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Oscars 2013: De cómo la Academia celebra y odia al cine
 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Para un cinéfilo, no hay evento como la entrega de los Oscars. El verdadero amante del séptimo arte usa la alfombra roja como una excusa para irse a buscar pochoclos, sus predicciones de los ganadores como cartas por las que apuesta en un casino, su conocimiento del cine para corregir a los periodistas que siempre a algún dato le erran. La celebración del cine se convierte en todo un espectáculo, similar al que rodea a los estrenos de las películas en sí. Pero al verdadero cinéfilo no le interesa el espectáculo. El verdadero cinéfilo quiere sustancia y es por eso que, por más de que todos los años marque la fecha de la entrega en el calendario y jamás se la pierda, en el fondo no hay evento que le resulte más exasperante que la entrega de los Oscars.

La lista de nominados este año ilustra a la perfección el funcionamiento de la Academia. Cuatro de las nueve nominadas son sobre historia y política estadounidense (Argo, Django sin cadenas, Lincolny La noche más oscura). Otra, La niña del sur salvaje, retrata la humilde vida de una comunidad al sur del mismo país y lo propensos que son a desastres naturales con los que no pueden lidiar. Los miserables es un épico musical sobre la épica revolución francesa donde todo se canta porque hasta los saludos son épicos. Luego, se agrega una comedia (El lado luminoso de la vida) para recordarle al mundo que, a pesar de que siempre premie con estatuillas de oro a quien los haga llorar, la Academia también aprecia los esfuerzos de quien los hace reír, por lo menos lo suficiente como para incluirlos en la lista de nominados. Finalmente, se le suma una con un adolescente hindú como protagonista (Una aventura extraordinaria) y una austriaca (Amour) para demostrar que mira más allá de su ombligo y voilà: que empiece la ceremonia.

Ahora bien, esto no quiere decir que las películas nominadas no hayan sido buenas. La cinematografía tanto de Una aventura extraordinaria como la de La niña del sur salvaje (cuya música también es excepcional) es hermosa, aunque la primera sea más obvia en este aspecto que la segunda. Argo y La noche más oscura están cargadas de adrenalina, funcionan a base de poderosos motores de suspenso, con unas cuantas situaciones límite haciendo de caballos de fuerza. El lado luminoso de la vida cuenta con grandes personajes y una Jennifer Lawrence que brilla, con un sentido del humor rápido y ácido, que corta con dulzura cliché de Hollywood sin dejar de ser dulce en la medida justa. En Los miserables encontramos actuaciones impecables y voces hermosas, y de Django sin cadenas sólo se puede decir que merece un párrafo, o más bien toda una nota, aparte.

Las nominadas son buenas, pero la realidad es que los premios son predecibles no porque resulte obvio qué película es superior a las demás, sino porque es sabido qué película es “típica de Oscar”. El grave error de la ceremonia es que ésta diferenciación exista. Al pensar en la mejor película y en la que recibirá el premio a la mejor, no deberían venir a la mente dos films distintos. Si fueran lo mismo, Un reino bajo la luna hubiera estado nominada a mejor cinematografía, que sin la necesidad de darle al público una cachetada de efectos especiales hace que uno desee vivir dentro de la imaginación de Wes Anderson, con su bella paleta cromática y sus planos simétricos. Quentin Tarantino hubiese estado nominado a mejor director, y Django sin cadenas, una película alucinante desde el principio de su trama hasta cada detalle de su dirección, pasando por su guión y su estética, se hubiera llevado la estatuilla de oro por mejor película, y no sólo por guión original.

Lincoln, una película que más allá de la gran actuación de Daniel Day Lewis no cuenta con nada que la salve de su propia densidad, no hubiera estado nominada. Los miserables no sería tan sobrevalorada: sus grandes atributos, es decir, la música, la historia y las actuaciones son crédito de los creadores del musical, de Victor Hugo y de los actores respectivamente. Nada de esto es crédito del director, quien no parece haberse esforzado mucho en trasladar el musical del escenario a la pantalla; Tom Hooper no sólo no aprovecha las ventajas que tiene el cine por sobre el teatro, como la posibilidad de jugar con los planos, sino que frecuentemente recurre a la cámara fija, es decir, a lo seguro.

Pero no. Nada de eso sucedió. Argo deja una lección sobre lo civilizado y diplomático que es el mundo occidental, así que se lleva el oro (¡sorpresa!). Los miserables es sobre el sufrimiento de la vida y lo épico del martirio, así que se lleva las buenas críticas. Un reino bajo la luna es demasiado extraña, sus personajes muy introvertidos y bizarros como para ser considerada para más de una categoría. Lincoln es sobre uno de los presidentes más amados de los Estados Unidos y está hecha por uno de los directores más queridos de la Academia. Y a Django le faltan cadenas: es demasiado valiente porque Tarantino, con la sangre lista para ser derramada en cantidades desorbitadas y la cámara lista para ser desenfundada, trabaja así. Cristoph Waltz, quien se llevó el Oscar por mejor actor secundario por su rol en Django, lo describió bien: “participamos en el viaje de un héroe, y el héroe fue, por supuesto, Quentin.” Luego, citando a su personaje el Dr. King Schultz, agregó: “Escalaste la montaña porque no le tenías miedo, mataste al dragón porque no le tenías miedo, y cruzaste a través del fuego porque valía la pena”.

Cuando de actores se trata, la Academia sí hace su trabajo. Tanto Waltz como Jennifer Lawrence, Anne Hathaway y Daniel Day Lewis merecían su Oscar. Pero dárselo no requiere valentía. Premiar modos de usar el medio y especialmente contenidos, y no sólo la interpretación de los mismos por parte del elenco, sí. Y es aquí donde entran en juego dos categorías fundamentales: las películas que merecen ganar el Oscar y las hechas para los Oscars, las que se alejan de los riesgos creativos a los que la Academia parece temer. Django sin cadenas pertenece a la primera, y era claramente la mejor de las nueve nominadas al gran premio de la noche. Argo, la que efectivamente se llevó el gran premio de la noche, a la segunda.

Resulta lógico, entonces, que el cinéfilo se enoje al ver los Oscars. La Academia no premia al cine como arte, sino a la industria cinematografía como negocio, y esa realización duele. Raras veces los planetas se alinean y películas como El artista se llevan el reconocimiento que merecen, pero la verdadera meta es que llegue el día en el que una película sobre un esclavo enloquecido cuyos disparos y patadas desafían las leyes de la lógica y la biología pueda ser considerada la mejor película del año, no sólo por su guión sino especialmente por sus desagradables pero brillantes y efectivas imágenes. Hasta entonces, los cinéfilos deberán preparar su garganta para insultar a la Academia cada febrero, pochoclos en falda y apuestas listas.

27/2/2013

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