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Peaky Blinders: La elegancia en la violencia
En trance

La cámara veloz

 

Vincent Cassel

Dirección: Danny Boyle. Guión: Joe Ahearne y John Hodge. Protagonistas: James McAvoy, Vincent Cassel y Rosario Dawson. Año 2013.

Simon, interpretado por James McAvoy, es un subastador de arte. Vive rodeado de pinturas cuyo valor estético y sobre todo social trasciende el lienzo a tal punto que sus precios son desorbitados: el cuadro que pondrá en marcha la trama central de la película será “Brujas en el aire” de Goya, vendido en 27 millones y medio de libras. Pero Simon no ve en ellos tan sólo lo histórico o lo bello. En momentos de desesperación tras acumular una y otra deuda de juego, deja de ver el arte en su trabajo y empieza a ver una salida de emergencia de la ludopatía que lo quema poco a poco tanto a él como a su dinero. Resuelve, entonces, hacerse cómplice de una banda organizada que roba pinturas para adueñarse del cuadro de Goya en cuestión.

La trama toma un giro interesante cuando en el medio del robo, para mantener las apariencias frente a quienes trabajan en la galería, el líder de la banda, Franck, debe golpear a Simon al punto de dejarlo inconsciente. Cuando este despierta, se encuentra con un grupo de colegas enojados. Y es que antes de desmayarse, Simon había escondido la pintura y, como para poner más leña al fuego de la ira de Franck, no recuerda dónde. Desesperados, los ladrones lo llevan a ver a una hipnoterapeuta, quien descubre la verdad y los chantajea para unirse a su grupo y dar con parte del botín cuando finalmente encuentren la pintura.

La mejor manera de describir esta película de Danny Boyle, sin embargo, no es a través de su sinopsis o de su premisa principal, sino diciendo que es una película de Danny Boyle. Suena redundante y casi estúpido, pero no hay forma de resaltar lo suficiente cuán único es el estilo de este film. Desde el comienzo, en el que el monólogo de Simon sobre el mundo del arte hace eco con el de Ewan McGregor en la mejor película de Boyle, Trainspotting, el director inglés deja sus huellas en todos lados, como un niño que toquetea todo lo que lo rodea con sus manos llenas de pintura, como queriendo decir "yo estuve aquí".

Porque Boyle trabaja con ese entusiasmo infantil. Filma con fascinación por las infinitas posibilidades narrativas que le brinda su cámara, como si cada vez que hiciera una película fuera la primera vez que lo descubriera; pero a la vez también lo hace con mucho profesionalismo y meticulosidad. Si el movimiento de cámara es desprolijo, es porque el punto de vista del personaje lo es, y no por un mero descuido: nada está sujeto al azar. Las escenas en las que Simon es hipnotizado, por ejemplo, están tan bien logradas que la cámara, que navega violentamente por la tormenta de lo reprimido, hace las veces de péndulo, y lo hipnotiza al espectador.

Justamente eso es lo que hace que su estética sea brillante desde todo punto de vista. A un nivel superficial y hasta primitivo, es la carnada perfecta. La rapidez, la variedad de las tomas  y los efectos especiales atraen de inmediato, y el ritmo de la película toda es tan atrapante que hace que el cerebro no pueda parar ni a comer pochoclos. Por otro lado, en un nivel más profundo, es evidente que espeja la trama en sí: la dirección y la edición vuelven al espectador tan loco como al personaje, lo ponen en trance cuando él se encuentra en ese estado y lo desesperan cuando la línea narrativa se vuelve demasiado curva como para que Simon mantenga la cordura.

Pero este gran logro directivo de Boyle lleva a destacar un traspié del guión. Es increíble el nivel al cual el espectador siente empatía por el personaje, como logra meterse en su piel, como uno se siente tan confundido como él a medida que avanza la película. Pero quizás esa confusión sea un punto a criticar. Y es que de a momentos da la impresión de que En trance da demasiadas vueltas, y juega con los esfuerzos de deducción del espectador hasta lograr su incomodidad y ansiedad. Llega un punto en el que uno se pregunta si el dolor de cabeza vale la pena. Al terminar la película, gracias a un desenlace un tanto alocado pero creíble y sobre todo emocionante, se da cuenta de que lo vale, pero ese momento de duda hace que el film no llegue a su máximo potencial.

Cualquier cinéfilo sabe, sin embargo, en lo que se mete cuando se adentra en un film de Danny Boyle. Es parte del pacto: uno se droga con un par de aspirinas y deja que él le vuele la cabeza que uno tanto había buscado proteger. Ver En trance no es tarea fácil, y de a momentos ni siquiera es placentero, pero es un pequeño sufrimiento que vale la pena pasar. Después de todo, es un precio bastante bajo a pagar para apreciar el arte de tan buen director.

22/5/2013

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