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Cartas
desde Iwo Jima
Una
caricatura de Japón que no es animé
Por
Mariano
García
mariano@octubre.org.ar

La segunda
parte del “díptico anti-bélico” de Clint Eastwood
(según la calificó algún pope de la crítica cinematográfica
local), “Cartas desde Iwo Jima”, se promocionó como la
contracara de “La conquista del honor” (Flags of our Fathers,
según el título original), del mismo director.
No es
necesario hilar demasiado fino para adivinar el perfil propagandístico
de la primera entrega de Eastwood, reforzado aún más con las
heroicas imágenes (abundantes en trailers y afiches) de los soldados
norteamericanos plantando bandera en tierras del imperio del sol naciente.
Más interesante podía suponerse la pretendida “visión
japonesa” sobre la guerra; pero por desgracia, el director ofrece simplemente
la visión norteamericana sobre los japoneses. Visión, una vez
más, caricaturesca y malintencionada.
Toda ilusión
de ver algún intento de autocrítica, o de ponerse realmente
en el lugar de un pueblo destrozado por una masacre nuclear, queda descartada
desde las primeras escenas del film, situado en 1944. Allí, unos harapientos
y desmoralizados soldados japoneses cavan trincheras en las costas de la isla
de Iwo Jima. Maltratados por sus superiores (brutales e ignorantes), lo único
que desean es entregarle la isla a los norteamericanos e irse a sus casas.
No se trata de un exabrupto, pues el deseo de rendirse está presente
en los soldados durante toda la película.
No hay
honor por conquistar en el lado nipón. Sólo se ve en ellos torpeza,
atraso cultural y tecnológico, absoluta inutilidad para el combate,
fracturas en los niveles de mando, y una lista interminable de calamidades.
Apenas hay dos oficiales del ejército japonés que se destacan
del resto por su inteligencia, humanidad y valor: el General Kuribayashi y
el Baron Nishi.
Casualmente,
ambos personajes son los que están culturalmente más cercanos
a Estados Unidos. Kuribayashi (interpretado por Ken Watanabe), es un general
japonés formado en Estados Unidos, país del cual guarda hermosos
recuerdos y una gran admiración (además de una pistola Colt
45 siempre en su cintura). Por su parte, Nishi (Tsuyoshi Ihara), además
de militar es un excelente jinete, y fue su experiencia en los Juegos Olímpicos
de Los Angeles 1932 la que lo “civilizó”. La escena en
que ambos oficiales se reúnen a recordar los buenos tiempos previos
a la guerra, con una botella de wishky americano de por medio, grafica claramente
algo que recorre todo el film: la pretendida admiración de los japoneses
a todo lo que provenga de Estados Unidos, incluso durante el combate.
La devoción
por las Colt y el Jack Daniels, en el país de los sables y el sake,
es una metáfora poderosa, que se complementa con otras burlas a la
cultura japonesa. La más flagrante es la parodia a los kamikazes. Aquí
todos los soldados y superiores que entran en pánico simplemente se
suicidan en túneles subterráneos (¿cómo ratas,
Clint?). Sólo hay uno que decide causar bajas enemigas a cambio
de su vida, pero de puro torpe que es, se acuesta abrazado a minas antitanque
en un lugar por donde no pasa ni un mísero jeep. Su fallida misión
suicida provoca estúpidas risas en el público, mientras el suicidio
en las cuevas es la única salida para los demás.
Algún
soldado japonés, abrumado por la superioridad militar enemiga, predica: “a mí me enseñaron que los americanos eran salvajes
y cobardes, pero no, son valientes”. De ambos lados son asesinados
los prisioneros de guerra, pero significativamente, el protagonista del film,
Saigo, es capturado por el ejército estadounidense y tratado con todo
respeto y compasión como prisionero de guerra, imagen que cierra el
film y deja en claro quiénes son los buenos.
Es sabido
por todos que luego de la Segunda Guerra Mundial, Japón fue colonizado
militar y culturalmente por Estados Unidos. Es cierto que hoy la sociedad
nipona (sobre todo la juventud) admira acríticamente todo lo occidental,
y que poco queda de aquella cultura imperial y expansionista. Pero para que
esto ocurriera, fue necesario (entre otras cosas) dos ataques nucleares sobre
poblaciones civiles.
Un “detalle”
que oportunamente Clint Eastwood pasa por alto, ya que su cómodo recorte
de la guerra lo limita a la batalla en la isla que da nombre al film. Mientras
la paranoia de los gobiernos norteamericanos sigue situando a las amenazas
nucleares a lo largo y ancho de toda Asia, el bueno de Clint pasó
por alto que la única vez que se usaron bombas atómicas en combates,
fue a pocos kilómetros y justo al año siguiente de donde él
posó su acotada mirada.
¿Será
por la torpeza y la cobardía que se muestra del ejército japonés,
que aparentemente no hubieran sido necesarios dos ataques nucleares, para
derrotarlos definitivamente y doblegarlos hasta la actualidad? Pero ni siquiera
dos bombas atómicas son suficientes para aniquilar una cultura. Seis
años de ocupación militar (1945-1951) y cincuenta de colonialismo
cultural, hicieron de Japón lo que es hoy.
¿Colonialismo
cultural? Término para algunos anacrónico, pero seguramente
más adecuado para referirse al film “Cartas desde Iwo Jima”,
en vez de repetir con la gacetilla de prensa correspondiente que se trata
de la visión japonesa sobre la guerra.
1/2/2007
www.solesdigital.com.ar
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