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Inside Llewyn Davis

La Odisea hacia casa

 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Dirección y guión: Joel y Ethan Coen. Protagonistas: Oscar Isaac, Carey Mulligan, Justin Timberlake y John Goodman. Año 2014.

Inside Llewyn Davis cumple con la promesa que conlleva en su título: es una película que no sólo logra meterse en la interioridad del protagonista, sino que también logra que el espectador mismo interiorice las luchas internas de Llewyn. Esta historia no es más que un viaje introspectivo, un viaje al centro de un músico cuyo amor al arte es tan grande que supera a su instinto de supervivencia, y que así lo corroe poco a poco; en palabras de Charles Bukowski, “buscá lo que amás y dejá que te mate”. Es un estudio de las relaciones entre Llewyn y la gente que pasó por su vida, una observación de cómo todo lo que toca se vuelve pasajero y de cómo le es imposible formar lazos duraderos.

Por más extraña que resulte la comparación, consideremos por un segundo a Llewyn Davis –el personaje principal de Inside Llewyn Davis– y a Holly Golightly, protagonista de la famosa novela Desayuno en Tiffany’s de Truman Capote. La última película de los hermanos Coen relata la historia del músico Llewyn Davis, cuyo talento es tan grande como su falta de éxito. A pesar de que a primera vista el desgaste emocional que viste tan a flor de piel pareciera convertirlo en el antónimo de la despampanante it girl de la novela de Capote, las similitudes entre ambos abundan. Y es que la diferencia fundamental entre ellos es simplemente cómo llevan las penas que acalambran sus huesos, cómo lidian con el vacío que representa el nunca encontrar un lugar al que llamar un hogar. Holly lo lleva con ligereza (como su mismo apellido, go lightly, lo indica); Llewyn, por otro lado, lo canaliza con su guitarra y con su voz tan melancólicamente bella. Ambos son nómades empedernidos, aunque aquí sea Llewyn quien sufra más concretamente, dado que al terminar el día se encuentra una y otra vez sin un techo sobre su cabeza. Pero la similitud más clara entre estos dos personajes paradójicamente no tiene que ver directamente con ellos, sino que pasa por un elemento externo, un símbolo que los define: un gato.

En Desayuno en Tiffany’s, el gato de Holly (atigrado, al igual que el de Inside Llewyn Davis) no tiene nombre. “Pero no tengo ningún derecho a ponérselo: tendrá que esperar a ser el gato de alguien”, dice Holly. “Nos encontramos un día junto al río, pero ninguno de los dos le pertenece al otro. Él es independiente, y yo también. No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé qué aspecto tiene.”

En una historia tan humana como Inside Llewyn Davis, por otro lado, sigue siendo el gato quien resalta, si tan sólo porque representa tan bien el problema que atormenta a Llewyn a lo largo de la película. La misma comienza con él yéndose de la casa de unos amigos, quienes le permitieron pasar la noche en su hogar; al abrir la puerta, su gato se escapa. Llewyn, sin saber muy bien qué hacer, se lo lleva a su casa. En el subte, el gato se aferra a su hombro y mira a su propio reflejo escapársele a toda velocidad en la ventana del transporte. Es una de las escenas más bellas de toda la película, no sólo por la inevitable honestidad de aquella expresión de fascinación felina, sino también porque es perfectamente representativo de Llewyn.

La película no es más que la historia de su búsqueda por su identidad, por aquel lugar al que Holly quería llegar antes de poseer nada, ese lugar llamado hogar; no es más que Llewyn mirándose en un espejo que no para de moverse, buscando un reflejo que no hace más que eludirlo. El gato irá y vendrá, se perderá y se confundirá con otro gato; en un brillante guiño a la Odisea griega, se llamará Ulises (la revelación del nombre llegará más sobre el final, el cual es más que interesante). Llewyn, a su vez, seguirá tratando de definirse, tanto a partir de sus relaciones como a partir de su música, aunque nadie en la industria quiera reconocer su profesionalismo.

Es esta búsqueda de identidad tan cruda la que hace de esta una película tan honesta. Es curioso que en una historia sobre un personaje que no logra definirse lo que más resalte sea justamente la construcción de dicho personaje: todo está dicho en la falta de palabras que sufre Llewyn para decirlo. Está dicho en esa música tan dolorosamente bella que produce, esa música que duele en todos lados y a la vez inspira tanta paz. Está dicho en ese momento en el que se desnuda y se entrega completamente frente a un productor de música de Chicago, no porque haga nada particularmente vulnerable, sino porque deja todo de sí en cada nota que toca, en cada palabra que evoca. No hay nada más desgarrador que el “no veo mucha plata acá” que recibe a cambio: el descubrimiento de que su honestidad no es redituable termina de quebrar al alma de un espectador que ya, en este punto, ha empatizado completamente con Llewyn. Aquí yace el gran logro de los hermanos Coen: nadie sabe quién es exactamente el personaje que han creado (porque ni el mismo lo sabe), pero tras ver la película el espectador sabe lo que se siente ser él, y eso es más que suficiente.

Es evidente, entonces, por qué era importante destacar la comparación entre Desayuno en Tiffany’s y Inside Llewyn Davis: está claro que los hermanos Coen tomaron al felino de la novela de Capote prestado para usarlo como símbolo (en cierta medida, todo arte es plagio; la gracia está, como sucede en este caso, en saber cómo plagiar). Pero aún así, esta película prueba ser brillante en la construcción de su personaje, hermosa en su dirección y en su música y, fundamentalmente, honesta. Es justamente allí donde radica su poder para conmover: la honestidad con la que canta Llewyn puede no haberle sido suficiente para triunfar en el mundo de la música, pero la hora de filmar, definitivamente lo es para los hermanos Coen.

11/3/2014

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