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Una guía para los Oscars: A qué apostar y qué disfrutar

 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Vayamos al grano: los Oscars nunca nos dejarán del todo satisfechos. Sabemos que ese actor a quien le debían el premio será galardonado por ese papel que no nos convenció del todo, y esa otra película se llevará el premio mayor porque es políticamente correcta. Pero el amor al cine es más fuerte, y todos los años volvemos a enrollarnos en la adrenalina de la especulación. Cuando se acercan los Oscars, los cinéfilos nos convertimos en ludópatas testarudos; le apostamos a ese caballo que sabemos llegará último si tan sólo porque hay algo en su mirada que atrapa la nuestra. Aquí están, entonces, los contendientes de la gran noche del cine, en una suerte de guía para aquel que no sabe dónde vale la pena poner el dinero, y dónde es crucial invertir el tiempo y poner el cuerpo para dejarse golpear.

A cuáles apostar

Escándalo Americano

Los fantásticos diálogos de esta película gritan a millas de distancia el nombre de su guionista, David O’Russell. Un soundtrack perfecto y un elenco excepcional sólo le hacen eco a este grito. Estamos frente a una historia de estafadores en los setenta muy poco convencional: en este caso, es el criminal quien debe acoplarse a los planes del FBI, y pronto descubrimos que el hambre de heroísmo no conoce límites en uniformes policiales ni en el código moral a seguir que implica el usarlo. La dirección no decepciona: basta recordar la imagen de Irving y Edith bailando reflejada en un magistral techo espejado, o a la misma pareja besarse entre las camisas danzantes de una tintorería. Escándalo Americano logra, mediante personajes minuciosamente construidos, viajar en esa delgada línea que va entre la tragedia y lo ridículo, entre lo correcto y lo incorrecto; por extensión, consigue dejar al espectador bailando en un límite moral similar.

12 Años de Esclavitud

Antes de decir nada sobre esta película, cabe destacar que es la que tiene más posibilidades de ganar el premio más codiciado de la noche, si tan sólo porque premiarla es políticamente correcto (aunque American Hustle podría sorprender). Esta aclaración cobrará más sentido tras describir brevemente la trama: en 1841, Solomon Northup, un hombre negro libre, es engañado y vendido como esclavo. Basada en hechos reales, la historia es horrible. La película logra retratar muy bien la tranquilidad con la que estas atrocidades se llevaban a cabo y cómo eran moneda corriente, pero lo que en realidad hace es explotarlas. Sí, la esclavitud fue nefasta. Sí, mucha gente sufrió por mucho tiempo mientras la gran mayoría se quedaba callada. El problema es que todo eso ya lo sabemos: lo que quiere lograr 12 Años de Esclavitud ya está hecho. Más allá de algunos planos excelentes, y un gran uso de la música como un elemento tanto de intimidación por parte de los patrones como de desahogo por parte de los esclavos, esta película no presenta nada nuevo.

Las que duelen en todo el cuerpo

Ella

Es curioso como una película sobre un hombre que se enamora del sistema operativo de su computadora sea una de las más humanas de esta tanda de nominadas. Es difícil hablar de Ella porque es sencillamente perfecta: todo en ella es destacable. Con una dirección de arte bellísima que nos recuerda a Donde viven los monstruos y una idea brillante cuya audacia hace eco a ¿Quieres ser John Malkovich? (ambas del mismo director de Ella, Spike Jonze), la película logra contar la historia individual de Theodore y Samantha al tiempo que plantea preguntas tan ambiciosas como la de qué es el amor, y la de cuántas formas puede tomar el mismo. Estamos también ante un guión impecable que no es sólo dulcemente melancólico, sino que también le da un enfoque humano a la tecnología. Luego de tantas películas que aseguran que la tecnología terminará con toda socialización, parece que es Spike Jonze quien finalmente comprende que la tecnología no es más que un reflejo de quienes la crean y que, como tal, se verá marcada por aquello que más mueve al ser humano: el amor. Ella es, en resumen, una película que duele felizmente en todos lados, pero cuya valiente excentricidad le costará cualquier posibilidad de llevarse el gran premio de la noche (aunque, juzgando por esta temporada de premios, las chances de que se lleve el Oscar a Mejor Guión Original sí son altas).

