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La última noche

Matrimonio a dieta

 

Por Verónica Stewart
@verostewart

Sam Wrothington, Keira Knightley: La última noche

Guión y dirección: Massy Tadjedin. Intérpretes: Sam Wrothington, Keira Knightley, Eva Mendes, Guillaume Canet. Año: 2010

Michael (Sam Worthington) y Joanna (Keira Knightley) están juntos hace años. Él viaja mucho por negocios, ella es periodista freelance y trabaja desde su casa. Él tiene una colega, Laura, por quien ella siente celos; ella nunca le contó sobre Alex, el hombre con quien salió durante el breve momento en el que estuvieron separados. Tienen sus peleas, sus pequeñas escenas de celos, pero se arreglan. Se quieren.

Una noche, él se va de viaje de negocios con la colega en cuestión. Ella se queda en Nueva York, y la casualidad, aquello que un escritor español describió como una cicatriz del destino, hizo que ella se encontrara con aquel amante fugaz. De repente, en una noche, ambos se ven enfrentados a una tentadora torta de chocolate rellena de dulce de leche mientras se rigen por la dieta que es su matrimonio. Porque justamente ese es el problema: su matrimonio es una dieta. Los mantiene sanos, bien, satisfechos, pero no los llena. Se quieren, pero punto. Hasta ahí llegan. Esa noche, entonces, ambos se ven seducidos no tanto por la despampanante Eva Mendes o el adorable Guillaume Canet, sino por la idea de violar las reglas de un juego en el que nadie parece ganar. La sirena de lo incorrecto y lo inmoral los enloquece tanto como a Ulises; la noche entera es una lucha por atarse al mástil.

Sin embargo, dentro de ese capítulo de la infidelidad, se abre otro de honestidad. Ese es el truco de la película, lo que la distingue de otra hollywoodense con galanes, chicas sensuales y relaciones prohibidas: la historia es honesta. Ella le dice a su ex que lo ama a su marido pero que lo ama a él también y que, sobre todas las cosas, ama poder decirle eso. Laura le explica a Michael que si ella estuviera casada probablemente también se vería tentada por pasar la noche con él. Así, Tadjedin no sólo logra hilar una trama creíble y con la que el espectador se puede identificar, sino que encuentra el sano punto medio: logra bajar a la infidelidad del trono de diversión e intensidad en el que muchos la colocan y rescatarla del pozo de inmoralidad al que muchos la empujan. El engaño no es algo ni maravilloso ni horroroso: es humano. Sucede. No es lo mejor, no es sano para una pareja y es posible que uno de los dos salga muy herido, pero sucede. Es imperfecto, y la trama de la película, por poder ilustrar eso y por incitar al espectador a que se ponga en los zapatos y se preocupe por todos los personajes, es perfecta.

La dirección muestra una Nueva York siempre linda, una metrópolis que parece incluso esconder algo en esa noche de secretos y escapadas alrededor de la cual gira la historia. La música de Clint Mansell, como siempre, es un perfecto acompañamiento: nunca demás, nunca de menos. Pero lo que más se luce es el guión. Los diálogos son tan cándidos y sinceros que uno tiene la sensación de estar mirando por la ventana de los vecinos mientras hablan. Tadjedin aquí se luce por sus sutilezas, por las pequeñas pistas que le deja al espectador para que logre armar todo el rompecabezas pieza por pieza. Un ejemplo muy claro es una escena en la que Michael llama a Joanna desde el baño del bar en el que está tomando un trago con Laura. Joanna atiende afuera del restaurant donde está cenando con Alex y sus amigos. Él le dice que trabajará hasta tarde, ella que está afuera con algunos amigos. Él miente, ella cuenta la verdad eclipsada. La señal del celular se entrecorta, y ella le dice “qué mala conexión”. Él asiente pensativo y le dice que mejor hablen al día siguiente. Estas palabras van mucho más allá de lo que dicen a primera vista; son, nada más ni nada menos, que la perfecta descripción de su relación: les falta conexión. Explican el modo en el que ella mira por la ventana cuando está en el auto con él, aburrida, y cómo cuando hace lo mismo con Alex él le pregunta divertido si disfruta la vista y logra hacerla reír. Una simple queja por el funcionamiento de una línea telefónica encierra una gran verdad sobre el estado de un matrimonio: eso es un buen guión.

La última noche trata un tema tantas veces tratado desde el deseo sexual llevado a un extremo con una cierta elegancia a través de diálogos atrapantes y bien pensados pero a la vez sinceros y reflexivos. Sólo queda ver, entonces, si alguno logra atarse al mástil, o si ambos ceden ante el irresistible canto de las sirenas. Vale la pena hacerlo.

5/12/2011

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