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Ginóbili y la teoría del progreso ilimitado
 

Por Mariano García
@solesdigital

Emanuel Ginobili

Los positivistas del siglo XIX creyeron que el progreso de la civilización humana era algo objetivo e indetenible. En su transcurrir histórico, la civilización se orientaba a niveles cada vez más altos de desarrollo tecnológico y bienestar económico. Ese ideal de progreso lineal e irreversible fue destrozado por un siglo XX marcado por dos guerras mundiales en Europa y calamidades de todo tipo alrededor del mundo.

Para aquellos iluministas nostálgicos que todavía se aferran en el siglo XXI a esa idea decimonónica de progreso ilimitado; el deporte les da un paradigma que quizás no sea tan determinante para la sociedad como lo fueron la física y la química en los años de las revoluciones industriales, pero que al menos es difícil de contradecir (falsar, diría Popper). Si postulamos que Emanuel Ginóbili ha aplicado en el mundo del básquetbol el principio de progreso ilimitado, ¿alguien se animaría hoy a decir que eso es falso?

Con el campeonato de la NBA obtenido el pasado jueves, Ginóbili sigue demostrando que su crecimiento como deportista es virtualmente imparable. Y siguiendo con las analogías epistemológicas, diríamos que es un experto en hacernos redefinir a los argentinos los límites entre lo posible y lo imposible (siempre en términos deportivos, que no se enoje ningún filósofo).

Aunque muchos sostengan que las comparaciones entre épocas y deportes distintos no son justas, es necesario tomar parámetros que nos orienten para poder poner en perspectiva una serie de éxitos que hoy está amplificada por el ruido de los festejos que todavía resuenan. Si se consideran los máximos logros en los últimos cuatro años del mágico "Obi-Wan Ginóbili" (como lo bautizaron los fans de San Antonio), parece más un guión de película de Hollywood que una realidad. Pero son una realidad que Manu tuvo el mérito de manejar con prudencia y sin marearse.

De chico, como todo buen héroe de película, era el más petiso y flacucho de los tres hermanos basquetbolistas. Mientras sus dos hermanos mayores ya tenían un lugar ganado en el básquet federado del club que presidía papá Jorge Ginóbili, el pobre Manu se medía todas las noches y se iba a la cama frustrado porque pensaba iba a ser el patito feo de una familia dedicada al deporte. Y como les gusta a los directores de cine, el patito feo se convirtió no en cisne, sino en todo un zoológico entero. Subiendo escalón a escalón, fue concretando de a uno los pasos necesarios para pasar de ser un buen jugador, a una superestrella con un lugar ya reservado en las vitrinas de las leyendas del deporte argentino (y también mundial).

Primero fue poder jugar como profesional, cuando todavía era un adolescente que debutaba en la Liga Nacional con Andino. De ahí a ganarse un lugar en la Selección, y desembarcar en Italia en el modesto Reggio Calabria.

Luego, el paso siguiente fue probar con un equipo fuerte de Europa, y fue entonces que se produjo la primera explosión, con la Kinder Bologna. Fue a partir de la temporada 2001/02, en Bologna, que Ginóbili con una racha ganadora de ensueños. Esa temporada, llevó a su equipo ganar la liga italiana y la Euroliga, consagrándose como Jugador Más Valioso de ambas finales.

Manu GinóbiliComo gran estrella del básquetbol FIBA, fue el as de espadas de una Selección Nacional que sacudió al mundo deportivo con uno de los grandes batacazos de la historia, en el Mundial de Indianápolis 2002. Ginóbili, junto a Magnano y compañía, fueron los primeros en vencer a un Dream Team desde que iniciaran una racha de invictos en Barcelona 1992. Fue un momento crítico, en el cual nuestro postulado del progreso ilimitado de Ginóbili tuvo que vérselas con un axioma indiscutible hasta entonces: que los jugadores de la NBA eran invencibles en competencias internacionales. Ginóbili, Oberto, Scola y demás hicieron añicos aquel falso postulado para abrir el camino hacia una final mundial que se perdió con mucha polémica, y con Manu lesionado en el banco de suplentes.

Emanuel GinobiliAl año siguiente, la próximo etapa de su evolución permanente, nada menos que la NBA. Y subiendo a pasos agigantados, se metió entre los mejores novatos del año primero y después logró su primer campeonato de la NBA (aquella vez, buscando su lugar como sexto hombre de un equipo ya formado). Corría el 2003, y con eso sólo ya podía ser considerado el mejor basquetbolista argentino de todos los tiempos, y uno de los cinco deportistas más importantes de nuestra historia. Pero no era suficiente para él.

Manu GinobiliHabía una espina clavada desde 2002, de esa final del mundo que se escapó con el tiro del final ante los yugoslavos. Los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 le dieron la oportunidad de revancha, nada menos que debutando contra los verdugos de Indianápolis. Un tiro de antología sobre la chicharra para ganar en el debut fue sólo el inicio; luego hubo que hundir nuevamente a los norteamericanos (que de Dream Team mantenían apenas la etiqueta), y desde ahí derecho al oro olímpico. ¿Algo más se podía pedir?

Parecía que Ginóbili había alcanzado su techo. ¿Cómo podía superar un año en que había sido campeón olímpico y mejor jugador de los Juegos?
Fue en este 2005 que demostró que él puede animarse a lograr objetivos lo que la mayoría apenas sueña, ganándose un lugar entre las máximas estrellas de la NBA primero (en febrero jugó el All Star Game), y ahora con su segundo anillo más de campeón. Y esta vez, como indiscutida segunda figura, que por momentos se hizo cargo del equipo que tiene por jugador franquicia a Tim Duncan, uno de los mejores basquetbolistas desde el retiro de Jordan.

Manu GinobiliLuego de esta temporada, y en especial después de los partidos 1, 2 y 7 de la serie final, Ginóbili dejó la impresión de que el rol de líder en un equipo ganador de la NBA es una responsabilidad que le sienta de maravillas. Hace apenas 5 años, pensar que un argentino podía alcanzar ese status en la NBA hubiese sido calificado mínimamente como utópico.

El valor de los logros deportivos de Ginóbili es tal, que obliga inmediatamente a salirse del presente y tratar de encuadrarlo en la historia del deporte. En la época moderna del básquet, sólo Michael Jordan y Scottie Pippen (de los Chicago Bulls), habían ganado en años consecutivos el oro olímpico y el campeonato de la NBA. Dos nombres imponentes, a los que ahora Ginóbili se les suma. Seguramente también es el jugador formado en el mundo FIBA que más impacto ha tenido en tierras norteamericanas.

En el panteón del deporte Argentino, su lugar junto a los legendarios Monzón, Fangio y Vilas (Maradona aparte, obviamente) ya lo tiene ganado desde hace tiempo, y con sólo 27 años tiene mucho para seguir mejorando. ¿Qué será lo próximo? Nada podemos exigirle, pero tengamos la certeza de que no se quedará dormido en los laureles.

¿Como sigue esta evolución casi darwiniana? ¿Ganar otro anillo en la NBA? ¿Obtener el MVP de las Finales, que esta vez con justicia se llevó el líder de San Antonio Tim Duncan? ¿Ser el mejor jugador de la NBA? Parece demasiado, pero si algo aprendimos en estos cinco años, es que Ginóbili se empecina en demostrarnos que lo que para nosotros es exagerado, para él es posible.

24/06/2005

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