Nebraska

Es realmente loable la simpleza con la que Nebraska retrata la historia de una familia de un pequeño pueblo del centro de los Estados Unidos. Después de todo, la trama en sí es bastante simple: un hombre mayor, tras recibir una carta claramente engañosa en el correo que le asegura que ganó un millón de dólares, está decidido a viajar desde Montana hasta Nebraska a coleccionar su botín. Su hijo lo acompaña, y el viaje acaba por sacar a la luz la dinámica que opera en la familia toda. Filmada en blanco y negro, todo en esta película es simple: el viejo quiere ir, entonces camina un poco cada día hasta que su hijo se decide a llevarlo en el auto. El viejo quiere la plata para comprarse una camioneta; no puede manejarla, pero la quiere y punto. Las visitas a la familia extendida camino a Nebraska revelan que sus parientes razonan bajo la misma lógica. El blanco y negro funciona entonces no sólo como un recurso que hace de la fotografía tanto más bella, sino también como una gran metáfora para la película toda. La vida de esta gente es muy simple: es sí o no, blanco o negro. Pero la simpleza que retrata Payne es desgarradora, y terminará por poner en evidencia lo complejas y hermosas que pueden ser las relaciones entre padres e hijos.

Philomena

Philomena es una película que podría haber rebalsado de odio y, sin embargo, gracias al mágico toque de su director Stephen Frears, se las arregla para rebalsar de amor. Cuenta la historia real de Philomena Lee, una mujer quien, con la ayuda del periodista Martin Sixsmith, emprende la búsqueda por su hijo, a quien tuvo que dar en adopción mientras ella permanecía atrapada en un convento de monjas. Philomena es un personaje bastante ignorante; como Martin tan bien lo explica, es la viva imagen de “lo que produce una vida de consumir Reader’s digest y novelas románticas malas”. Y sin embargo, es esa simpleza la que le permite perdonar a quienes le quitaron a su hijo en vez de vivir intoxicada por el rencor, y es también un atributo muy propio de Frears como director. Es curioso que su obra se sienta tan pulida y meticulosamente planeada, y a la vez provenga tan directamente de las entrañas. Ya lo vimos en La Reina: su escena más bella es aquella en la que Isabel II se deja deslumbrar por un ciervo, y lo ahuyenta para que no sea cazado. Porque eso hace Frears: toma historias que podrían fácilmente caer en lo político o en lo épico de las grandes luchas sociales y cuenta el detalle, la intimidad de un personaje; es allí donde yace su riqueza como director.

Las que “están bien”

El Lobo de Wall Street

La historia real de Jordan Belfort,  el accionista de Wall Street que se involucró en todo tipo de actividades delictivas (abuso de sustancias, corrupción y frecuentar con muchas prostitutas), es una elección audaz para una trama. Si la película es excesiva en su retrato de todo lo referido a la vida en Wall Street es porque la vida en Wall Street es excesiva: el punto es, justamente, mostrar cómo realmente opera el 1% más rico del mundo. Hacer de ella una comedia es, también, una decisión acertada. Después de todo, Belfort siempre se tomó a risas todo crimen que se atrevió a cometer. Aunque le sobre una hora a esta película, que pronto se vuelve demasiado repetitiva (en serio, son muchas las escenas con prostitutas), el guión está repleto de ingeniosos intercambios. El aspecto más interesante de esta película es, sin embargo, que es un arma de doble filo. Habrá aquellos que entiendan que aunque la historia no sea tan terrible como para hacer llorar el trasfondo real de la vida en Wall Street que refleja debería ser suficiente como para no reír. Pero también están aquellos que la amarán por todos los motivos equivocados; es decir, por glorificar la vida de Jordan Belfort y tomarlo como un ejemplo de vida. El Lobo de Wall Street es lo suficientemente buena, sin embargo, como para que valga la pena correr ese riesgo.

