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Básquetbol y música

Al ritmo de los rebotes

Por Mariano García
mariano@octubre.org.ar

Wayman Tisdale supo hacer convivir en simultáneo su pasión por el básquetbol y la música. Fallecido el viernes pasado a causa de un cáncer óseo, el ala-pívot/bajista se desepeñó con solvencia en ambas disciplinas. A modo de homenaje, repasamos la historia de los cruces que se han establecido entre el deporte de las canastas y la música urbana.

Wayman Tisdale
Wayman Tisdale

Si hay que resumir en un solo nombre la conjunción entre básquetbol y música, la respuesta no puede ser otra que Wayman Tisdale. Fallecido el  viernes pasado a los 44 años a causa de un cáncer óseo, el ala-pívot/bajista supo no solo desempeñarse con solvencia en ambas disciplinas, sino también destacarse y, por sobre todas las cosas, hacerse querer tanto dentro de un campo de juego como arriba de un escenario.

Personaje de gran carisma y talentos múltiples como cada vez menos se encuentran en el mundo del deporte (donde los atletas ocupan su tiempo libre casi exclusivamente con la playstation como eternos adolescentes), Tisdale supo llevar adelante una doble vida exitosa tanto fajándose debajo de los tableros como al frente de su proyecto de jazz fusión. 

Campeón Olímpico en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 junto a Michael Jordan y David Robinson, Tisdale ingresó a la NBA como segunda selección del Draft de 1985 (detrás nada menos que de Patrick Ewing, y por encima de grandes nombres como Karl Malone, Chris Mullin y Joe Dumars) a los Indiana Pacers. Fue en los Sacramento Kings de 1990 donde tuvo su mejor temporada (con promedios de 22 puntos y 7 rebotes), y se asentó definitivamente en los históricos Phoenix Suns de Charles Barkley, donde jugó hasta su año de retiro, 1997.

Con 15 puntos y 7 rebotes de promedio en su carrera, fue uno de esos jugadores de rol que todo entrenador desea tener. Con más sacrificio que habilidades extraordinarias, hizo valer sus corpulentos dos metros y seis centímetros siempre en función del equipo al que le tocó defender.

En paralelo, Tisdale encontró en el bajo eléctrico un equivalente a su juego en las canchas. Fuerte, sólido, pesado: un instrumento que también suele cumplir un rol complementario en la mayoría de las formaciones. Pero esta vez, Wayman le dio protagonismo de la mano de su mentor Marcus Miller. Como discípulo de quien fuera productor y mano derecha de Miles Davis durante los ’80, Tisdale fue desarrollando su técnica como líder y solista, que le permitió tener una destacada carrera musical en simultáneo a la deportiva (si hoy se lo busca en Internet, aparece tanto en sitios de jazz y música como de básquet).

 

Editó ocho discos en trece años. Desde Power Forward (1995) hasta Rebound (2008), las citas al lenguaje basquetbolístico (y a sus cualidades como jugador) estuvieron siempre presentes, al ritmo de un jazz fusión con mucho funk y soul.

El caso de Tisdale es paradigmático, casi único en su estilo. Pero los caminos del básquet y la música se han cruzado en numerosas ocasiones. Y así como el rock va de la mano con el fútbol y los motores, el deporte por antonomasia de las canchas de asfalto y la cultura urbana encontró en el funk y el hip hop los ritmos que mejor suenan al compás de rebotes, volcadas y crossovers.

Beats urbanos

El paralelismo entre básquet y hip hop remonta sus orígenes a la fundación misma del género musical más representativo de la cultura afroamericana desde los ’80. Sobrecargado de alusiones en primera persona orientadas a darse aires por encima de sus adversarios líricos, el rap incluyó referencias al básquet ya desde el mojón de partida que fue Rapper’s Delight de Sugar Hill Gang (1979). Allí, Wonder Mike se pavoneaba ante quien quisiera oírlo “I have a color TV, so I can see, the Knicks playing basketball”, sobre la tremenda línea de bajo de Doug Wimbish.

Public Enemy: He Got GameEl equipo insignia de Nueva York volvería una y mil veces como referencia de identidad de los grupos de hip hop de la ciudad. Pero fue el grupo más radical de Chicago quien llevaría adelante el proyecto discográfico que mejor articuló música y básquetbol. En 1998, la banda de sonido de la película He Got Game del conspicuo knickerbocker Spike Lee estuvo a cargo de Public Enemy, que con 13 composiciones llevaron la temática a una nueva dimensión, incluyendo críticas a las corporaciones que rodean al juego, los representantes y el lado oscuro de todo lo que no brilla en la NBA. Un disco temático en el cual se cuelan fragmentos nada menos que de Charles Barkley y del protagonista del film, Ray Allen, entre las infalibles rimas de Chuck D y Flavor Flav.

