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En Llamas: La dictadura del entretenimiento
En llamas
 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Dirección: Francis Lawrence. Guión: Simon Beaufoy y Michael Arndt. Protagonistas: Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Donald Sutherland y Philip Seymour Hoffman. Año 2013.

“¿Equipo Peeta o equipo Gale?” pregunta la reportera de la alfombra roja por enésima vez en una de las tantas premieres de la primera película de “Los Juegos del Hambre”. La entrevistada es Willow Shields, quien interpreta a Primrose Everdeen, la pequeña hermana de la heroína Katniss.

“Equipo Katniss”, contesta la adolescente.

Y así, parada sobre la frivolidad de la alfombra roja y acosada por los flashes de las cámaras, la pequeña Willow dio en el clavo.

“En llamas”, la secuela de “Los juegos del hambre”, es una de las películas más esperadas del año. El final de “Los juegos del hambre” muestra a una Katniss que se las ingenia para salvar la vida tanto suya como de Peeta, su amante-para-las-cámaras de su mismo distrito, amenazando con comer bayas venenosas: de esa forma, el Capitolio se ve obligado a elegir entre quedarse sin un vencedor, o quedarse con dos. Eligen la segunda opción, y las últimas escenas prometen el principio de una revolución.

Esta vez, nos encontramos con una heroína perseguida por el Capitolio mismo. Como explica el presidente Snow cuando la va a visitar no tan amistosamente, mucha gente vio lo que hizo con las bayas como un acto de desafío y no de amor. Al sentirse amenazados por el poder simbólico que tiene Katniss para la revolución, el presidente resuelve que a los 75º Juegos del Hambre se enviarán a tributos que ya han pasado por la arena: Peeta y Katniss deben volver a competir.

“En llamas” es una excelente película. Todo funciona en la gran pantalla: desde la química entre el elenco, la cual mejoró enormemente desde “Los juegos del hambre”, hasta las elecciones de cámara del nuevo director, Francis Lawrence. Por su parte, Jennifer Lawrence sutilmente lidera la película, porque su personaje opera, justamente, mediante sutilezas. El desarrollo de los personajes es excelente: el maquillaje de Effie es mucho menor en esta ocasión, dado que está más humanizada. Katniss entra a la arena no con temor como antes, sino desafiante, e incluso se anima a intervenir juguetonamente en su entrevista con Ceasar.

Pero esta vez, los Juegos no son lo más interesante de la narrativa. Y es que “En llamas” se mete con la parte más rica y realmente analizable de la trilogía: la del trasfondo político detrás de los Juegos. En esta ocasión, vemos al presidente Snow orquestar con un cuidado metódico el cómo y el cuándo de la aniquilación de Katniss. Lo vemos aumentar la represión en los distritos, y restringir las pocas libertades que les quedaban en un intento de que el miedo siga superando a la esperanza que esta joven vencedora parece darles. Peeta y Katniss devuelven el golpe, manteniéndose firmes en la historia de su amor que empezó en los Juegos anteriores; al fin y al cabo, en la política todo es estrategia.

Por otra parte, vemos a un público que los alaban. Los ciudadanos del Capitolio se fanatizan por Katniss, miran las entrevistas previas a los Juegos con placer, se babean pensando en todo el despliegue que tendrán los 75º Juegos del Hambre. Después de todo, el motivo por el cual “En llamas” es una distopía tan acertada es porque muestra que el poder totalitario no se sostiene sólo en el gobierno que lo ejerce, sino también en parte del pueblo que lo legitima, e incluso lo celebra.

Y sin embargo, a pesar de la interesantísima veta política presente en esta película, los periodistas de las millones de entrevistas por las que tuvo que pasar el elenco para promocionar la película no indagaron en el tema. ¿Sus dos preguntas preferidas? A Jennifer Lawrence le preguntaron más de un decena de veces el gran interrogante de “¿por qué te cortaste el pelo?” A todo el elenco le tocó la ya mencionada y famosa: “¿equipo Peeta o equipo Gale?”