El Club de los Desahuciados

El punto fuerte de El Club de los Desahuciados es, sin lugar a dudas, su elenco: no por nada Matthew McConaughey y Jared Leto arrasaron esta temporada de premios; probablemente, cada uno tendrá su propio Oscar tras la ceremonia del domingo. Pero la película es más que la suma de sus actores. Basada en la historia real de Ron Woodroof, aquel tejano homofóbico a quien le diagnostican SIDA en los 80s, la película logra retratar la avaricia y el cruel pragmatismo que mueve a las farmacéuticas (un tema no tan explorado en narrativas sobre epidemias como esta). Los personajes están muy bien construidos; son silencios, (Rayon, por ejemplo, es un travesti que escapa fabulosamente los estereotipos) pero eficaces. A pesar de que no sobresalga por su dirección ni por su dirección de arte, El Club de los Desahuciados es tan poco pulida como la historia de un redneck lo requiere. Después de todo, para demostrar la profundidad del personaje y para generar empatía en el espectador no se necesitan más que pequeñas escenas, como aquella en el supermercado en la cual Ron demanda que se la respete a Rayon, o aquella donde Rayon le habla a dios mientras se cambia en el espejo. Es en las pequeñas cosas, entonces, donde El Club de los Desahuciados prueba ser una gran película, aunque de a momentos sea más densa que impactante.

Las intrusas

Gravedad

Pensar en Gravedad me lleva inmediatamente a pensar en Chicago. No porque considere que la película de Alfonso Cuarón esté al nivel del fantástico musical de Rob Marshall, sino porque hay una escena en particular que define a la perfección el problema de esta película: la del número musical “Razzle Dazzle”, donde Richard Gere insta a su cliente a que exagere su historia para conseguir la simpatía del jurado. El concepto aquí es el mismo: la idea es hacer de una historia un show ostentoso para ocultar las fallas esenciales de la misma. En este sentido, Gravedad es una película que esconde su pobreza narrativa detrás de sus excelentes cualidades técnicas. Es imposible negar que la dirección genera eficazmente la sensación de estar en el espacio, o que sus efectos especiales alucinan al espectador, pero la realidad es que eso es todo lo que tiene a su favor. El desarrollo de personaje es nulo, y la historia de cómo la astronauta Ryan Stone debe arreglárselas sola en el espacio es empleada sólo para generar ansiedad. Lo logra, pero es lo único que logra; quien la mira pronto se preguntará por qué se preocupó tanto por un personaje que ni llegó a conocer en primer lugar. Lo curioso es la ironía que esto significa porque Gravedad, una película ambientada en el espacio, es tan cliché y poco profunda que no logra descolocar al espectador ni un pelo más allá de su butaca.

Capitán Phillips

Para una película que relata la épica historia del secuestro del Capitán Phillips por parte de piratas somalíes, Capitán Phillips no es demasiado épica ni. La intensidad detrás de esta historia está bien lograda, y la dirección es eficaz: logra mantener al espectador al borde de su asiento. Pero más allá de eso, la realidad es que no hay mucho más que destacar. Y es que la sensación es que su director, Paul Greengrass, se perdió en el espectáculo y se olvidó del corazón. Allí estaba, frente a una historia sobre el choque de dos culturas, sobre cómo “el sueño americano” tiene el poder para enamorar a piratas en África, sobre lo curioso e injusto que es que sigan existiendo piratas no en la forma de hombres disfrazados para Halloween o adolescentes descargando películas ilegales, sino de jóvenes somalíes para quienes esta actividad delictiva representa su única salida laboral. Pero Greengrass eligió el big bang de la batalla diplomática por sobre el humanismo que de ella germinó; una verdadera lástima cuando se trata de una historia real que contaba con este elemento.

27/2/2014

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