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El fracaso de los sicarios del arte


Andy Warhol, Museo de Arte Moderno de Frankfurt, 2009

Por Mario Rodríguez Guerras *
direccionroja@gmail.com 

Fotos: Mariano García
@solesdigital / Photosniper

Arthur Coleman Danto (Ann Arbor, Michigan, 1924-2013) fue un crítico de arte y profesor de filosofía de los Estados Unidos. Parte de la celebridad alcanzada por Danto está basada en su tesis sobre una supuesta "muerte del arte" en el horizonte contemporáneo de la cultura; pero hacia 1981 fue reformulando su tesis y abogó por la "muerte de la historia del arte".

Promovió la obra de artistas de vanguardia como Andy Warhol y teorizó sobre el fin del "fetichismo" de la belleza. Estaba considerado el filósofo analítico más importante en temas de estética, aunque sus posturas son discutibles. A la pregunta de ¿cómo se distingue un objeto de arte de uno meramente funcional? Danto responde abandonando las coordenadas de la historia del arte en favor de las de la sociología. Para él, la obra de arte no lo es por ninguna cualidad intrínseca, sino por encuadrarse dentro del "mundo artístico".

Danto elabora una teoría del arte al intentar buscar la diferencia entre las Cajas de Brillo de un supermercado y las de Warhol. Entiende - puesto que no hay una diferencia entre unas y otras, ya que la imagen artística y el objeto son idénticos- que el arte ha quedado confundido con la realidad y que el arte ha llegado a su final al haber ofrecido las conclusiones que perseguía.

Para ello, Danto establece que el arte comienza con el Renacimiento, en lo que denomina la era del arte, ya que, a partir de ese momento, la pintura se concibe como representación del mundo, a diferencia de los tiempos que le preceden en los que, como ocurre en el arte bizantino, el arte no se concebía como representación sino que la imagen representada era creada para ser venerada. La primera consecuencia de toda su teoría es que el arte solo ha existido desde el Renacimiento hasta la mitad del siglo XX.

La interpretación de que hasta el año 1400 la obra era objeto de veneración es completamente falsa, pues solo en algún tiempo y algún lugar –más o menos extensos- las obras tuvieron esa consideración, y esa interpretación supone confundir el sentido de las eras y los períodos del pasado. Ni el arte del Paleolítico tenía nada que ver con el del Neolítico que, por cierto, no hace sino mostrar el mundo tal y como le percibían aquellos hombres, ni el arte griego se confunde con el romano, este último más interesado por el aquí y ahora que por las ideas trascendentales. En cuanto al arte bizantino, es cierto que atribuían a los íconos propiedades sobrenaturales pero nadie veía en las representaciones del emperador al propio emperador que sabían era un ser real y mortal. Pero la interpretación de Danto demuestra la astucia de su tergiversación y revelamos que esa astucia es consecuencia de una incapacidad para el análisis adecuado, incapacidad muy extendida entre los críticos. A falta de la verdad, Danto ofrece una opinión que, por ser de un sabio, se santifica social y culturalmente. Y luego se desprecia a los  creyentes por ingenuos.

En el arte bizantino, los íconos no solo eran venerados, eran considerados santos. La revelación que Danto hace de la identificación entre arte y realidad ya había sido descubierta tiempo atrás.
Aun asumiendo que antes de la era del arte la imagen fuera percibida como una realidad o simplemente fuera objeto de veneración, no deja de ser un error no tener esa imagen por creación artística pues ni ha surgido por generación espontánea ni es hija de ninguna virgen. Aquello podía ser tenido por el mismo santo por los creyentes pero era una imagen producida por la mano del hombre, por lo tanto, era una representación. Danto confunde lo que es un ícono y le otorga, de forma interesada para justificar sus ocurrencias, un valor por el uso que se hace de él, en lugar de concebirle como lo que es: una representación. Aunque en aquellos tiempos se pensara que las imágenes habían sido pintadas por los mismos santos o recibidas de la mano de Dios, esas creencias no pueden tener valor dentro de una explicación lógica. Si, evidentemente, eso es un imposible absoluto, llega Danto, sabio y para colmo ateo, lo asume como verdad y lo emplea como argumento filosófico.

