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Las Trillizas
de Belleville
Música, humor y calidez
Por
Carla Masmun

(“Les
Triplettes de Belleville”, Francia-Canadá-Bélgica, 2002) Dirección, Guión, Concepción Gráfica,
Dirección de Animación: Sylvain Chomet. Música,
Composición y Arreglos: Benoît Charest. Creación
y Dirección de Decorados: Eugeni Tomov. Jefe de Decorados:
Thierry Million. Duración: 78 minutos.
“Las
Trillizas de Belleville” de Sylvain Chomet es una de esas raras ocasiones
que permiten maravillarse. Esta película recibió dos nominaciones
al Oscar, como Mejor Película Extranjera y por la Canción "Belleville
rendez-vous". Su creador, Sylvain Chomet, que trabajó para la
Disney en “Hércules”, concibió “Las Trillizas
de Belleville” como un film bastante alejado de las livianas y luminosas
producciones del estudio estadounidense.
La historia
es mínima: durante los años de la posguerra, Champion, un niño
melancólico descubre gracias a su abuela, Madame Souza, la pasión
por el ciclismo. Años más tarde, corriendo el Tour de France,
Champion desaparece y Madame Souza con su fiel compañero Bruno (el
inefable perro, mi personaje preferido) lo siguen hasta la ciudad de Belleville.
El prólogo,
en blanco y negro, reúne a las trillizas del título con estrellas
como Josephine Baker, Django Reinhardt y Fred Astaire (devorado por sus zapatos
danzantes) La animación de este pasaje es diferente a la del resto
del film, parece “envejecida”. Este prólogo conecta la
actualidad de la abuela y Champion con el pasado de las trillizas por medio
de la televisión.
El relato
no necesita palabras, y de hecho, no las tiene. Chomet elige apoyarse en la
expresión de sus criaturas y en la excelente música de Benoît
Charest. La música no es aquí un elemento decorativo sino auténtica
materia expresiva que vehiculiza acciones y sentimientos. La historia se desarrolla
sin prisas, sin innecesarias vueltas de tuerca, y es en esa forma de concebir
el ritmo narrativo donde se encuentra su punto más fuerte.
Belleville
es una Nueva York caricaturizada, con sus grandes edificios, sus calles atestadas
de vehículos y su Estatua de la Libertad, rodeados por la pobreza de
los barrios circundantes. París, frente a esa Belleville, parece una
ciudad silenciosa, desierta y solitaria, donde sólo el tren y Champion
en su bicicleta parecen dar muestras de vida. El viaje y el encuentro con
las trillizas le permitirán a Madame Souza recuperar su pasión
por la música, postergada en el deseo de realizar el sueño del
nieto.
Otro acierto
es la concepción de puesta en escena. Chomet toma en cuenta cada detalle
para crear espacios que hablan por los personajes. Eugeni Tomov, encargado
de la creación de decorados, construye lugares y objetos insólitos
y, a la vez, bellos.
El humor
atraviesa el film, permitiéndonos reír de las penosas situaciones
que afrontan los personajes, llevando el ridículo al extremo (es interesante
el modo de conseguir comida de las trillizas, ya convertidas en glorias pasadas).
“Las
Trillizas de Belleville” es un film cálido y maravilloso, que
convierte al humor y a la música en sus armas principales para la creación
de un universo especial. Es, otra muestra de que la animación es más
que “dibujitos para niños”. Enfrentarse a esta película
ofrece una experiencia única y gratificante.
3/9/2004
www.solesdigital.com.ar
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