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Amor exagerado y quilombo tano
 
Por Verónica Stewart
@verostewart

Título: A Roma con amor. Guión y dirección: Woody Allen. Protagonistas: Woody Allen, Penélope Cruz, Alec Baldwin, Jesse Eisenberg y Ellen Page. Año 2012.       

A Roma, con amor es una película caleidoscópica, una comedia que cuenta con varias historias que contar. Es, nada más ni nada menos, que una película sobre el amor. Parece una obviedad y hasta una estupidez describirla así, pero en el mundo de Hollywood, donde el amor está casi exclusivamente definido por la fórmula “chico conoce a chica”, aquel film que logre retratarlo con todas sus complicaciones y variables a despejar, inevitablemente se destacará del montón.

En el plano más literal, se complica resumir la trama sin revelar demasiado. El enorme tejido de celuloide que es la totalidad del film está hecho de distintas telas y distintos modos de hilarlas: es esta variedad de historias la que lo hace rico, hilarante y, hay que admitir, un tanto desordenado. La película cuenta con un poco de todo: un hombre que de la noche a la mañana es famoso y sobre quien reportan cosas como qué desayuno esa mañana. Un joven que se ve complicado cuando se enamora de la amiga de su novia y, además, es acechado por la versión suya del futuro que se las sabe todas, y no puede evitar advertirle sobre la trampa en la que está cayendo. Desde un hombre que debe fingir que una prostituta es su mujer hasta otro con una voz maravillosa que sólo puede lucir en la ducha, Roma se presta como escenario para todo tipo de situaciones.

Ahora bien, no hay mucho más que destacar en cuanto a la historia se refiere. En este aspecto, es simplemente una comedia con un gran guión y, no podemos ignorarlo, una astuta e incisiva crítica al tipo de persona que como sociedad admiramos y al fanatismo que acompaña al mito de ese personaje: no es casual que, mientras el ahora famoso Leopoldo huye de los paparazzis, se tope con un grupo de obispos y curas cargando con la imagen de su Dios. Allen retrata así, en una breve pero elocuente escena, lo mucho que tienen en común los tiempos medievales en los que la religión era lo único que mandaba con la sociedad del siglo XXI, que se jacta de ser moderna y progresista pero que sólo cambió de deidad por cualquiera mejor vestida y con un poco más de swing.

Queda claro, entonces, que con el maestro de la neurosis urbana, “simplemente” no es una palabra aplicable. Y es que el amor que decide retratar el neoyorquino abarca un espectro tan amplio como el de las historias a través de las cuales lo retrata. Está la obsesión, el amor por la fama, el amor por los que ostentan esa fama, el amor tan puro y virginal que resulta insatisfactorio, el amor joven visto con los nostálgicos ojos de un adulto, el amor al arte en sus formas más extravagantes.

Pero el ganador es definitivamente el exagerado, el ridículo, un ridículo que sólo en una película de un verdadero genio del séptimo arte puede funcionar. Exagerado como el circo mediático que recibe el repentina e inexplicablemente célebre Leopoldo, cuya rutina de afeitado se convierte en un acto único digno de ser visto en vivo. Exagerado e incluso ridículo como el hecho de que un actor que parece más bien parte de la mafia italiana, o simplemente un gran fanático de la pizza, sea un sex symbol. Exagerado y bizarro como la producción de de  una ópera que realiza el personaje del mismo Allen donde el elenco está disfrazado de ratas de laboratorio. Y, en última instancia, exagerado como Roma.

Es aquí donde yace la gema de la película. Woody Allen logra utilizar aquella lente cuasi mágica que porta para colarse entre el cemento y la cultura de Roma, para poner en escena su verdadera esencia. Bicho de ciudad por excelencia, muta rápidamente de un escenario urbano a otro para relatar la historia que los edificios le cuentan. En Roma, no había otra manera para retratar el amor que a lo italiano: con humor, algún que otro grito, desorden, caos, exageración. Todas estas cualidades, que resultarían en un film desprolijo, en las manos de Allen consiguen acoplarse hasta formar esta desopilante comedia. Ciertamente no es de las mejores películas del legendario director. Algunas de las historias son bastante olvidables, otras son sencillamente brillantes. Pero, a su propio modo, todas funcionan dentro del microcosmos romano que el cineasta claramente ha logrado captar.

La película comienza con un pequeño monólogo de un director de tráfico, quien le habla al público y lo introduce al film. Mientras lo hace, se escucha un estruendoso choque, al que él responde sólo con un grito de desaprobación. Es así también como dirige Allen: queriéndonos contar distintas historias, con sus choques y líos, especialmente por sus choques y líos. Mientras que Barcelona vivió un apasionante y sencillamente brillante relato de un triángulo amoroso, y París recordó la hermosa época dorada que fue la década de 1920, Roma no se quedó atrás, y ahora cuenta con una fiel representación del mejor quilombo tano, al estilo de Woody Allen.

28/6/2012

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