Danto no comprende que, en el acto de los ortodoxos, hay dos aspectos diferentes, uno, qué hacen, venerar al santo, y, otro, cómo lo hacen, a través de un ícono, una imagen representada. Y, para un estudio del arte, Danto se acoge al qué, más propio de la antropología, despreciando el medio artístico, el cuadro. Para colmo, como hemos dicho, se enroca en su error al atribuir esa misma situación a todo el arte anterior a la era del arte, es decir a todas las creaciones realizadas, al menos, desde hace cuarenta mil años lo cual demuestra su ignorancia sobre el sentido de las diversas culturas y estilos que nos han precedido.

Danto divide su era del arte en dos partes, la mimética, hasta la aparición de Gauguin, y la modernista, período que termina con las cajas de Warhol.

A diferencia de lo que dice que ocurría en ese pasado, desde el Renacimiento, se percibe la pintura como representación, el arte y el artista se han conceptualizado y, por eso, es arte. La modernidad, por su parte, pretende explicar el significado del propio arte. A través de los manifiestos, cada grupo de artistas defiende el valor de cada uno de los estilos modernistas como la conclusión de esa definición del arte, que solo alcanza a definir Warhol. En ambos períodos Danto observa una evolución, en un caso, técnica, hasta perfeccionar la imagen representada; en el otro, filosófica, hasta alcanzar, progresivamente, la definición adecuada.

Terminada la modernidad y cumplida la tarea de definir filosóficamente el arte, este carece de la posibilidad de la búsqueda de la perfección técnica o de la definición filosófica por lo que ninguna obra puede perseguir finalidad alguna, luego ya no habrá arte, aunque haya obras de arte. Es el postarte, propio de la posthistoria período en el que cualquier cosa puede ser arte.

Danto no ofrece causa, razón o fundamento que explique cómo y por qué se aplican esos principios en ese momento al arte. Es decir,  no explica por qué el hombre, de repente, dejó de adorar imágenes para considerarlas arte, cambiando una supuesta actitud milenaria. No pasa de buscar una definición del arte a hacer una filosofía de la historia del arte. Lo que Danto acaba por hacer es algo así como una descripción de los usos aparentes que, a lo largo de la historia, se ha hecho del arte. Pero es una descripción tan plagada de errores que no es ni esa historia de la utilidad del arte.

Cuando Danto deja de buscar una definición del arte para buscar las condiciones del arte, pasa de hacer teoría a hacer interpretación. La teoría es más difícil de resolver pero más veraz. La interpretación es más sencilla de realizar pero no hay forma de saber cuánta verdad posee… hasta que se contrasta con la verdad teórica.

Valorar la historia por sus resultados es una forma interesada y errónea de valoración. Si Adolf Hitler invadió Polonia no lo hizo para perder la II G.M., lo hizo para acabar por conquistar Europa. El desenlace nada dice de las causas que motivaron sus actos.  Por otro lado ¿Tiene un propósito el arte? es decir ¿Tiene un propósito la humanidad? Dos formas aparentemente contradictorias de refutar el análisis de Danto, pero no lo son porque se refieren a situaciones diferentes. Si había un propósito en el arte, éste no necesariamente determina los efectos. Pero cabe preguntar ¿cómo puede el arte poseer voluntad? pues la voluntad solo pertenece al individuo consciente, la humanidad, en su conjunto, actúa como fenómeno con una voluntad ciega y no determinada. Por otra parte, aceptando su tesis de que el arte tiene que ser acerca de algo, habría que pedirle que explicara por qué se empezaron a crear obras de arte antes de su era del arte si carecían de un propósito (la veneración no es suficiente explicación). Hacer por hacer carece de sentido. Lo congruente, en su caso, hubiera sido negar la existencia del arte pero las evidencias resultan irrefutables. En el arte, los estilos, que son lo esencial -y Danto no lo ha comprendido- no tienen otra finalidad que la manifestación de ellos mismos en sus diversas variantes. Terminada la exposición, se manifiesta un nuevo estilo. El progreso técnico, finalmente, es consustancial con el paso del tiempo, cada época posee los conocimientos de la anterior y puede mejorarlos. Donde no hay conclusiones, Danto las encuentra, y donde se deberían buscar principios, Danto ofrece interpretaciones.

