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Lleyton Hewitt, el enemigo necesario

Por Mariano García
mariano@octubre.org.ar

Lleyton Hewitt

Como si la comprensión de la realidad reprodujera la estructura narrativa de una obra literaria o un film, en la sociedad moderna el conflicto se hace necesario para entender la cultura, la política… o el deporte. La realidad lejana se nos hace comprensible gracias a la mediatización de las telecomunicaciones, y es sabido que al periodismo moderno le atraen los argumentos dramáticos. Y si la historia incluye héroes y villanos, mejor aún.

La historia reciente está llena de ejemplos en los cuales países divididos y en crisis de identidad, encontraron en un enemigo externo el aglutinante que hiciera resurgir el nacionalismo, el amor a la patria, la unión nacional… A veces es en defensa legítima a una agresión, en otras ocasiones pueden ser meros chivos expiatorios para llevar a cabo atrocidades. O la simple necesidad de tener un enemigo para definirse por la negativa.

Esto es válido tanto para grandes potencias como para países del Tercer Mundo. Puede mencionarse la patológica necesidad de los Estados Unidos de tener un enemigo demoníaco a quién enfrentarse, ya sean comunistas durante la Guerra Fría, o musulmanes desde los ’90 hasta la actualidad. La misma lógica, espejada, fue la que mostró su contrapartida, el bloque soviético.

La descolonización de los ex dominios europeos desde los años ‘50, generó euforias nacionales en todo África, Asia y Oceanía, también teniendo a la potencia ocupante como polo negativo al cual oponerse y a partir de allí comenzar el camino de la independencia. Una vez eliminado el polo negativo, comenzaron a aflorar las diferencias internas, y de ahí muchas guerras que todavía castigan a las zonas más empobrecidas del planeta. En la Argentina, desde el “Braden o Perón” hasta la euforia por Malvinas, hemos tenido también nuestros momentos de unión frente a la amenaza externa.

En el deporte, las grande rivalidades han alimentado también la fantasía de la prensa y los simpatizantes. Rivalidades entre clubes, jugadores, al interior de un equipo… El conflicto, la existencia de un rival odiado y a la vez necesario (“el clásico”) magnifican las victorias y dramatizan las derrotas. Todo esto encontró el equipo argentino de Copa Davis en una sola persona: el maleducado y desagradable Lleyton Hewitt.

Lleyton HewittSi hasta hace poco la necesidad de conflicto había estado mal canalizada en nuestro equipo (Gaudio vs. Coria; o todos los jugadores contra el anterior técnico, algo que Walter Medina explicó en “La rebelión de los jugadores”), el australiano de gorrita al revés y festejos exagerados operó de catalizador para que tanto jugadores, cuerpo técnico, prensa y público se unieran en contra de él. Es evidente que al triunfo argentino le sobran razones objetivas para ser considerado histórico: se accedió a semifinales, luego de vencer a una potencia mundial, de visitante y en una superficie a priori inaccesible, el césped.

¿Por qué entonces dedicarle todos los insultos a Hewitt, durante los festejos? ¿No parecería excesivo el encono hacia su persona? No, si se considera el factor subjetivo que fue la bronca en común hacia el australiano. Que no se inició en este match de Copa Davis (Hewitt ha tenido problemas con más de medio circuito, muchos argentinos inclusive) pero que a partir del juego contra Coria alcanzó niveles de agresión pocas veces visto (y que les valió una multa de US$ 2.500 a cada uno).

Lleyton HewittEsos “come on!” fuera de lugar, ese gesto ridículo de apuntar a sus ojos con la punta de sus dedos. Cada punto que ganaba Hewitt, más se hacía odiar por el equipo argentino. Fue así que los comandados por el Luli Mancini sacaran fuerzas de donde antes existía discordia, buscaran la unión donde antes predominaban los celos personales. Y así se ganaron los tres puntos restantes.

Hewitt fue un villano de película, que de tan odioso que se nos hizo, elevó al rango de héroe a David Nalbandian al vengar la derrota de su humillado compañero Coria. Es cierto, muchos calificaron de heroica la actuación de Nalbandian, pero no olvidemos que todo buen héroe, necesita de su villano. Y además, su heroicidad fue siempre correcta, todo un caballero concentrado en la cancha, dispuesto a no cometer los errores mentales de su compañero, y así llevar a Hewitt a caer en un juego pésimo, irreconocible para sus antecedentes.

Luego sí llegó el momento de acordarse de la familia de Hewitt, desatar la energía contenida, y seguir hacia adelante en lo que serán las semifinales de la Copa Davis. Y pensando en el futuro, una especulación: si Argentina se vuelve a cruzar con Australia en los años siguientes, ¿vendría Lleyton Hewitt a la Argentina? Como toda buena rivalidad, está claro que no nos simpatiza. Pero, ¿a quién no le gustaría tenerlo de visita por el Lawn Tennis Club?

21/7/2005

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