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Hairspray
Musical, política y banalmente correcto
Por
Michel Emiliano Nieva
powdered1988@hotmail.com

Dirección
y coreografía: Adam Shankman. Guión:
Leslie Dixon, basado en el guión de 1998 “Hairspray” escrito
por John Waters y la obra musical de teatro de 2002 “Hairspray”. Intérpretes: John Travolta, Michelle Pfeiffer, Christopher
Walken, Amanda Bynes, James Madsen, Queen Latifah, Brittany Snow, Zac Efron,
Elijah Kelly, Allison Janney, Jerry Stiller. Duración:
117 minutos. País: Estados Unidos. Año:
2007.
Nadie
puede negar que esta adaptación libre de la obra teatral Hairspray promete convertirse, para los amantes de la comedia musical, posiblemente
en el acontecimiento cinematográfico hollywoodense del año.
Es decir, en otras palabras, la vuelta de John Travolta al género que
lo catapultó a la fama mundial.
No conforme
con eso, la dirección del director-empresario Adam Shankman- realizador
de otros booms taquilleros de dudosa calidad como Cheaper by dozen 2
o Bringing down the house- y la inclusión en el elenco de
estrellas de la talla de Michelle Pfeiffer o Cristopher Walken, vuelven a
este film ya una cita ineludible para el fanático del cine de Hollywood.
Conjuntamente a estos astros nos encontramos con que, paradoja, la protagonista
es una desconocida total: Nikki Blonsky, una debutante que ensaya su difícil
papel con cierta destreza.
El film
narra la historia, ambientada en un típico pueblo norteamericano de
los sesenta, de una gordita adolescente, Tracy Turnblad, obsesionada por un
único sueño: convertirse en estrella de “The Corny Collins
Show”. Este programa, que para el espectador local podría emparentarse
con “El club del clan”, es un show musical donde jóvenes
sensuales de ambos sexos se menean al compás del boogie-woogie bajo la siguiente consigna: “no estudiamos, no trabajamos: sólo
queremos bailar y divertirnos.”
La ingenua
jovencita se presenta a un casting de la transmisión y es rechazada
por la vil productora ejecutiva Velma Von Tussie (Michelle Pfeiffer) quien,
sin eufemismos y en el medio de entretenidas coreografías, le explica
que el canal no admite bailarinas ni “gordas” ni “feas”.
Desilusionada, Tracy descubre que detrás de su rechazo se esconde no
sólo una discriminación física sino racial, ya que los
jóvenes de color a su vez son apartados de la posibilidad de conformar
el elenco del show. Pero Tracy Turnblad no pretende rendirse, y se alía
a la comunidad afroamericana para luchar contra la injusta segregación.
En
este momento es cuando la película no sólo se vuelve absolutamente
absurda y ridícula, sino que en su superficial afán de “pregonar
ideales de igualdad y justicia”, esconde por debajo valores aún
más racistas e infames de los que pretende repudiar. En primer lugar,
la comunidad afroamericana es descripta como una masa homogénea de
sujetos que bailan despampanantemente y rezan en sus canciones de dudoso sentido:
“el chocolate, mejor cuando es negro”. Los negros por naturaleza
bailan mejor que los blancos, y sin embargo son apartados de “The Corny
Collins Show”: eso indigna a Tracy, no que los discriminen por su color.
Repetitivamente
la película alude a esta naturaleza negra dotada para el baile
en contraposición a la blanca, y en cada coreografía los afroamericanos
cantan: “el chocolate, mejor cuando es negro”. En este estereotipo
del negro vinculado a su condición primitiva, natural (en el que no
se destacan virtudes intelectuales sino físicas, y que implícitamente
afirma que si las segundas son innatamente brillantes las primeras, por contraposición,
son innatamente precarias) de excelente bailarín se ejerce un racismo
deleznable, repetido sistemáticamente durante toda la película.
Tracy
arma junto a la comunidad afro una protesta contra los directivos del show,
que exigen el mismo trato que reciben los blancos, y arman una suerte de levantamiento
revolucionario. A esta altura, sería benigno por parte del espectador
no abandonar inmediatamente la sala sin pronunciar al menos un chiflido. Durante
toda la película los afroamericanos se caracterizan como los oprimidos,
los discriminados, los más carenciados, y cuando aparentemente arman
un movimiento de lucha, no lo hacen por sus derechos sino por obtener un lugar
como bailarines en el programa. ¿Esta es la caracterización
de los movimientos rebeldes negros sesentistas que propone el director David
Shankman? ¿Qué dirían las Panteras Negras al respecto?
El film
banaliza aberrantemente los conflictos, las luchas y las conquistas de las
agrupaciones afroamericanas del siglo XX, ya que su problema no parece ser
la pobreza, la marginación, la segregación cultural o la lucha
por un lugar digno dentro de la sociedad, sino que todo se reduce al combate
por un papel en un programa de televisión. Lamentable.
En medio
de esta trama abundante en estereotipos, lugares comunes, chistes desastrosos,
alusiones sólo comprensibles para un norteamericano que vivió
los sesenta e innecesarias para una película hollywoodense que aspira
a un público mundial, lo único quizá destacable y divertido
sea la labor de John Travolta. El multifacético actor, prácticamente
irreconocible en su papel, caracteriza a Edna, la desdichada ama de casa y
madre de Tracy. Pesimista, obesa y ermitaña-no salió de su casa
en cuarenta años- es reacia en cuanto apoyar a su hija “ya que
las mujeres de talla grande no nacimos para estrellas”. Los que ansiosos
esperaban la vuelta de la genial estrella a su género por antonomasia
no se verán defraudados. Lo que sí los defraudará será
la funesta película.
14/8/07
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