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Peaky Blinders: La elegancia en la violencia
Las infinitas dimensiones de Disney
 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Hace ya 74 años, allá por el verano de 1938, que el primer largometraje de Disney invadió la gran pantalla. Marchando con su ejército de siete enanitos, Blancanieves marcó el comienzo de lo que sería un largo y exitoso recorrido por la magia animada. En 2009, esos personajes tan bien construidos que tantas veces sentimos poder tocar en el aire de la sala, que tan frecuentemente nos llevamos puestos una vez terminada la función; fueron recreados por las nuevas tecnologías para hacerlos todavía más reales. De la mano de Up, Disney elevó su nivel de producción para que nosotros veamos, literalmente, a los personajes salir de la pantalla gracias al 3D.

Lo sorpresivo no fue, sin embargo, que Disney siguiera la dirección de la corriente que cada vez adquiría más fuerza en los cines, sino que nadara mar adentro entre tanto celuloide al que había dado vida para re-estrenar los clásicos en este formato. La metáfora marina resulta apropiada ahora que “Buscando a Nemo” volvió a los cines en 3D, una tendencia que comenzó con las primeras dos películas de “Toy Story”, como una suerte de antesala a la tercera de la saga en 2009, y con “El Rey León” dos años más tarde.

Lo curioso de este fenómeno es el público al que atrae. Por muchos años, la palabra “dibujitos” funcionó como sinónimo de “sólo para chicos.” Los padres disfrutaban de las películas de Disney pero nunca dejando de lado su adultez, atesorando la inocencia de sus hijos más que sonriendo ante lo bueno del film. Pero la situación se ha invertido. Y es que aquellos que disfrutaron de los clásicos animados en su niñez son ahora adolescentes y jóvenes adultos que tienen muy en claro que la persona que son es producto, entre muchas cosas, de cómo aquellos guantes blancos de Micky moldearon la plastilina que eran en su infancia. Es la generación que, al ver los fantásticos gráficos de la presentación previa a las películas, con la imagen nítida del castillo de Magic Kingdom, llora un poco de nostalgia al ver la sombra del dibujo celeste chillón de aquellos viejos tiempos. Es la generación que, demasiado distraída por la magia, ignoró al hechicero.

Pero revisitar las películas de Disney cuando la lógica ha destronado a la ilusión de que cualquier cosa puede ser real no impide que las disfruten, sino que de hecho hace que las aprecien aún más. A pesar de ver todo más de cerca y más tangible, el zoom se ha alejado y las mentes adolescentes ahora pueden ver cuán brillante era en verdad el mago.

“El Rey León” aparece no como una dura pero adorable historia de animales, sino como una trama con la escancia de Hamlet, como un retrato de regímenes autoritarios de la pata de Scar; en la escena en la que el villano canta entusiasmado sobre sus malvados planes, las hienas que lo acompañan, excitadas por la fiebre de las masas que Freud tan bien describió y aquí Disney tan bien retrata, hacen el paso de ganso, típico de los soldados Nazis.

En “La bella y la bestia” los personajes atraviesan las barreras de los estereotipos sobre los que se edifican, y los buenos y los malos, tan claramente delimitados en las narrativas para niños, de repente son roles que, como en la vida real, no se ven tan claramente definidos. De repente, el encantador Gastón es un cretino, y la bestia atemorizante esconde mucho amor bajo su espeso pelaje.

“Toy Story” atrajo más que nada a adolescentes, quienes estaban dispuestos a empujar a pequeños niños del camino con tal de llegar antes que nadie a reencontrarse con Woody y Buzz. Andy creció junto a ellos, y “Toy Story 3” fue un golpe duro directo a la niñez: los primeros acordes de “Yo soy tu amigo fiel” son hoy suficiente para emocionar a cualquiera que haya crecido junto a esos fieles amigos de plástico.

“Buscando a Nemo”, finalmente, es una genial historia sobre cómo el amor hacia los hijos sí puede resultar demasiado, y sobre cómo la sobreprotección puede causarles más sufrimiento que el que intenta evitar. Es una lección de vida sobre la importancia de dejar crecer a los niños y de entender y querer a los padres. Una que, vale la pena destacar, es proyectada mientras los más pequeños ríen encantados por la historia mientras que los adolescentes y jóvenes adultos cantan excitados junto a Dory: no existe mayor de 16 años en esas salas que no pueda cantar “nadaremos, nadaremos, en el mar, en el mar”.

En un comunicado de prensa, el presidente de Disney Alan Bergman afirmó: “los grandes personajes y las grandes historias son eternas, y en Disney tenemos la suerte de tener mucho de ambos”. Esto es tan innegable como el hecho de que el objetivo de todo esto sea recaudar mucho dinero pero el resultado, además de ese, es uno mucho menos tangible y, por lo tanto, más atesorable. Los anteojos 3D son los que transforman la imagen en una mucho más nítida y realista, pero es la magia de Disney, aquella que perdura desde hace 74 años, la que hace que sus películas puedan verse de un modo realmente realista. Es habiendo pasado la infancia, y no durante la misma, cuando la genialidad de los dibujitos se vuelve realmente admirable.

12/10/2012

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