, también hay notables diferencias. La más importante es que la construcción de un carretto era una obra conjunta de carpinteros, herreros, escultores y pintores, por lo tanto la decoración formaba parte de un producto único. En cambio, el fileteado se aplicó primero en los carros pero rápidamente se extendió a otros medios de transportes y también se aplicó en la cartelería de almacenes, bares y otros establecimientos. En los carretti, a partir del siglo XX —por influencias francesas— se incluyeron escenas de cruzados, normandos y caballeros; motivos que nunca se utilizaron en nuestro país. Otra particularidad era que en el fileteado porteño el dibujo siempre estaba acompañado por un texto, cosa no ocurrió, normalmente, en la composición siciliana.

El viaje llegaba a su final y volvía convencida de que, con sus particularidades, las culturas populares de Sicilia y Buenos Aires tenían en común el un profundo mestizaje que les dio origen. El carretto se convirtió rápidamente en uno de los mejores exponentes del folklore siciliano porque en sus pinturas se representaron escenas y símbolos de los pueblos que habitaron la isla: griegos, romanos, árabes, normandos, bizantinos y españoles. El tango con su imagen fileteada fue la expresión de una ciudad cosmopolita que, a principios del siglo XX, tenía algo más de 900 mil habitantes, de los cuales sólo el 55% eran argentinos, el 25% eran italianos, el 12% eran españoles y, en el 8% restante, se agrupaban polacos, rusos, franceses y alemanes.

El tango tuvo importantes poetas nacidos en Italia como Julio Camilloni (Áncona) y Mario Batistella (Verona) —autor de, Cuartito Azul, Medallita de la suerte y Melodía de arrabal, entre otros—, y fue interpretado por el siciliano Ignacio Corsini, el piamontés Alberto Morán y el veronés Alberto Marino. También fueron hombres de origen italiano los que le dieron sus primeros colores y sus líneas fileteadas que, para mí, tienen una clara influencia siciliana: Vicente Brunetti, Cecilio Pascarella, Salvador Venturo, Carlos Carboni, Miguel Venturo.

El fileteado se independizó de los medios de transportes y pasó del taller del artesano al estudio del artista plástico. Salió de los carteles y tablas y logró instalarse en las fachadas de algunos edificios. Finalmente obtuvo un merecido reconocimiento y en diciembre de 2015 se ganó el título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco.

6/2/2016

Fotos: Catalina Pantuso y Museo Regional de Historia Natural y Muestra Permanente del Carretto Siciliano.

Bibliografía

“Arte Popular en Sicilia. Las técnicas, los temas y los símbolos”, Universidad de Palermo (Gabriella D’Agostino, 1991).

www.solesdigital.com.ar

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