|
XXY:
El gen de la polémica
Por Mariano
García
mariano@octubre.org.ar
No
siempre cruzar argumentos entre géneros narrativos y saberes académicos
lleva a buen puerto. No hay dudas de que del juego entre narrativa ficcional
y conocimientos científicos han salido muchas de las piezas más
importantes de la literatura y el cine de los últimos dos siglos (y
no necesariamente en el género de la ciencia ficción). Incluso,
obras de ficción han anticipado grandes logros en la esfera científica
con décadas de antelación. Sin embargo, cuando los criterios
de verdad científica se confunden con los parámetros de verosimilitud
de un género narrativo, ninguna de las dos partes sale beneficiada.
Esto es
precisamente lo que sucedió con un comunicado que la Sociedad Argentina
de Endocrinología y Metabolismo (SAEM) ha difundido, donde se critica
en forma airada al film XXY, de la escritora y directora cinematográfica Lucía Puenzo.
Lamento
científico
Mediante
su comunicado, la SAEM se lamenta de que “la película XXY
acarrea algunos errores conceptuales que pueden dañar moralmente a
algunos pacientes o sus familias”.
El centro
de la polémica está precisamente en el título del film.
Básicamente, el error conceptual que denuncia la SAEM es que el título
de la película no se corresponde con la patología que presenta
Alex, el personaje protagónico de la ficción. Alex es una chica
que ha nacido con ambigüedad genital y que, al llegar a la adolescencia,
se enfrenta a una crisis de identidad sexual.
Pues bien,
la SAEM aclara enfáticamente que la ambigüedad genital nada tiene
que ver con los genes XXY, que se corresponden a lo que clínicamente
se denomina Síndrome de Klinefelter. En condiciones “normales”,
los varones suelen tener cromosomas XY, y las mujeres XX. Pero los varones
(y solamente los varones) que están afectados por el Síndrome
de Klinefelter presentan código genético que se identifica como
XXY. Científicamente, los cromosomas XXY no implican ningún
tipo de ambigüedad genital.
Resumiendo:
la película plantea el conflicto de una chica con ambigüedad genital,
mientras que XXY se refiere a un síndrome que afecta únicamente
a varones, y que se manifiesta en los genitales no como ambigüedad, sino
como una anomalía en el desarrollo de los testículos (escasa
producción de testosterona e insuficiente desarrollo), sin que ello
implique tampoco tendencias a la homosexualidad.
Las conclusiones
a las que llega la SAEM, en vistas de esta contradicción, es que:
“El
film aborda un problema complejo, como es la definición de la orientación
sexual durante la adolescencia. Lamentablemente mezcla en una misma historia
la homosexualidad con una anomalía congénita de desarrollo sexual
fantasiosa (por lo tanto, no analizable desde el punto de vista médico).
Dos hechos que poco tienen que ver entre sí. Para colmo de males, el
título elegido para sugerir una ambigüedad sexual en esta película
fue XXY (…) Lamentablemente el título de la película,
que tanta importancia mediática tiene, no pudo haber sido elegido con
más desacierto”.
Sobre
esferas y verosímil de género
Recordemos
la teoría social clásica de Max Weber, cuando explica que en
las sociedades modernas, las diferentes esferas de valores y conocimientos
se autonomizan y separan. Algunas de las esferas que Weber más comenta
son la religiosa, política, económica, y científica.
Podríamos retomar a Weber, entonces, para afirmar que en el tema que
nos ocupa, la mayor confusión suele generarse cuando la esfera de la
ciencia le reclama a la esfera del arte que se maneje con criterios de verdad
que le son ajenos.
En primer
lugar, porque los realizadores del film XXY no quisieron hacer una película
didáctica o un documental de divulgación sobre el Síndrome
de Klinefelter. La propia Lucía Puenzo, en el sitio web de su film
(http://xxylapelicula.puenzo.com),
explica que “aunque mucha gente lo desconozca existe un elevado
número de bebés que nacen con lo que se denomina ambigüedad
genital. XXY cuenta el momento brutal y transformador en el que una adolescente
se encuentra con su identidad”. El centro de la película
es precisamente la intersexualidad, la ambigüedad sexual, y los debates
que se abren en torno a la decisión de operar o no a las mujeres con
un clítoris excesivamente desarrollado.

Lucía
Puenzo, directora de XXY
Los actores
del film, tampoco parecen confundidos al respecto: “XXY es la historia
del despertar sexual de una adolescente intersexual. Empecé a trabajar
con esa imagen en la cabeza: el cuerpo de una adolescente en el que conviven
los dos sexos”, cuenta Inés Efrón,
que interpreta a Alex.
Por su
parte, Ricardo Darín explica desde el punto de vista
de su personaje, cuál es el tema principal del film: “El
padre de Alex es un biólogo que no está dispuesto a dejar que
ningún médico le ponga una mano encima a su hija. Decide alejarse
de Buenos Aires para proteger a su hija, con la certeza de que una cirugía
no puede crear un cuerpo de apariencia normal.” Tomando una posición
al respecto, Darín se pregunta: “¿Y las mutilaciones?
