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50 / 50

Reírse de la muerte

 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Dirección: Jonathan Levine. Guión: Will Reiser. Intérpretes: Joseph Gordon-Levitt, Seth Rogen y Anna Kendrick

Adam es un joven que no parece ser muy especial. Tiene 27 años, una novia y un trabajo en la radio de Seattle, donde uno de sus colegas es también uno de sus mejores amigos. Está trabajando en un artículo sobre un volcán. Y le duele mucho la espalda. Va al médico esperando recibir una receta para analgésicos. Sale del consultorio con un diagnóstico de cáncer de columna. Las probabilidades de que sobreviva: 50%.

Comienza entonces la lucha contra la que es posiblemente la enfermedad más tóxica que existe, aquella que se alimenta lentamente de la vida de quien la padece y de quienes lo rodean, casi como si la saboreara. Aquella que es tanto más terrible porque no suele tener explicación. Adam está seguro de que es un error: él no fuma, no toma, recicla. A su tumor no le importa.

Es aquí donde la película se convierte en algo realmente especial. Es muy fácil hacer que una sala entera llore. Hay incontables maneras de lograr que toda una audiencia recurra a los pañuelitos: muerte de un ser querido, masacres históricas y, cómo no, enfermedades crónicas. Así se encontraban Levine y Reiser (director y guionista del film, respectivamente) con una trama digna de convertirse en uno de aquellos grandes dramas que la academia adora premiar. Pero, afortunadamente, la dupla dio un giro en el timón, y decidió no solo navegar con la tormenta en vez de contra ella sino reírse de ella. Porque de algún modo, en medio de la lucha contra la enfermedad con la ayuda de su mejor amigo Kyle, durante escenas de quimioterapia y de terapia con Katherine, una psicóloga principiante que ya tuvo tanto como tres pacientes, la sala estalla en risas.

Hacer comedia es mucho más difícil que hacer drama: la muerte de un personaje amado hace llorar a todos, mientras que el viejo resbalón con una cáscara de bananas funciona con un pequeño porcentaje de los espectadores. Ahora, hacer comedia de un tema tan dramático como el cáncer, de la posible muerte de un joven de apenas 27 años, lograr que la gente ría cuando él trata de levantar chicas diciéndoles: “hola, ¿qué tal? Tengo cáncer”; eso es poder hacer arte. Es poder reírse de la muerte. Un Adam bastante drogado (cortesía de sus compañeros de quimioterapia que tienen la amabilidad de compartir sus galletas de marihuana) que se ríe al ver pasar un cadáver en el hospital lo ilustra, y un Stephen Colbert en la televisión de fondo hablando de reírse de la muerte lo dice claramente. En palabras de la banda uruguaya La Vela Puerca: “de tanta sonrisa la muerte se va a inhibir.”

Y es que la película está plagada de personajes por los que uno no puede evitar sonreír. El perro galgo retirado que le regala su novia es adorable, y su mejor amigo Kyle, interpretado por un Seth Rogan que disfruta de unos cuantos buenos insultos tanto como en todas sus otras películas, es un compañero de fierro con un hígado que parece ser del mismo material. Joseph Gordon-Levitt es un Adam perfecto, tímido pero luchador. Cuando se deprime, el espectador siente su tristeza: cuando se enfurece, uno quiere gritar con él.

Pero el personaje que más risas provoca es, por mucho, Katherine, interpretada por la brillante Anna Kendrick. Brillante porque es nada más ni nada menos que la definición de torpe, de socialmente inadaptada. Adora decirles a sus pacientes los términos técnicos de lo que sienten y como es perfectamente normal que así sea; de más está decir que no sirve para reconfortarlos. Las sesiones de análisis son perlas: momentos con algún que otro comentario lúcido en aquellos segundos en los que ella se deja ir, y muchos roces de brazo inadecuados que se encuentran con la mirada extrañada de un Adam que no disfruta de que lo toquen demasiado.

El guión, claro está, es excelente, y la dirección no se queda atrás. Las actuaciones son una mejor que la otra, y la banda sonora está siempre en perfecta sintonía con la escena a la que acompaña.

En cuando a Adam le diagnostican cáncer, enseguida se asegura de afirmarle a su jefe que va a terminar la nota en la que estaba trabajando. A medida que la enfermedad avanza, el volcán Mao Mao erupciona y se convierte cada vez más violento. Queda ver, entonces, si Adam logra apagar el fuego destructor que lo carcome por dentro, y terminar con ese tumor volcánico que amenaza con matarlo. El camino es mucho más gracioso y entretenido de que lo quizás debería ser. ¿Pero a quién le importa cómo debería ser una película cuando lo que es es tan genial? Quizás esta será la oportunidad de la academia de darle el mérito a las buenas comedias que tanto se merecen.

13/1/2012

www.solesdigital.com.ar

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