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Comer, dormir, morir

La otra cara del primer mundo

Comer, dormir, morir
 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Título original: Äta sova dö Dirección y Guión: Gabriela Pichler. Protagonistas: Nermina Lukac, Milan Dragisic y Jonathan Lampinen. Año 2012.

En el marco del Festival de Cine de Mujeres de Suecia que se llevó a cabo en el Centro Cultural San Martín del 3 al 5 de junio, la directora Gabriela Pichler presentó su ópera prima, Comer, dormir, morir. Al escuchar hablar de cine europeo, o del viejo continente en cualquier contexto, los argentinos tenemos la maldita costumbre de dar por sentado que problemas tales como el desempleo o la discriminación hacia los inmigrantes quedan fuera de él. En una extraña operación de apropiación del dolor, sentimos que tales heridas colectivas al tejido social sólo aquejan a países tercermundistas como el propio, que es el nuestro el mejor diccionario para encontrar la definición más precisa y abarcativa del término “crisis”. La película de Pichler llega a las salas porteñas para mostrarnos que nada se aleja más de la realidad.

Comer, dormir, morir cuenta la historia de Rasha, una joven de 20 años que trabaja en una fábrica embalando lechuga. Vive en un pequeño pueblo con su padre, y su vida está atravesada por las pocas calles silenciosas que componen el mapa de su tierra natal. Parecería que lo único vivo, de colores estridentes y luminosos, son los vegetales con los cuales trabaja, e incluso ellos acaban por ser empaquetados para ser distribuidos a lo largo del país. Sin embargo, Rasha es feliz, y se mueve como pez en el agua en el ecosistema de las líneas de producción y las máquinas ruidosas, cuyos sonidos van incluso a la par de sus emociones. De hecho, cuando Rasha se entera que será despedida, la máquina se escucha de fondo golpeando tan fuerte como su aterrado corazón: la joven deberá abandonar su trabajo, y unirse a las grandes filas de los desempleados. En una brillante decisión cinematográfica, el final de esta escena dará lugar a un spot turístico que se jacta de las maravillas de Suecia, mostrando así la contradicción entre el país que se vive tierra adentro y el que se vende de la frontera para afuera.

Es aquí donde entra en juego el aspecto más interesante de la película. Y es que Pichler decide mostrarnos a ese 8% de Suecia que está desempleado, porcentaje que se hace incluso más notorio en un pequeño pueblo que gira torno a la producción de una gran fábrica. En una charla luego de la proyección de la película en el Centro Cultural San Martín, la directora de casting Lotta Frosblad asegura que el film muestra cómo los individuos deben luchar solos contra un sistema de seguro social que no los contiene como promete. “En general se ve a esta gente como estadísticas, pero no como individuos”, explica. “La idea es mostrar la Suecia de hoy, una imagen del país que mucha gente no conoce”.

Y la película ciertamente logra eso. Mediante una estética documental lograda gracias al uso de recursos como escenas enteras filmadas con cámara en mano, o el uso de actores amateurs, la verosimilitud de la historia es incuestionable. Esto genera una extraña pero maravillosa sensación de universalidad, ya que a pesar de relatar la vida de Rasha en particular, y de centrarse en un pueblo sueco muy pequeño, es tal la sensibilidad que despierta que uno como espectador no puede evitar vivir su pena a carne propia.

Es curiosa la elección de palabras de Frosblad cuando dice que estos individuos “luchan contra un sistema”; en una cultura como la argentina, el concepto de “luchar” está más cerca a la acepción violenta del término que a la que denota la película, porque lo peor de la historia de Rasha y de todos los desempleados con quienes se encuentra es que no están enojados, sino más bien frustrados y, por sobre todas las cosas, tristes. El padre de Rasha se siente inútil por no poder trabajar por problemas de salud. Rasha misma se desespera al ver que, por más duro que trabaje, no hay empleo para ella en su amado pueblo natal. Todos aquellos que recurren al Estado para conseguir ayuda se topan una y otra vez con la misma pared de “deberías encontrar un hobby, algo que hacer en tu tiempo libre”, o “tenés que seguir buscando, mantener una mentalidad positiva”. Aquellos que pierden su trabajo en manos de inmigrantes no pueden aplacar la xenofobia que esto les despierta, y la misma protagonista en ocasiones se siente discriminada por ser de origen balcánico y musulmán.

Comer, dormir, morir tiene, evidentemente, muchas dimensiones, pero para un público argentino como el nuestro la más interesante es, indudablemente, la que logra derrocar un mito. El allá, la tierra prometida de la plena felicidad económica y social, ese primer mundo al que tanto aspiramos, no existe. Como explicó Frosblad tras la proyección del film, no hay nada que le haga peor a Suecia que esa imagen que se tiene de ella. Es mentira que todos tienen trabajo o que todos se las arreglan con el seguro social, y si las estadísticas no nos darán una idea de la dimensión real y el costo humano que esto tiene en los suecos, películas como las de Gabriela Pichler de seguro lo harán.

9/6/2014

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