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Un reino bajo la luna, de Wes Anderson

Esa extraña manera de ser realista

 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Un reino bajo la luna

Al buscar información sobre la nueva película de Wes Anderson, Un reino bajo la luna, en IMDb, las sugerencias como películas similares que da el buscador son un tanto extrañas. Van desde Belleza Americana hasta Gran Torino, con todo el espectro de géneros que hay comprendido entre ellos, y más. Pero cuando de Wes Anderson se trata, no se puede culpar a un simple sitio de internet por encontrar dificultades para extraer la esencia de sus bizarras obras de arte.

Un reino bajo la luna relata la historia de una pareja aventurera, intrépida, dispuesta a superar cuanto obstáculo se le cruce por su camino para proteger el amor que los une. Sam escapa para encontrarla. Suzy escapa para encontrarlo. Huyen. Sus familias y amigos los buscan. Todo parecería funcionar con normalidad en el reino hollywoodense que da a luz a films como este, pero así no es como cocina Wes. Para que su nueva película sea realmente suya, hace falta agregarle varios elementos un tanto extraños, o por lo menos poco convencionales. Los amantes tienen 12 años y son los púberes más socialmente torpes e inadaptados del condado. La familia de ella es tan disfuncional que la madre usa un megáfono dentro de la casa para hacerles anuncios a sus hijos; como, por ejemplo, que la cena está servida. La familia de él es nula, y sus amigos son un grupo de boy scouts dirigidos por un hombre adulto que se toma su trabajo tan en serio que es un tanto perturbador. Cuando la flameante pareja se besa, ella le da permiso para tocarle los pechos, y le informa que deberían crecer pronto. Ahora sí. Un poco de especies de sabor raro, un colorante bien definido y la película está servida.

Ahora bien, es muy fácil referirse no sólo a Un reino bajo la luna sino a toda la filmografía de Wes Anderson como extraña. En cierto modo, lo es. Pero para asegurarnos de que eso sea cierto, primero debemos definir qué entendemos por normal. En realidad, llamamos a estas películas bizarras o poco convencionales porque los diálogos son aquellas simples ideas que todos tenemos pero que no nos atrevemos a decir, porque los personajes son más bien solitarios y un tanto excéntricos, para pedirle un término prestado a la familia Tenenbaum, porque las relaciones familiares son disfuncionales. Todos estos elementos, sin embargo, son un tanto familiares.

El problema es que no los conocemos de la gran pantalla, sino del día a día. Y es que Wes Anderson se posiciona cómodamente en lo incómodo, en el camino entre lo trágico y lo cómico, entre la penetrante mirada de Suzy que mira con microscopio al espectador seria, y lo adorable que resulta que a ese primer plano le siga uno de Sam, y que eso signifique que entre ambos pares de ojos incapacitados para captar al mundo que los rodea como se les exige, haya entendimiento, amor. Pero es en esos grises, y no en el negro de “chico conoce chica y se odian” o en el blanco de “hacen las paces y viven felices para siempre” donde la vida se desarrolla. Detrás de un guión limpio y honesto, al cual los maravillosos actores le hacen justicia una y otra vez a lo largo de la película, se esconde un complejo trabajo para que la historia se vea simple. Y el trabajo está bien hecho.

Está casi de más mencionar los típicos aciertos cinematográficos: los actores son perfectos, Edward Norton brilla en su gran representación de un personaje un tanto falto de brillo. Los niños, al mejor estilo de la narrativa de J.D. Salinger, realmente le hacen justicia a la idea de que son ellos quienes comprenden el mundo y su funcionamiento, y no los adultos, cuya mirada ha sido contaminada por demasiada trayectoria de vida. La música no sólo es buena, sino que es completamente coherente con la historia como un todo. La película funciona como una unidad, donde cada parte es igual de disfrutable tal como la orquesta que Suzy escucha, en la cual cada instrumento suena por separado para luego escuchar la obra de arte que realizan juntos. La estética es inexplicablemente bella; los planos son prolijos, los colores consistentes y hermosos. Lo único criticable en este último punto es lo depresivo que resulta salir de la sala y encontrarse con que la vida real no cuenta con esa alucinante paleta de colores.

Y, sin embargo, lo que se desarrolla en la sala también es vida real. Aquí está el quid de la cuestión. Resulta curioso que un director cuyas películas son tildadas como extrañas logre retratar la realidad tan bien. En las películas de Wes, siempre estamos en un reino como aquel encantado por la luz de la luna, un lugar terrenal y creíble pero a la vez mágico  y paradójicamente como de otro mundo.

Vladimir Nabokov sabiamente sugirió que la palabra “realidad” debería ser siempre escrita entre comillas. Wes Anderson logra algo tan extraño como maravilloso con este concepto: al respetar las comillas que inevitablemente lo rodean, busca formas poco convencionales para retratarlo y, así, logra capturar gran parte de su esencia con mucha exactitud. Consciente de lo inalcanzable de la realidad, logra no sólo alcanzarla, sino plasmarla en la pantalla para que todos la podamos comprender.

5/11/2012

www.solesdigital.com.ar

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