No era la primera vez que los enemigos públicos número uno se metían con el básquet. Alusiones a jugadores y recursos más o menos metafóricos se encuentran en todos sus discos. Pero no fueron los únicos.

Al tiempo que el hip hop fue rompiendo la barrera de color y comenzó a ser adoptado por artistas blancos, el básquetbol fue también vehículo de esta transición. Los neoyorquinos Beastie Boys fueron el emblema durante los ’80 y los ’90 del mejor hip hop blanco, y deporte de las canastas no estuvo ausente en su auge. En su mezcla con el rock y el punk, poblaron su obra cumbre, Ill Communication (1994), de referencias a sus queridos New York Knicks, que por aquellos años disputaban las finales de la NBA.

Desde cualidades físicas (“I get my haircut correct like Anthony Mason”, del tema B-Boys Makin’ With the Freak Freak) hasta personales (“See I’ve got heart like John Starks”, en Get it Togheter), el trío homenajeaba a sus ídolos del tabloncillo. Pero fue en Tough Guy donde dedicaron un tema entero al básquet, insultando en comprimidos 57 segundos de crudo punk rock a algún jugador sucio de cualquier playground, con frases como “Bill Laimbeer motherfucker it’s time for you to die” o “Tough guy, you think you’re like the Shaq”.

Si la barrera racial se había cruzado, también con el tiempo cayó la idiomática. El hip hop en español de a poco fue consolidándose, y su máximo exponente y pionero, el boricua Tego Calderón, también pobló sus líricas con comparaciones con los astros de la NBA

Las referencias sirven tanto para denostar a rivales en el género (“están como Kobe Byant, meten muchos puntos pero nunca ganan”, en Llegó el Chynyn, del disco The Underdog, 2006) como para agrandarse (“Pues se dieron con la pareja más grande desde Michael Jordan y Scottie Pippen”, junto a Eddie Dee en No me la Explota; o “Oye, yo si soy killer (…) Los mato de lejito como Reggie Miller” en Guasa Guasa, de su disco debut El Abayarde, 2002).

Y si de Michael Jordan hablamos, no puede dejarse de mencionar el video que protagonizó junto a Michael Jackson en Jam (1992). El intento del Rey del Pop de ponerse duro y hacer hip hop no fue de lo mejor; pero estéticamente, las acrobacias y la majestuosidad de movimientos del mejor Jordan obligan a ver el video.

Lo de Jordan y Jackson fue más una buena jugada comercial que un auténtico impulso artístico. Desde entonces, el marketing tomó nota de lo bien que se llevan el básquet y el hip hop. En 2001, Nike lanzó un recordado comercial en el que uno de los padres fundadores del género, Afrika Bambaataa, remixa una pista sonora en base exclusivamente a sonidos típicos de un entrenamiento, como pelotas botando contra el parquet y zapatillas chillando para no resbalar. Acompañaron en imágenes estrellas de la NBA como Vince Carter, Darius Miles, Lamar Odom, Rasheed Wallace y Jason Williams, además de leyendas del básquet callejero que completaron el concepto de “Freestyle”.

 

En el mismo camino comercial, las figuras del básquet aprovecharon su popularidad deportiva para darse el gusto de grabar su propio CD, no siempre con buenos resultados musicales. Por ejemplo, el base de los San Antonio Spurs Tony Parker y su disco de rap en francés TP (2007); o el álbum inédito del problemático Allen Iverson, que no pudo ver en las góndolas su rap poblado de líricas homofóbicas del disco 40 Bars (2000) a causa de las críticas de grupos activistas y del propio comisionado de la NBA, David Stern.

Pero no todo ha sido hip hop en esta zona donde los caminos de la música y el básquet se combinan. Existe una perla a ser descubierta en un medio donde lo comercial se impone cada vez con más fuerza por sobre la calidad. En el reducto del rock de vanguardia y experimental, encontramos a los Screaming Headless Torsos con una rareza incluida en su disco en vivo de 2005: Darryl Dawkins Sound of Love. Un tema inédito en el que Dean Bowman y David Fiuczynski homenajean entre riffs de reggae y un funk enigmático a aquel bestial alero de la década del ’80 que destrozaba tableros y volaba por encima de los rivales como si proviniera de otro planeta.

 

La lista puede extenderse infinitamente. Tanto de músicos que homenajean al básquet como de basquetbolistas que se animan a cantar. Aunque en este último grupo, difícilmente encontremos alguno que pueda equilibrar de igual manera logros deportivos con talento musical como lo hizo Wayman Tisdale.

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