Cine

NovedadesArchivo

Peaky Blinders: La elegancia en la violencia

Leo Sbaraglia: un verano y dos estrenos

Bollywood

El Gran Hotel Budapest

Viaje al centro de Wes Anderson

The Grand Budapest Hotel
 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Título original: The Grand Budapest Hotel. Dirección y guión: Wes Anderson. Protagonistas: Ralph Fiennes, Tony Revolori, Willem Dafoe, Jude Law, Tilda Swinton, Edward Norton y Saoirse Ronan. Año 2014.

Wes Anderson se ha convertido, a lo largo de diez años y ocho películas, en uno de esos directores cuyo nombre pesa más que el de sus películas. Así, El Gran Hotel Budapest no es “esa sobre el hotel” o “esa con el elenco de la hostia”, sino “la nueva de Wes Anderson”. Este es un título que conlleva no sólo el poder de atraer a la sala a miles de espectadores que ni saben de qué va la película, sino también la responsabilidad que esta confianza a ciegas implica: la de traerles historia tras historia y que ninguna decepcione. Nadie es perfecto y, casi estadísticamente, es de esperar que algún día Wes falle. Hoy no es ese día.

El Gran Hotel Budapest es un caso curioso en la filmografía de este gran director, si tan sólo porque es una de las películas en las que mejor se ve representado su estilo, y a la vez aquella que varía en gran medida de todas las anteriores. Esta vez, Wes nos trae una historia ambientada entre guerras y situada en Zubrowka, un país ficticio de Europa del Este en la época en la que lo soviético era la norma en esa región del mapa. Es interesante también la suerte de boca en boca que se da antes de que conozcamos la historia principal de la película: un escritor en 1985 nos contará la historia que, en 1968, le hará llegar Zero Moustafa quien, a su vez, relatará los hechos ocurridos desde 1932. Por aquella época, era Monsieur Gustave H. el conserje del famoso hotel Budapest, y Zero apenas un chico del vestíbulo. Sin embargo, el vínculo entre ellos pronto se fortalece, y tanto la coyuntura de la época como las excéntricas historias de los huéspedes del hotel los obligarán a vivir todo tipo de aventuras.

Ahora bien, por un lado, El Gran Hotel Budapest cuenta con todos los elementos que aprendimos a esperar de una película de Wes Anderson. La dirección de fotografía, a cargo de Robert D. Yeoman es, como de costumbre, simplemente perfecta; da la sensación de que, aunque quisiera, esta dupla simplemente no podría hacer un plano feo. Nos encontramos nuevamente frente a una película lisa y llanamente bella, cuya paleta de colores hará que todo espectador considere seriamente financiar las investigaciones pertinentes para crear un par de anteojos que hagan que la vida real luzca así de hermosa. La obsesión con la simetría que caracteriza a las películas de Anderson dice presente una vez más, y cobra aquí un sentido nuevo y destacable, dado que enfatiza la belleza y perfección del hotel. El elenco, liderado por un Ralph Fiennes que se luce en todo momento, es realmente fantástico, y la música cuadra a la perfección con la historia. Todos los engranajes de esta máquina funcionan, pero son engranajes que Wes Anderson ha sabido poner en funcionamiento película tras películas. Es la pieza de la historia la que se diferencia y, por lo tanto, la que vale la pena destacar.

Y es que la trama de El Gran Hotel Budapest es en realidad mucho más dinámica, en el sentido más tradicional de la palabra, que el resto de la filmografía de su director. En este punto cabe destacar escenas como la de la persecución en ski, donde el uso de cámara subjetiva nos hace sentir, aunque sea por un segundo, que estamos dentro del videojuego más indie jamás producido. Es cierto que películas como Vida acuática y Viaje a Darjeeling giran en torno a grandes travesías, y que viajes como aquellos parecerían ser el epítome de lo dinámico. Sin embargo, en esos casos los viajes son meras excusas para llevar al espectador a un viaje al centro de los personajes; el objetivo allí no es retratar a las travesías en sí, sino que éstas sirvan para retratar a los protagonistas. Aquí yace el quid de la cuestión, el elemento que hace distinto a este nuevo film de Wes Anderson.

Mientras en sus otras películas la historia se mueve para el desarrollo de los personajes, aquí los personajes se mueven para la historia, porque la misma los lleva a lugares impensados y a vivir todo tipo de aventuras alocadas. Esto, a su vez, le brinda un elemento un tanto infantil a la historia, una de las pocas de Anderson donde no encontramos niños o adolescentes. Aquí, el elemento infantil vendrá de la mano de las hazañas épicas por las que pasarán Gustav y Zero; a veces, sus aventuras parecen más un juego de niños que los eventos que trascurren en Un reino bajo la luna, donde sus pequeños protagonistas se toman todo con una seriedad de adultos. La cualidad de El gran hotel Budapest de “cuento para leerles a los niños antes de irse a dormir” se verá resaltada por el hecho de que este es, de hecho, un relato que nos cuenta un tercero dentro de la misma película. Así, Wes Anderson se las arregla no sólo para contar esta historia con la frescura y honestidad que sólo puede conseguirse a través de una mirada tierna más aniñada, sino también para ponernos a nosotros en el lugar de aquel niño que se aferra a su butaca y escucha fascinado.

Claro que, además del relato de estas aventuras, el desarrollo de personajes también está, por lo cual podemos decir que nos encontramos frente a una de las películas más completas de Wes (aunque no haya tiempo para desarrollar tantos personajes como ocurre, por ejemplo, en Los excéntricos Tenenbaums). M. Gustav es un protagonista fascinante, y sus intercambios con Zero son de lo más adorablemente torpe que Wes nos ha brindado, lo cual es mucho decir. Así, nos encontramos con que aunque la operación realizada sea un tanto distinta a la de la ecuación que tan bien conocemos, donde las circunstancias están siempre al servicio de los personajes, el resultado es el mismo: nos encontramos, nuevamente, ante una historia tan exageradamente simétrica y con personajes tan ridículamente excéntricos que termina siendo sumamente honesta. Este guionista ha logrado una y otra vez escribir personajes raros con tal destreza que nunca ha caído en el estereotipo del raro que tan bien conocemos y del que tan harto estamos. El raro de Wes Anderson es una verdadera rareza, un protagonista tan interesante como difícil de encontrar.

Pero sea cual sea la operación que realice, lo más destacable de las películas de este muchacho es cómo en ellas logran convivir la precisión con la humanidad, la matemática del encuadre con la poesía de los personajes a los que retrata. Es curioso hablar de la producción de sus películas como una gran maquinaria cuando el producto que sale de ellas es tan cercano a la esencia de lo humano y a la naturaleza de sus interacciones, pero es tal la exactitud con la que opera que también es correcto hacerlo. En todo caso, hablemos de máquina o de emoción, de belleza o de precisión, de una cosa no cabe duda: El Gran Hotel Budapest, por el mero hecho de ser “la nueva película de Wes Anderson”, es un lugar que vale la pena visitar.

4/4/2014

www.solesdigital.com.ar

Lo más visto de Cine
The Young Karl Marx Juan Pablo Domenech xxy