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David
Nalbandian
El
hombre que hace posible lo imposible
Fotos:
Mariano García

A los
26 años ya nadie puede dudar de lo bien que le queda el apodo de “Rey
David”. Tampoco se puede poner en tela de juicio que es el estandarte
del tenis argentino, y a estas alturas uno de los mejores jugadores de todos
los tiempos de nuestro país. Ese es David Nalbandian, el hombre de
los partidos increíbles, el de los partidos heroicos, el hombre que
no para de sorprender al mundo con su tenis y la mayor esperanza de los argentinos
para alcanzar la Copa Davis.
David
camina la cancha y da la sensación que gana cuando quiere, cuando tiene
ganas y se lo propone. En esos días donde su mente está determinada,
su mano firme, su raqueta dispuesta y su corazón ardiendo, no hay duda
de que la jornada será suya. Cuando Nalbandian alcanza ese estado de
“éxtasis” tenístico no hay nadie que no sucumba
ante él, no importa si enfrente está Rafa Nadal, Novak Djokovic
o al gran Roger Federer. David los aplasta a todos.
Hablar
de partidos increíbles del cordobés nos remonta a la final del
Masters en 2005, viniendo de dos sets a cero abajo y ganándole a Federer.
También nos lleva a Madrid y París 2007 dejando en el camino
con autoridad al suizo y a Rafael Nadal en ambos torneos. Pero donde más
se ve su potencial, es cuando representa a la celeste y blanca. Ahí
todo es distinto, todo es especial. La furia, la inteligencia, la fuerza,
la garra, la técnica, todo se junta cuando el unquillense pisa una
cancha representando a Argentina. Y sucede que la Davis es su ilusión
y porqué no, su obsesión. Nalbandian podrá ganar uno,
dos o cinco Grand Slam, pero su hambre de gloria no estará satisfecho
hasta no levantar la Ensaladera de Plata, porque aunque no lo diga, él
sabe que es el As de espadas, el jugador franquicia, como en el básquet,
que tiene el peso de la responsabilidad y el que al final se lleva toda la
gloria de un título.

Ese amante
del Rally, de la aventura y sobre todo del tenis, vive como nadie cada partido
de Copa Davis. Se alegra, sufre, grita, se enoja, se ríe, discute,
insulta, todo en un mismo encuentro. Esos ojos claros parecen escupir fuego
y del encordado de su raqueta da la sensación de salir balas de cañón
que el rival ni siquiera podrá devolver. Lo sabe Lleyton Hewitt, que
mordió el pasto del Melbourne Park, lo sabe Dominik Hrbaty que no pudo
hacer nada ante el Rey David en Bratislava, en el 2005, y mejor que nadie
lo saben Marat Safín y Nikolay Davydenko, que cayeron sin oponer resistencia
en la mismísima final del 2006 en Moscú. Repito, gana cuando
tiene ganas, gana cuando se dispone a hacerlo, gana cuando quiere.
Este es
el año en que la ilusión de David puede convertirse en realidad,
el año donde Argentina tiene la chance histórica de llegar a
la final de la Davis y definir en el Parque Roca. Y Nalbandian no va a dejar
pasar esta oportunidad. La muestra de esto es la batalla contra Robin Soderling
de los cuartos de final. No encontraba su tenis, estaba hundido, perdido en
el juego, enojado con la cancha y el árbitro, con un clima frío
y un cielo gris que hacía parecer que la serie se jugaba en Gotemburgo
y no en Buenos Aires. Pero ese ímpetu, ese corazón, ese amor
propio y esa obsesión por la Ensaladera, lo llevaron de nuevo al juego.
Sacó al público de su nerviosismo y lo volcó a un aliento
ensordecedor. Nalbandian dio muestras, una vez más, de su hombría,
de su temple, de su coraje. Como un toro embravecido le dio pelea a un sueco
que metía todo y que ya había vapuleado a Acasuso el día
viernes.
Pero David
nunca se entrega y enfrentarlo en la Davis casi es un punto perdido para cualquier
rival. Así hizo el milagro, la hazaña, la heroica ante Soderling,
un partido tan importante como emocionante, una emoción que llevó
a David a las lágrimas por todo lo que vivió en ese partido
y porque internamente sabe que es su responsabilidad llevar al equipo argentino
a la final de la Copa Davis.
Ese es
David Nalbandian, el que siempre está en las difíciles, el que
no arruga con nadie, el hombre al que no le pesa la presión, el tenista
argentino que puede lograr lo que ni siquiera Guillermo Vilas pudo alcanzar.
David Nalbandian es el hombre que hace posible lo imposible.
16/4/2008
Texto:
Walter Medina
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