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Las
reglas de la seducción
Comedia romántica inocua y pretenciosa
Por
Carla Masmun

Título
original: “Laws of attraction”, Estados Unidos, 2004. Presentada
por New Line Cinema. Dirección: Peter Howitt. Intérpretes:
Julianne Moore, Pierce Brosnan, Michael Sheen, Parker Posey, Frances Fisher,
Nora Dunn, Heather Ann Nurnberg, Johnny Myers, Mike Doyle. Duración:
87 min
Otra comedia
romántica norteamericana. En este caso, Audrey Woods (Julianne Moore),
abogada de divorcios, se enfrenta a Daniel Rafferty (Pierce Brosnan), que
se convierte en su principal contendiente. Ambos son igualmente exitosos,
inteligentes y las Leyes de la atracción (título en inglés)
se ponen en marcha.
Con la
línea argumental simple de la comedia romántica “chica
conoce chico” el cine norteamericano ha atravesado más de setenta
años. Y ciertamente, “Las reglas de la seducción”
adopta lugares comunes propios del género. Uno de ellos, en el nivel
de la enunciación, es el uso de la música. Su función
de acompañamiento de la historia es evidente en la ilustración
de los estados de ánimo durante las dos secuencias madurativas que
muestran a los personajes primero juntos y felices, y luego separados. Excluyendo
estas dos oportunidades, la música pasa por completo desapercibida.
El tema
de la guerra de los sexos es otro de esos tópicos, que suele resolverse
con la conciliación de las diferencias entre los personajes gracias
al amor. La película intenta inscribirse como perteneciente al género,
entre films como “Ayuno de amor” (Howard Hawks, 1940), o “La
costilla de Adán” (George Cukor, 1949), donde Katherine Hepburn
y Spencer Tracy interpretaban a una pareja de abogados que se enfrenta. Sin
embargo, en “Las reglas de la seducción” esta resolución
no es tan clara. Obviamente hay final feliz. Pero la exacerbación del
estereotipo pesa de un modo particular.
Daniel
tiene dos defectos: es desprolijo y, en el enfrentamiento con Audrey, se sirve
de medios no santos para ganar sus juicios. El primero lo resuelve con una
corbata nueva (claro, es Pierce Brosnan). El segundo es producto de la inteligencia
y pericia con que Audrey trabaja, es decir, es culpa de ella. El personaje
de Audrey, en cambio, presenta algunos defectos más: es soberbia, glotona,
reprimida, dependiente de su madre, histérica y racista. Frente a algunos
de sus trabajos anteriores como “Lejos del paraíso” (Todd
Haynes, 2002) o “Las horas” (Stephen Daldry, 2002), donde Julianne
Moore jugaba con la emoción contenida para transmitir el desasosiego,
esta Audrey es totalmente plana. No era para menos, ya que el personaje está
plagado de estereotipos. Representa (casi) todo lo malo, convirtiéndose
en un ser despreciable. Por suerte para ella, sus problemas terminarán
cuando logre unirse al esperado Príncipe Azul. Es decir, si bien en
el trabajo la relación supone un grado de igualdad, Daniel está
moralmente por encima de Audrey. Él repara sus fallas, ella nunca podrá
hacerlo.
Esta
simplificación extrema de los caracteres está acompañada
por otro lugar común, el viaje. Desde Nueva York, la gran ciudad civilizada
que se presenta durante los títulos, los personajes parten hacia Dublín.
Aquí se produce una nueva simplificación. Irlanda es presentada
como un lugar pintoresco que alberga hombres y mujeres holgazanes, borrachos
y estúpidos creyentes de leyendas. Incluso el catolicismo se vincula
con algo primitivo y falso, como sugiere el descubrimiento de los personajes
cerca del final del film. Curiosamente, la guionista Aline Brosh McKenna elige
un país que en la actualidad tiene uno de los mayores niveles de crecimiento
económico de toda Europa, para mostrar el campo, un castillo y una
fiesta popular. Sólo falta que aparezca un duende.
Este
derrotero sigue con los clásicos gags corporales, efectivos en Julianne
Moore, y los presumidamente inteligentes chistes verbales. Es decir, elementos
que encontramos en cualquier comedia televisiva y que podemos, incluso relacionar
temáticamente: en Ally McBeal también hay abogados exitosos
que no pueden resolver sus vidas afectivas... pero lo cierto es que, dos capítulos
de esta serie ofrecen una mayor riqueza de análisis en tanto parte
de esos lugares comunes usados en “Las reglas de la seducción”
para subvertirlos en el desarrollo.
En síntesis,
en este film encontramos poco más que pretensiones, y a pesar de contar
con el oficio de los actores, no es graciosa, ni sofisticada, ni cálida.
De hecho, en el retrato que Peter Howitt y Aline Brosh McKenna hacen de otras
comunidades (Irlanda, el barrio chino de Nueva York) y de la mujer (el otro
personaje femenino es la madre de Audrey, dedicada a parecer más joven
cada día), evidencia una mirada más que sospechosa. Por suerte,
no aparecen ni latinos ni musulmanes. El film es, nada menos que otro auténtico
producto del Hollywood actual. Hawks, Wilder y Cukor descansen en paz.
3/9/2004
www.solesdigital.com.ar
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