Aquí yace la percepción más aguda que ha logrado hacer la película. Lo que mejor representa “En llamas” es la sociedad en la que vivimos. Parece alocado afirmarlo, dado que el mundo de Panem se nos presenta como muy extremo, pero sí lo analizamos en profundidad, la esencia es la misma. En la era de las pantallas, programas como Gran Hermano son sensación (cabe destacar que el nombre del mismo viene de nada más ni nada menos que de “1984” de Orwell, clara influencia para “Los juegos del hambre), y estos realities alimentan nuestra sed por el drama, nuestra fascinación con observar las miserias diarias de otros.

En un mundo real donde las desigualdades son tanto o más agudas que la existente entre los distritos y el Capitolio, el groso de la población también elige distraerse con historias de amor, con chismes de celebridades y con las banalidades que acompañan al mundo de los ricos y los famosos. Hay algo dolorosamente familiar en la bronca y el enojo de los ciudadanos de los distritos que protestan ante la indignante desigualdad entre su nivel de vida y el de aquellos que viven en la capital de Panem. En lo que la política internacional se refiere, las guerras que siguen azotando al mundo al día de hoy son mucho más violentas que los Juegos de las películas.

Hilando fino, hay una escena en particular que refleja casi espeluznantemente este paralelismo entre la situación política de “Los juegos del hambre” y la del mundo en el que vivimos. En 2010, Wikileaks, la organización online dedicada a revelar secretos de estado, publicó el video conocido como “Collateral Murder”. El mismo revelaba un ataque aéreo en Bagdad hacia quienes resultaron ser civiles inocentes; el piloto ríe al dispararles, y es casi como si estuviera jugando a un videojuego. Antes de empezar a disparar, dice “light ‘em up”, es decir, “enciéndelos”. Esta sentencia de muerte, pronunciada con una tranquilidad inquietante, se asemeja demasiado a las palabras del presidente Snow cuando Katniss está a punto de arrojarle una flecha a uno de sus aliados, ya que la mostraría como una traidora frente a quienes la consideran una líder revolucionaria. El presidente dice “let it fly”: “déjala volar”.

Y aún con lo mucho que podríamos aprovechar la riqueza de la película para hacer un trabajo introspectivo sobre nuestra propia sociedad, la pregunta más caliente sigue siendo sobre un triángulo amoroso para el cual Katniss misma asegura no tener tiempo. En “En llamas”, le dice a Gale que no puede saber si lo ama, porque lo único que siente todo el tiempo es miedo, y no hay lugar para nada más.

Porque la realidad es fascinante pero preocupante: nosotros no somos Katniss. Como siempre, queremos identificarnos con el héroe, pero la verdad es como somos mucho más ciudadanos del Capitolio que de los distritos. Nuestra reacción a la película misma lo demostró. Tal como el Capitolio usa la historia de amor entre Katniss y Peeta para distraer a los distritos de las miserias que deben soportar, gran parte de los fanáticos de la película sólo quieren saber con quién se va a quedar la heroína en vez de concentrarse en lo verdaderamente rico de la historia. Quizás “Los juegos del hambre” sea un espejo demasiado fidedigno del mundo en el que vivimos como para poder soportar su reflejo sin el amortiguamiento del chisme amoroso. Pero mientras que los entrevistadores sigan indagando en la parte más banal de la película, seguirán reproduciendo el modelo de entretenimiento y distracción que la narrativa critica tan fuertemente.

Cuando el presidente Snow le dice a Katniss que la gente de los distritos vio en el intento de suicidio con las bayas un acto de desafío, tenía razón. Lo fue. Katniss, con lo callada que es y lo mucho que le cuesta enfrentar a las cámaras, sabe darle al Capitolio donde le duele. Pero mientras nosotros sigamos viendo en ello, y en toda esta historia meros actos de amor, y no entendamos el acto de desafío, de introspección y de brillante análisis sociológico que propone “En llamas”, jamás podremos declararnos parte del “equipo Katniss”.

10/12/2013

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