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“Séptimo”: Escalera al infierno
 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Dirección: Patxi Amezcua. Guión: Patxi Amezcua, Alejo Flah. Protagonistas: Ricardo Darín y Belén Rueda. Año 2013

En su película más reciente, “Séptimo”, Ricardo Darín interpreta a un abogado y padre en vías de ser soltero, que descenderá hasta el séptimo círculo de un infierno dantesco, rodeado de violentos, homicidas, tiranos y bandidos.

Sebastián, el personaje principal del largometraje, es un típico porteño. Como tal, vive apurado y con mil quilombos: es un abogado de alto calibre que se encuentra en medio de un caso altamente mediático y complejo. Se está divorciando de su mujer, la española Delia interpretada por Belén Rueda, quien quiere volver a Madrid con sus dos hijos. Su hermana lo llama frecuentemente porque le tiene miedo a su ex, un hombre violento y poco contento de encontrarse, repentinamente, solo.

Muchos enemigos acechan, pero esta mañana parece tranquila, rutinaria. Sebastián debe llevar a los hijos al colegio y baja por el ascensor desde el séptimo piso, mientras ellos bajan por la escalera en un juego por ver quién llega primero a la planta baja. El padre es quien gana, pero su triunfo trae consigo una pérdida desesperante: inexplicablemente, no puede encontrar a sus hijos.

La película adquiere, entonces, el suspenso que la glorifica: si hay algo indiscutible sobre este film es que le hace honor al género al que pertenece. Cuando parece que todo ha sido hecho en materia de secuestros de niños, aparece esta premisa bastante original porque esta vez no hay nada que reclamarle al padre. Sebastián repite una y otra vez “no entiendo qué paso”, y la realidad es que el espectador tampoco. Y allí está la adrenalina, allí yace el excitante masoquismo que es ver el film: por la próxima hora y media, la audiencia lo acompañará a Sebastián no sólo por cada piso y departamento del edificio, sino también por varias etapas de enojo y desesperación. Porque él no es un épico Liam Nesson que le jura la muerte al secuestrador de su hija y tras dos horas de tiros y explosiones logra su cometido. Es un tipo común y corriente, que perdió a sus hijos, que pasará de buscar ayuda en todos sus vecinos a sospechar de cada uno de ellos, de llorar en el hombro de quien encuentre a querer pegarle a todo lo que se le cruce. Envuelto en las llamas de violencia sutil que un secuestro genera, donde el daño es invisible pero inescapable, Sebastián se une al infierno de los violentos, y llegará a extremos impensados para recuperar a sus hijos. Y aún así, cada uno de sus desprolijos pasos parece completamente lógico, porque la lente hace una excelente labor como ojo de Sebastián. El espectador ve lo que él ve, sabe lo que él sabe, y se enviolenta cuando él lo hace; su reacción es tan visceral como la del personaje.

Lograr generar este tipo de empatía con el personaje principal se debe no sólo a una gran construcción de personaje. Para empezar, los lugares en los que transcurren las escenas, (tanto el edificio como la ciudad de Buenos Aires), son laberínticos y desesperantes, pero están retratados con el perfecto equilibro entre familiaridad y confusión, como para recordarle al espectador que en este momento no entiende nada porque Sebastián tampoco lo hace, pero que él también podría ser un Sebastián. La dirección, con incontables escenas filmadas con cámara en mano, lo lleva más allá: le dice a la audiencia “no sólo podrían ser Sebastián, sino que ahora, mientras estén bajo el control de mi cámara, lo son”. Todos estos elementos sumados a una gran actuación de Ricardo Darín (que hace el mismo papel una y otra vez, pero es un papel que indudablemente le calza bien) y de Belén Rueda, sensación ibérica desde su actuación en “El orfanato”, hacen que “Séptimo” sea un thriller digno de verse en la gran pantalla.

Sin embargo, la película tiene ciertas fallas, algunas que deberán descubrirse y pensarse a medida que avance la trama, y otras que son obvias desde un principio. Básicamente, el film cuenta con una pésima dirección de actores. Se entiende que los niños no tienen un papel protagónico, que su rol es ser simplemente el motor que pone en marcha el resto de la narrativa, pero eso no justifica el descuidar su actuación. Estos dos niños, de no más de diez años han sido secuestrados, y su reacción es “estamos bien papá, no llores”, línea dicha desapasionadamente y con la misma cara de nada que portan por todo el film. Esto también es un descuido del guión: nadie se preocupó por desarrollar demasiado a quienes sólo servirían para iniciar la verdadera acción. Pero esto le quita verosimilitud al film, y es un error de vagancia que le quita calidad a un buen thriller. El espectador se compadece por Sebastián, pero no siente nada por sus hijos porque sus hijos no sienten nada. Puede que su actuación sea periférica a la trama, pero en la producción meticulosa de una película nada puede ser periférico a la misma.

Finalmente, hay cierta falta de confianza en el espectador notable en momentos en los que tanto Sebastián como Delia, a través del diálogo y de ciertas acciones, son redundantes y obvios. Le hacen notar al espectador que le están hablando a él, y el espectador no quiere esto: se adentra en la sala para adentrarse en la cabeza de Sebastián, no para ser recordado que está viendo su historia desde afuera.

Pero más allá de sus fallas, “Séptimo” es una película que vale la pena no sólo ver, sino sufrir. Con una dirección y unas actuaciones protagónicas muy buenas, la trama anda con tal intensidad que arrolla. Por una hora y media, uno puede darse el lujo de jugar a ser detective, incluso atado a los nervios y a la desesperación que esto significa.

16/9/2013

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