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Alamar

La vida en un templo flotante

 

Por Agostina Dattilo
agostinadattilo@hotmail.com

Alamar

Título original: Alamar / To The Sea. Director: Pedro González Rubio. Protagonistas: Jorge Machado, Natan Machad Palombini, Roberta Palombini, Néstor Marín “Matraca”. Año: 2009.

Mezcla profunda de ficción y realidad (¿acaso puede González-Rubio decidir el vuelo de un ave, o forzar el vínculo entre seres vivos bajo el mar?), la película del joven director belga hijo de mexicanos compite en la sección oficial internacional del BAFICI con muchas armas y motivos para triunfar.

Alamar es un recorte temporal y emocional en la vida de Natan, un niño mexicano de cinco años. Las diferencias culturales han separado a sus padres hace un tiempo, pero ahora la madre —italiana— decide partir con su niño a Roma. Antes de la inevitable despedida, Jorge, su padre descendiente de mayas, lleva a Natan a conocer algo de su propio hábitat (desconocido para el niño) donde le trasmitirá  —además de conocimientos y secretos del mar— una forma de vida diferente: le dejará huellas de su identidad que nunca podrán borrarle.

Los acompaña también el abuelo, un viejo sabio pescador que ha vivido siempre “sobre el mar”, en una choza con techo de paja que flota sobre el manto turquesa, sostenida sobre palotes de madera. Un viaje único e irrepetible al corazón de la península de Yucatán, más precisamente al Banco Chinchorro —el segundo más grande del mundo—, cuna de civilización maya y uno de los pocos ecosistemas preservados de la zona.  La intención del director fue ubicar a los protagonistas en  una vivienda que funcionara como una especie de templo flotante —entre el cielo y el agua— y mostrarlos como “elementos básicos del ciclo elemental de la vida: alimentarse para vivir, dormir y despertarse”.

La figura de Blanquita, ave pura y libre, representa la emigración constante, inevitable de la vida. Al igual que Natan debe seguir su camino, volver a su hogar; pero también al igual que el niño, dejará una huella inmortal en aquel lugar.

Bella sobre todas las cosas, ésta película emotiva conmueve por la simpleza y la forma en que su director muestra —recorriendo un camino pocas veces transitado—, la grandeza de la naturaleza que logra fortalecer el vínculo de amor entre quienes posiblemente no se encontrarán nunca más.

Mejor película en Morelia 2009 y ganadora del Tiger Awards en Rotterdam este año, da la sensación de que Alamar podría carecer de diálogos —de por sí tiene muy pocos y algunas veces inentendibles por la supremacía del sonido del mar—. Son suficientes sus imágenes —limpias, reales y luminosas— complementadas con sutil delicadeza con la expresión maravillada y virgen del rostro del niño.

13/4/2010

www.solesdigital.com.ar

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