Incapaz de encontrar una explicación filosófica a la definición del arte, Danto elabora una teoría historicista, es decir, nos cuenta un cuento. Las numerosas incongruencias que se producen entre su teoría y la realidad las explica como Dios le da a entender ¡Y cuelan! ¿Cómo puede hablar de un arte antes de la era del arte y del arte después del fin del arte? Pero ¿Es que cree que habla para niños? Ni mucho menos, sabe que habla para hombres racionales a quienes se puede convencer con una explicación. Se niega a reconocer que toda la historia del arte está llena de obras de arte cuya existencia posee la debida justificación. Entiende, como sabio reconocido socialmente que es, que puede aplicar la ley de los sabios: Si una teoría se contradice con la realidad, negamos la realidad.

Su teoría nos lleva a una conclusión, que la cultura solo existe o existe de forma completa desde el renacimiento y que termina o concluye su perfección en 1967. Una consecuencia más es que solo la filosofía y la ciencia configuran la cultura (o lo hacen eternamente) y una interpretación de su postura sería que Danto entiende que el arte es peligroso porque… ¡Dice la verdad! En consecuencia, destruye su valor para destruir su verdad. En su teoría, el arte queda restringido a aquellos períodos en los que Danto puede introducir su ideología.

Una exposición que no es capaz de explicar las obras realizadas durante cuarenta mil años no puede ser considerada una teoría artística, esa teoría es radicalmente falsa. La existencia del arte es un hecho irrefutable, una argumentación no puede convencer a la humanidad de que aquello que vemos y palpamos no existe o no tiene valor y que el valor está en la consideración racional que nos ofrecen los sabios.

Danto buscaba, primero, la definición del arte, luego, una filosofía de la historia. Y lo que hace es decir que durante el período mimético, el arte era la expresión de la belleza y, en la era de los manifiestos, el arte era una expresión filosófica. Su teoría del arte no es más que la exposición de sus consideraciones en el análisis del arte. Esa exposición que hace nada tiene que ver con el arte. Cuando llega a la conclusión de que el arte alcanza un final, es Danto quien cree haber logrado el final de sus objetivos.

Por lo demás, esa afirmación respecto del arte es falsa. Lo que, en todo caso, habría llegado a un final es el período de los manifiestos y, ya que no encuentra forma de dar una explicación interesada a su continuación, decide que no hay ninguna. Si un sabio como él no la encuentra, no puede ser debido a otra cosa  que a la ausencia de causa, en modo alguno, consecuencia de alguna incapacidad personal. Danto tiene un límite a lo que puede dar explicación e, incapaz de reconocerlo, niega la mayor, la existencia de un principio que genere las nuevas formas artísticas.
 
El mérito indiscutible de Danto ha sido el de convencer a la sociedad de que no es necesaria una definición del arte y de que una explicación bien argüida es preferible a una verdad. El progreso científico ha demostrado que hay realidades, como las de la física cuántica, que son inexplicables con la lógica del hombre empírico por lo que el hombre corriente no puede alcanzar a comprenderlas pero debe admitirlas. Solo el sabio que ha alcanzado un nivel superior de conciencia puede intuirlas y afirmarlas. La sociedad debe admitir las conclusiones de los sabios a quienes se ha encomendado la función pública de desarrollar el conocimiento. Y, todo ello, a mayor gloria de la estupidez humana.

18/5/2016

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* Español, economista. Ha publicado diversos artículos de arte en revistas digitales. Parte para sus escritos de una teoría del arte fundada en principios racionales que es capaz de explicar toda la historia del arte como una evolución predeterminada del pensamiento que genera las formas artísticas.

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