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Los juegos del hambre

Distopía en clave de reality show

Los juegos del hambre
 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Dirección: Gary Ross. Guión: Gary Roos y Suzanne Collins. Protagonistas: Jennifer Lawrence, Woody Harrelson, Donald Sutherland y Stanely Tucci.

Cuenta la leyenda que Suzanne Collins, autora estadounidense, estaba tranquila en su casa haciendo zapping cuando algo llamó su atención. Un canal era el escenario de un reality show, mientras que a un click de distancia habitaban, o más bien morían, civiles y soldados en la invasión de Iraq. La cercanía de estas dos escenas muy disimiles la inspiró, las fronteras entre las imágenes se fueron esfumando y así, de un juego televisivo y un noticiero, nació “Los juegos del hambre.”

Cuenta el libro la historia de Katniss Everdeen, una muchacha de tan sólo 16 años que vive en Panem, un país ubicado donde América del Norte estuvo una vez. Luego de la rebelión contra el Capitolio en la que el décimo tercer distrito fue destruido, los líderes de Panem quieren asegurarse no sólo de que nunca vuelva a suceder algo así, sino de que el resto de los distritos tengan bien en claro que están completamente bajo su control. Es así como surgen Los juegos del hambre, una competencia anual en la que un chico y una chica, de entre 12 y 18 años, son elegidos en cada distrito como tributos para pelear en una arena elegida y controlada por el Capitolio hasta la muerte: el superviviente es el ganador, y la batalla es un show visto por todo habitante de Panem desde su televisión.

Katniss vive en el Distrito 12, uno más de los tantos que mueren de hambre mientras los líderes de Panem se regocijan en lujos que, de más está decir, son fruto del arduo trabajo de cada uno de los distritos. Cuando eligen a su hermana de 12 años como tributo, ella se ofrece para participar en los juegos en su lugar y, una vez en el Capitolio lista para comenzar el entrenamiento, se choca con un mundo de diferencias en el centro de lo que en realidad debería ser un gobierno lista para protegerla.

“Los juegos del hambre”, esta distopía en la se huele a leguas la inspiración en “1984” de Orwell, es un cambio refrescante: finalmente nos encontramos con una historia pensada para adolescentes o jóvenes adultos que es no sólo genuinamente interesante y atrapante, sino que tiene un mensaje fuerte y claro sobre la sociedad en la que vivimos, una en la que lo más importante no es enamorarse de un vampiro. La trama invita a reflexionar sobre el sistema económico en el que vivimos, cómo afecta nuestras vidas, y principalmente, nos incita a observar desde lejos a nuestra propia cultura, una tarea sumamente difícil dado que vivimos empapados de ella, y nos ahogamos sin la misma.

Esa parte de la trama está muy bien lograda en la gran pantalla. Los pequeños detalles del libro que ayudan a transmitir el mensaje están presentes también en la película. La palabra “extravagante” le queda chica a la vestimenta de los ciudadanos del Capitolio, tan chica, seguramente, como la ropa que han tenido que usar por años los habitantes de los distritos más pobres: el contraste es excelente, y dice mucho sin la necesidad de usar tantas palabras. Cuando Katniss está cenando en el Capitolio, sentada a una mesa con más comida que la que ella seguramente ha podido comer en todo un mes, se enfurece con Haymitch, el último ganador de los Juegos que el Distrito 12 ha tenido. Clava su cuchillo furiosamente entre sus dedos, a lo cual Effie, la escolta del distrito, típica habitante del Capitolio, la reta: “¡cuidado, la mesa es de caoba!” Ignoremos el hecho de que una chica de 16 años sepa usar un cuchillo con tal destreza porque ha tenido la imperante necesidad de hacerlo, o que si fallaba por unos centímetros le podría haber cortado un dedo a Haymitch: lo importante es que la mesa se arruina.

Allí yace la genialidad de Los juegos del hambre. Nos obliga a notar que aceptamos cosas que no deberíamos, y que nos preocupamos por detalles, pequeñas imágenes borrosas en el gran cuadro de sufrimiento en el que vive gran parte de la humanidad toda. Los Juegos en sí despiertan debates, porque aunque lo terrible y macrabo de los mismos es claro para todos, no resulta para nada difícil creer que tantos espectadores la mirarían con regocijo y emoción. Después de todo, no se aleja de lo que hacían los gladiadores romanos, y la “fascinación por lo abominable”, como la llamó Joseph Conrad, existe en el ser humano desde que es tal.

Lo interesante de ver la película más que de leer el libro es observar Los Juegos del hambre junto con los espectadores de los mismos: nos encontramos con que, tras criticar fuertemente a aquellos que se interesaban en la competencia, somos uno de ellos, alentando por Katniss (interpretada por una Jennifer Lawrence que no decepciona) y deseando la muerte de aquellos de los primeros distritos, quienes cuentan con más entrenamiento y por lo tanto un ego bastante más desarrollado. Además, mientras en el libro todo lo que sabemos lo conocemos a través de la voz de Katniss, Ross se las maneja para explicar el funcionamiento de los juegos a través de quienes lo organizan en el Capitolio; ver la facilidad y la tranquilidad con la que colocan trampas mortales en la arena llega como un impacto sólo presente en el celuloide.

El film aparece como un caso doblemente innovador: por un lado, la película, aunque falla en el desarrollo de la relación entre los personajes, triunfa en transmitir el mensaje social de la trama, e incluso incluye elementos ausentes en el papel. Por otro, encontramos una historia pensada para un grupo de jóvenes que, juzgando por la calidad de la mayoría de las narrativas que apuntan al mismo lector, ha sido muy subestimado. Por primera vez en mucho tiempo, parece que la suerte está de su lado.

8/4/2012

www.solesdigital.com.ar

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