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Tan fuerte y tan cerca

Solitaria aventura en Nueva York

 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Dirección: Stephen Daldry. Guión: Eric Roth; Johanthan Safran Foer (libro). Protagonistas: Thomas Horn, Tom Hanks y Sandra Bullock.

Los cinéfilos suelen ser también ávidos lectores, o fanáticos de cómics o de programas televisivos. Y es que el verdadero amante del séptimo arte es quien no sólo ama el modo en el que el cine permite contar una historia, sino el hecho inicial de que haya una historia que contar. Es por eso que pocas cosas se comparan con la emoción de un libro preferido llevado a la gran pantalla. Aunque suele ser, en realidad, una expectativa agridulce, porque la belleza del lenguaje escrito es que puede expresar cosas que no pueden hacerse concretas en imágenes.

Pero “Tan fuerte y tan cerca” no decepciona. Basada en la novela de Jonathan Safran Foer, (su título en inglés es “Extremely loud and incredibly close”), la película cuenta la historia de Oskar Schell, un niño de apenas nueve años que pierde a su padre el 11 de septiembre. Con él pierde a su mejor amigo, a quien lo mandaba en las más grandes aventuras por todo Nueva York, al ingeniero de las misiones por la Gran Manzana que marcaron su infancia. Todas estaban pensadas para que tuviera que hablar con todo aquel con quién se cruzara, tarea que le cuesta a Oskar, cuyos rasgos autistas lo hacen un poco socialmente inadaptado. Por eso, cuando un año luego de la muerte de su padre, el pequeño encuentra una llave dentro de un jarrón, en un sobre donde se lee “Black”, está seguro de que está intencionada para él, para llevarlo en una última gran búsqueda por Nueva York.

Es así como Oskar abre la puerta del mundo real, de la gran ciudad, una que se le viene encima por ser, como Robert Levin de The Atlantic la describió, “imposiblemente enorme pero microscópicamente pequeña”, de dimensiones irreales pero contenedoras de gente real, de cientos de neoyorquinos con apellido “Black” en cuyas vidas Oskar logra dejar aunque sea una pequeña huella.

Pero Oskar le teme a muchas cosas, a los edificios altos, a los aviones, al transporte público, a los puentes, a todo lo que sea un blanco fácil. Sólo el sonido de su pandereta lo tranquiliza, la cual lleva a todos lados y la cual lo hace una suerte de muñeco a cuerda sonoro, siempre andando, siempre sonando, negándose a darse por vencido aún cuando parece que la búsqueda es fútil.

El personaje de Oskar está dolorosamente bien construido. En su tarjeta, la cual le entrega a quien conozca, se define como un inventor, un joyero (como su padre), antropólogo, pacifista, entre muchas otras cosas. Ya antes de la muerte de su padre, es un niño increíblemente maduro y curioso. Luego de “el peor día”, como él lo llama, se ve obligado a crecer aún más, a manejar emociones que ni siquiera los adultos pueden digerir fácilmente, a erguirse en alto cuando su padre se desplomó con el edificio.

Él y su padre eran un dúo y, tal como las Torres Gemelas, cuando cae uno, cae el otro. Oskar ve las noticias en la televisión mientras escucha los mensajes de su padre, su desesperación palpable, y cae al suelo al ver las imágenes de Nueva York ardiendo en llamas. La búsqueda del cerrojo es, entonces, en realidad la búsqueda de su padre, de mantenerlo vivo, de extender su tiempo con él, tal como él mismo explica. Y su sensibilidad, el modo en el que siente todo lo que le sucede a flor de piel, se transmite a través de la pantalla gracias a la extraordinaria actuación del pequeño Thomas Horn.

Ahora bien, en lo que a la historia se refiere, el mérito le corresponde al autor del libro, sin el cual la película no existiría. Pero, a fin de cuentas, tanto Safran Foer como Daldry se encargan de lo mismo: cuentan historias. Y el director de la película hace un excelente trabajo no sólo en lo que a la dirección en sí se refiere, sino en entender el libro para poder adaptarlo a la pantalla, y contar una historia de la literatura en el mejor lenguaje cinematográfico. Por ejemplo, cuando Oskar recurre a hablar con uno de los tantos Black con quienes se encuentra, este esconde el whisky que estaba tomando, pero luego de algunos minutos de charla, lo vuelve a apoyar sobre la mesa. En unas pocas tomas, explicó que el niño es un adulto.

Hizo muchas modificaciones al pasar la historia original al celuloide, pero no alteró la esencia del libro, más bien la reforzó. Sacrificó el pasado del misterioso inquilino en la casa de la abuela de Oskar, cuyo rol es diferente en cada instancia, pero lo hizo sabiendo que sólo así podría contar la historia del niño como se la merecía. Allí, en no tener miedo a jugar con lo literal del libro, en recurrir a lo simbólico del mismo, yace la prueba de que un director realmente comprendió lo que estaba leyendo.

Es así como Daldry logra hacerle justicia a una historia que, sea como sea que se cuente, es profunda, enternecedora y emotiva hasta las lágrimas. Decidir acceder a ella a través de la pantalla es observar la vida de Oskar desde una lente que no sólo conoce sino que entiende a la perfección los pensamientos y las emociones de quien protagoniza su historia.

6/3/2012

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