¿Las cicatrices? Las cirugías que se les realizan a estos chicos
son cosméticas. Hasta hace unos años muchos de estos chicos
eran operados al nacer, se los sometía a lo que se llama una normalización,
que es en realidad una castración”.
Vemos
entonces, que el tema de XXY va mucho más allá de explicar un
síndrome en forma didáctica, para la tranquilidad de los científicos.
El tema plantea un debate para el cual no tiene una respuesta definitiva (y
el arte primero plantea interrogantes, antes de dejar servidas las respuestas),
pero sí una posición tomada.
La diferencia
que marca la SAEM no es ajena a Puenzo. Incluso, en el sitio web de XXY se
dedica una sección titulada Diagnóstico de Alex, donde
se aclara que la película “no intenta presentar un caso
clínico”, aún con el asesoramiento y seguimiento
del guión que han hecho médicos genetistas y padres de niños
con diferentes casos de intersexualidad.
La confusión
en la que cae la asociación médica, es pedirle a un film de
ficción que tenga la rigurosidad de un documental. Ni siquiera en su
desarrollo, sino principalmente en el título. Ahora bien, ¿desde
cuando, una novela o una película, deben tener un título que
se ajuste a criterios científicos de verdad? La idea carece tanto de
sentido, para aceptarla es necesario apartarse voluntariamente de los verosímiles
sociales que cualquier espectador reconoce apenas entra a una sala de cine.
Si la
ambigüedad y el doble sentido no son lujos que puedan permitirse en la
esfera científica, en el arte son casi una condición de género.
Que una película que trata sobre la ambigüedad, tenga a su vez
un título ambiguo, puede ser tal vez una decisión efectista,
quizás hayan optado por un nombre corto y llamativo. En todo caso es
una decisión estética, que no tiene por qué estar sujeta
a controles de validación científica.
Si se
tratara de un documental sobre el Síndrome de Klinefelter, las objeciones
estarían ampliamente justificadas. En ese caso, el hipotético
documental no debería llamarse XXY, sino seguramente “Hiperplasia
suprarrenal congénita” (tal el diagnóstico exacto de Alex).
La SAEM
hace una interpretación literal del título de la película,
que tranquilamente puede ser figurado. Aceptemos que se trata de genetistas
y endocrinólogos; no necesariamente las profesiones más metafóricas
que existan. Pero por más que le cueste entenderlo a las ciencias médicas,
no puede concebirse la ficción y la literatura sin metáforas
(en realidad, no puede concebirse ningún tipo de lenguaje, sin figuras
retóricas).
¿Es
un caso de publicidad engañosa, que La Historia sin Fin en
realidad sí tenga un fin? Los expertos en computación, ¿salieron
a aclarar que no necesariamente lo que se muestra en Matrix, es tecnológicamente
viable? ¿Y no estaba Schwarzenegger, ridículamente embarazado
en Junior? ¿Qué tendría que decir la ciencia
al respecto?
Podría
objetarse que XXY no es una película ni de aventuras, ni de
ciencia ficción ni una comedia, como estos contraejemplos intencionalmente
provocativos. Pero Mississippi en llamas está basada en hechos
reales, y es bien dramática y realista. Y sin embargo, no vimos que
el departamento de bomberos de Mississippi haya tenido que difundir un comunicado
aclarando que, en ese largometraje, lo que se incendia no es toda la ciudad,
sino apenas algunas iglesias bautistas. Por suerte, no tuvimos que leer quejas
por parte de la Academia Nacional de Geografía de la República
Argentina, cuando en ocasión del estreno de Hombre mirando al Sudeste,
el protagonista haya tenido la osadía de dirigir su mirada hacia algún
otro punto cardinal.
Y ya que
estamos repasando al pie de la letra algunos clásicos del cine, recordemos
al personaje de Dustin Hoffman en Rainman (nada dijo el Servicio
Metereológico Nacional sobre la incongruencia de un hombre hecho con
lluvia). Esta película enseña magistralmente los malentendidos
y situaciones ridículas que se generan, cuando un sujeto no es capaz
de captar lo figurativo del lenguaje, y se queda solo en el plano denotativo
(como cuando ve en la señal de tránsito “No camine”,
y se queda clavado en la mitad de la avenida).
El sentido
circula socialmente a través de convenciones. Los géneros literarios
y el cine son discursos que se construyen y viven gracias a estas convenciones.
Pequeñas negociaciones en la arena del sentido, que nos evitan la esquizofrenia
de tener que pensar si los extraterrestres realmente existen, o evaluar científicamente
si es posible que la energía nuclear mal utilizada pueda generar mutaciones
que den como resultado una caterva de superhéroes, y sus correspondientes
archienemigos.
Sin llegar
al extremo de la ciencia ficción, todo texto narrativo (más
allá de su soporte) se construye a partir de figuras retóricas.
Su comprensión, entre otras cosas, requiere que los receptores compartan
los supuestos y expectativas de verosimilitud de cada género. Si no
comprendiéramos las convenciones de los géneros ficcionales,
todos seríamos ante ellos bastante rainmans.
20/9/2007
www.solesdigital.com.ar
|