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Ginóbili
y la teoría del progreso ilimitado
Por Mariano
García
mariano@octubre.org.ar

Los positivistas
del siglo XIX creyeron que el progreso de la civilización humana era
algo objetivo e indetenible. En su transcurrir histórico, la civilización
se orientaba a niveles cada vez más altos de desarrollo tecnológico
y bienestar económico. Ese ideal de progreso lineal e irreversible
fue destrozado por un siglo XX marcado por dos guerras mundiales en Europa
y calamidades de todo tipo alrededor del mundo.
Para aquellos
iluministas nostálgicos que todavía se aferran en el siglo XXI
a esa idea decimonónica de progreso ilimitado; el deporte les da un
paradigma que quizás no sea tan determinante para la sociedad como
lo fueron la física y la química en los años de las revoluciones
industriales, pero que al menos es difícil de contradecir (falsar,
diría Popper). Si postulamos que Emanuel Ginóbili ha aplicado
en el mundo del básquetbol el principio de progreso ilimitado, ¿alguien
se animaría hoy a decir que eso es falso?
Con el
campeonato de la NBA obtenido el pasado jueves, Ginóbili sigue demostrando
que su crecimiento como deportista es virtualmente imparable. Y siguiendo
con las analogías epistemológicas, diríamos que es un
experto en hacernos redefinir a los argentinos los límites entre lo
posible y lo imposible (siempre en términos deportivos, que no se enoje
ningún filósofo).
Aunque
muchos sostengan que las comparaciones entre épocas y deportes distintos
no son justas, es necesario tomar parámetros que nos orienten para
poder poner en perspectiva una serie de éxitos que hoy está
amplificada por el ruido de los festejos que todavía resuenan. Si se
consideran los máximos logros en los últimos cuatro años
del mágico "Obi-Wan Ginóbili" (como lo bautizaron
los fans de San Antonio), parece más un guión de película
de Hollywood que una realidad. Pero son una realidad que Manu tuvo el mérito
de manejar con prudencia y sin marearse.
De chico,
como todo buen héroe de película, era el más petiso y
flacucho de los tres hermanos basquetbolistas. Mientras sus dos hermanos mayores
ya tenían un lugar ganado en el básquet federado del club que
presidía papá Jorge Ginóbili, el pobre Manu se medía
todas las noches y se iba a la cama frustrado porque pensaba iba a ser el
patito feo de una familia dedicada al deporte. Y como les gusta a los directores
de cine, el patito feo se convirtió no en cisne, sino en todo un zoológico
entero. Subiendo escalón a escalón, fue concretando de a uno
los pasos necesarios para pasar de ser un buen jugador, a una superestrella
con un lugar ya reservado en las vitrinas de las leyendas del deporte argentino
(y también mundial).
Primero
fue poder jugar como profesional, cuando todavía era un adolescente
que debutaba en la Liga Nacional con Andino. De ahí a ganarse un lugar
en la Selección, y desembarcar en Italia en el modesto Reggio Calabria.
Luego,
el paso siguiente fue probar con un equipo fuerte de Europa, y fue entonces
que se produjo la primera explosión, con la Kinder Bologna. Fue a partir
de la temporada 2001/02, en Bologna, que Ginóbili con una racha ganadora
de ensueños. Esa temporada, llevó a su equipo ganar la liga
italiana y la Euroliga, consagrándose como Jugador Más Valioso
de ambas finales.
Como
gran estrella del básquetbol FIBA, fue el as de espadas de una Selección
Nacional que sacudió al mundo deportivo con uno de los grandes batacazos
de la historia, en el Mundial de Indianápolis 2002. Ginóbili,
junto a Magnano y compañía, fueron los primeros en vencer a
un Dream Team desde que iniciaran una racha de invictos en Barcelona 1992.
Fue un momento crítico, en el cual nuestro postulado del progreso ilimitado
de Ginóbili tuvo que vérselas con un axioma indiscutible hasta
entonces: que los jugadores de la NBA eran invencibles en competencias internacionales.
Ginóbili, Oberto, Scola y demás hicieron añicos aquel
falso postulado para abrir el camino hacia una final mundial que se perdió
con mucha polémica, y con Manu lesionado en el banco de suplentes.
Al
año siguiente, la próximo etapa de su evolución permanente,
nada menos que la NBA. Y subiendo a pasos agigantados, se metió entre
los mejores novatos del año primero y después logró su
primer campeonato de la NBA (aquella vez, buscando su lugar como sexto hombre
de un equipo ya formado). Corría el 2003, y con eso sólo ya
podía ser considerado el mejor basquetbolista argentino de todos los
tiempos, y uno de los cinco deportistas más importantes de nuestra
historia. Pero no era suficiente para él.
Había
una espina clavada desde 2002, de esa final del mundo que se escapó
con el tiro del final ante los yugoslavos. Los Juegos Olímpicos de
Atenas 2004 le dieron la oportunidad de revancha, nada menos que debutando
contra los verdugos de Indianápolis. Un tiro de antología sobre
la chicharra para ganar en el debut fue sólo el inicio; luego hubo
que hundir nuevamente a los norteamericanos (que de Dream Team mantenían
apenas la etiqueta), y desde ahí derecho al oro olímpico. ¿Algo
más se podía pedir?
Parecía
que Ginóbili había alcanzado su techo. ¿Cómo podía
superar un año en que había sido campeón olímpico
y mejor jugador de los Juegos?
Fue en este 2005 que demostró que él puede animarse a lograr
objetivos lo que la mayoría apenas sueña, ganándose un
lugar entre las máximas estrellas de la NBA primero (en febrero jugó
el All Star Game), y ahora con su segundo anillo más de campeón.
Y esta vez, como indiscutida segunda figura, que por momentos se hizo cargo
del equipo que tiene por jugador franquicia a Tim Duncan, uno de los mejores
basquetbolistas desde el retiro de Jordan.
Luego
de esta temporada, y en especial después de los partidos 1, 2 y 7 de
la serie final, Ginóbili dejó la impresión de que el
rol de líder en un equipo ganador de la NBA es una responsabilidad
que le sienta de maravillas. Hace apenas 5 años, pensar que un argentino
podía alcanzar ese status en la NBA hubiese sido calificado mínimamente
como utópico.
El valor
de los logros deportivos de Ginóbili es tal, que obliga inmediatamente
a salirse del presente y tratar de encuadrarlo en la historia del deporte.
En la época moderna del básquet, sólo Michael Jordan
y Scottie Pippen (de los Chicago Bulls), habían ganado en años
consecutivos el oro olímpico y el campeonato de la NBA. Dos nombres
imponentes, a los que ahora Ginóbili se les suma. Seguramente también
es el jugador formado en el mundo FIBA que más impacto ha tenido en
tierras norteamericanas.
En el
panteón del deporte Argentino, su lugar junto a los legendarios Monzón,
Fangio y Vilas (Maradona aparte, obviamente) ya lo tiene ganado desde hace
tiempo, y con sólo 27 años tiene mucho para seguir mejorando.
¿Qué será lo próximo? Nada podemos exigirle, pero
tengamos la certeza de que no se quedará dormido en los laureles.
¿Como
sigue esta evolución casi darwiniana? ¿Ganar otro anillo en
la NBA? ¿Obtener el MVP de las Finales, que esta vez con justicia se
llevó el líder de San Antonio Tim Duncan? ¿Ser el mejor
jugador de la NBA? Parece demasiado, pero si algo aprendimos en estos cinco
años, es que Ginóbili se empecina en demostrarnos que lo que
para nosotros es exagerado, para él es posible.
24/06/2005
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