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Abre la temporada 2008 del Malba

Tarsila viajera

El Malba abre su temporada de exposiciones 2008 con Tarsila viajera, una muestra de carácter retrospectivo de la artista brasileña Tarsila do Amaral, que se extenderá hasta el 2 de junio y contará con un importante catálogo trilingüe (portugués /inglés/ español).

La muestra -que se presentó en la institución brasileña desde el 19 de enero hasta el 16 de marzo- está compuesta por una selección 80 obras, entre pinturas y dibujos, provenientes de colecciones públicas y privadas de Brasil, representativas del cuerpo de producción de la artista desde sus primeros años en São Paulo, sus estadías en París y su posterior actividad al retornar a su país.

Entre 1920 y 1933, Tarsila viajó varias veces a Europa y América Latina, conoció Oriente Medio y la Unión Soviética, y “descubrió” Brasil. Esta exposición, según escribe la curadora Regina Teixeira de Barros, “busca profundizar un ángulo específico de la producción de la artista –uno de los tantos prismas posibles-, que se refiere al papel de los viajes en su formación y en el desarrollo de su repertorio visual, y su consiguiente inmersión en un proyecto mayor de investigación sobre las raíces de Brasil”.

Se incluyen aquí las series más importantes de su producción: los dibujos de viajes en su travesía por el interior del Brasil, especialmente por la zona de Minas Gerais y Río de Janeiro; el período antropofágico, y las ilustraciones para Pau Brasil.

Como parte del trabajo en colaboración, Malba prestó para la exposición en la Pinacoteca su obra Abaporu, permitiendo así que por primera vez se exhiban juntas las tres piezas emblemáticas de Tarsila do Amaral: A negra, Antropofagia y Abaporu, donde se visualiza una propuesta de construcción de la tan deseada identidad brasileña.

Modernismo brasileño

En el contexto del modernismo brasileño, la contribución de Tarsila do Amaral fue una de las más innovadoras y creativas; su producción de los años 20 es esencial para comprender aquel período.

Los viajes que realiza al exterior, y que abarcan el apogeo de su producción, se intercalan con estadías en la capital paulista y con temporadas en las diversas haciendas de la familia, en el interior de São Paulo. Tarsila siempre lleva consigo libretas o bloques de dibujo, donde hace anotaciones y registros de los lugares visitados. En las primeras aventuras sobre papel, los estudios son considerados sólo como una etapa en el proceso de trabajo, subordinados a la pintura, su finalidad mayor.

A medida que ella se apropia de un lenguaje moderno, una parte de su producción de dibujos empieza a gozar de plena autonomía. Pero la mayor parte de ellos –en esa década de viajes constantes– aparece esbozada en las pequeñas libretas de anotaciones, en las cuales registra paisajes europeos, asiáticos y brasileños –reales e imaginarios-, a modo de diario de viaje.

Cuando regresa a São Paulo en 1922, luego de su estadía en París, Tarsila conoce a los artistas e intelectuales interesados por el naciente modernismo europeo, que habían participado, en febrero de ese año, de la Semana de Arte Moderno en el Teatro Municipal de dicha ciudad, un evento de gran influencia en la renovación de la literatura y de las artes en Brasil. Algunos de ellos se integrarían más adelante al llamado Grupo dos Cinco: el escritor y musicólogo Mário de Andrade; los poetas Oswald de Andrade y Menotti del Picchia, y la pintora Anita Malfatti, que había visitado Europa en los años previos a la Primera Guerra Mundial e introducido el expresionismo en Brasil.

La artista regresa a París a fines del 22 y, junto a su pareja Oswald de Andrade, comienza a frecuentar a la élite de la comunidad artística parisiense. Entre otros trabajos, en 1923 realiza A negra, obra clave que -cinco años más tarde- se unirá a la serie de sus pinturas antropofágicas como Abaporu (1928) y Antropofagia (1929), y que representan el momento más alto del modernismo brasileño de la década de 1920.

De vuelta en São Paulo, a fines del 23, do Amaral viaja a Río de Janeiro y a Minas Gerais junto a un grupo de modernistas, entre los que se encuentran (además de Oswald de Andrade), Olívia Guedes Penteado, Mario de Andrade, Gofredo da Silva Telles y René Thiollier, entre otros, además del poeta franco-suizo Blaise Cendrars, que visitaba Brasil. Esta excursión da origen a un centenar de obras –como las pinturas Carnaval en Madureira y Morro de la Favela- y notas de viaje y, a partir de allí, el paisaje brasileño se convertirá en su tema central.

El paisaje minero y la “poesía popular” –como Tarsila denomina a los colores y la simplicidad típicos de las pequeñas ciudades brasileñas– llaman la atención de la artista. “He encontrado en Minas los colores que me encantaban cuando era niña”, comenta. Y produce alrededor de un centenar de dibujos, estudios y apuntes, algunos de los cuales posteriormente son retomados en pinturas, producción que sería conocida como “pau-brasil”. Este conjunto de pinturas se caracteriza por los colores considerados rústicos y por las influencias cubistas, que se manifiestan en la planificación espacial y en la estilización geométrica de las figuras humanas, los animales y la vegetación tropical.

Para Oswald de Andrade, los viajes a Río y a Minas son igualmente provechosos, y lo estimulan a redactar el Manifiesto Pau-Brasil, de donde deriva el término aplicado a esta serie de pinturas de Tarsila.

En 1925, Tarsila junto a Oswald de Andrade y a un grupo de amigos, emprenden un crucero de 35 días por el Mar Mediterráneo. Repleta de libretas, la artista produce croquis de paisajes, templos, vistas urbanas y marinas, muchas veces con trazos rápidos y sintéticos. Aunque realizó también estudios con anotaciones de color –probablemente con la intención de ampliar el paisaje en futuras pinturas-, la artista nunca retomó esta serie de bosquejos.

La búsqueda de temas brasileños, iniciada en 1924, toma otra dirección a partir de 1928, cuando Tarsila se embarca en las imágenes de su inconsciente, provenientes de las historias que había escuchado en su niñez, de las que surgen pinturas y dibujos antropofágicos, paisajes habitados por seres fantásticos y vegetación exuberante. Mezcla elementos y fusiona simbologías. Lo femenino y lo masculino. El cielo y la tierra. Un Brasil mágico, denso y silencioso.

Luego de un viaje a la Unión Soviética en 1931 -una experiencia que estimula la breve etapa de pinturas con motivos sociales, con obras tales como Obreros y Segunda clase-, Tarsila realiza en 1933 su último viaje internacional, esta vez, a Montevideo. A lo largo de los 40 años que siguen hasta su muerte, en 1973, Tarsila retoma varios elementos de las pinturas pau-brasil y de los paisajes antropofágicos, reelaborando permanentemente la construcción del país que soñó.

28/3/2008

www.solesdigital.com.ar

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