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Medianoche en París

La magia del ayer

 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Medianoche en Paris

Guión y dirección: Woody Allen. Protagonistas: Owen Wilson, Rachel McAdams y Marion Cotillard. Año 2011.

Gil, un guionista que ahora quiere intentar escribir una novela, es un romántico empedernido. Está comprometido con Inez, una joven hermosa y proveniente de una familia adinerada. El problema es que no es de ella de quien él está enamorado, ni tampoco de otra mujer. Está enamorado de algo mucho más abstracto, menos tangible. Es un amor tan ferviente y apasionado que éste constituye el núcleo de la película.

Está enamorado de París, donde la pareja va de visita aprovechando que el padre de ella debe ir por negocios. Y ni siquiera del París presente, sino de la capital francesa en los ’20, aquella época en la que titanes de la literatura como Hemingway y Fitzgerald y gigantes de la pintura como Dalí y Picasso habitaban la ciudad de las luces, tratando de capturar su magia en su arte como quien quisiera fotografiar un hechizo. Incomprendido por la persona con quien eligió pasar el resto de su vida, quien no se imagina viviendo fuera de los Estados Unidos mientras él expresa una y otra vez su deseo de mudarse a París algún día, pasea por la ciudad una noche mientras su novia se va a bailar con amigos.

Perdido, se sienta a descansar. Llega la medianoche y casi instantáneamente un auto se detiene. Los pasajeros lo incitan a subirse, cosa que hace sin tener idea del viaje que le espera. Es así como Woody Allen nos inserta en París en los ’20, y como Gil viaja en el tiempo para hacerse amigo de figuras como Hemingway y los Fiztgerald, mientras Gertrude Stein lee la novela que está tratando de escribir. ¿Quién podría pedir una mejor crítica?

Es así también como Woody Allen nos lleva a su mundo de celuloide, aquel que tan fácilmente construye en cada película. Gil, interpretado por un Owen Wilson que claramente ha estudiado las actuaciones de su director, hace el papel de Woody, aquel personaje a la vez fascinado y abrumado por la vida que nunca falta en sus películas. La música es sencillamente perfecta, hermosa hasta el punto de hacerlo a uno sonreír en medio de un cine repleto.

Con el realismo mágico de “La rosa púrpura del Cairo”, el amor a una ciudad de “Manhattan” y el aire mágico europeo de “Vicky Cristina Barcelona”, Allen nos trae esta nueva joya del cine, dirección de fotografía deslumbrante de por medio. En ella, estudia un fenómeno muy cierto, aquel síndrome de la época dorada: la creencia de que todo pasado es mejor que el presente en el que nos tocó habitar. Todo se vuelve mágico con el mero paso de los años, como escribe Gil en su novela, y es así como una joven que él conoce en los ’20 quiere vivir en la Belle Epoque, en la década de 1890, mientras los de aquel período vivirían en el Renacimiento. Así, el director teje su tela de pasados y presentes para crear una red de la que será difícil escapar, incluso una vez terminada la película.

Los diálogos, como siempre, son brillantes, realistas pero a la vez poéticos. Ese es el arte de Allen: lograr que una línea sea tan creíble como hermosa, hacerlas torpes como para que se choquen unas con otras, interrumpiéndose entre sí pero a la vez fluidas, fascinantes, observadoras. Y es que las realidades de Woody son justamente eso: reales, pero no por ello menos hermosas. Porque en el fondo del pesimismo neurótico de este maestro del séptimo arte se encuentra la idea de que la vida es un arte en sí mismo. Eso es “Medianoche en París”. Por supuesto que es una oda a la ciudad de las luces, a los grandes artistas que vivieron en ella, a aquel pasado que siempre parece más sencillo y excitante que el presente, pero por sobre todas las cosas, como toda obra de Woody Allen, es una oda a la vida.

7/9/2011

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