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Argentina en el Mundial de fútbol Brasil 2014

¿Bilardeando a la final?

 

Por Javier Cardenal Taján
xabi10xabi@gmail.com

Concédame la idea de que si el seleccionado argentino de fútbol -no “la Argentina”- gana el actual Campeonato Mundial de la especialidad, dentro de 10 años, y cuando las aguas se aquieten, estaremos hablando de una selección que se llevó un torneo mostrando un juego abúlico, tedioso y carente de ideas. ¿O acaso no es recurrente recordar entre amigos, e incluso profesionales del balón, lo matungo que era el cuadro que se metió en la final en 1990?

Con la soga al cuello y a punto de caer al vació de la horca, se volvió a ganar en octavos. Único objetivo para aquellos que el mundial ya está ganado porque ¿tenemos? una canción, generada desde el “bananismo” de un country, que enrostramos a los brasileños en los pasillos de sus shoppings a los que nuestros compatriotas van únicamente de paseo (aclaremos que ante esta supuesta afrenta, el brasileño promedio mira sorprendido y justo antes de seguir comprando repasa si estaba soñando o no cuando le dijeron que ya tiene cinco Mundiales ganados en siete finales y que es la séptima economía mundial). En fin. 

El juego aéreo de Argentina sigue siendo deficitario en las dos áreas, y no es que seamos Chile, el equipo más bajo del torneo. Altura hay, pero pareciera que se va a cabecear con un solo hombre en condiciones de hacerlo dignamente: Ezequiel Garay. El resto nada. Ni siquiera Federico Fernández en la labor defensiva lo hace. Y eso es muy poco para un equipo que aspira a consagrarse como el mejor del planeta. Hoy casi mitad de los goles se generan por vía aérea, sea en su inicio o en su finalización; ¿será por eso que Ángel Di María y Marcos Rojo se cansan de tirarle drops a Gonzalo Higuaín, quien nunca fue un gran cabeceador? Y no crea que los centros de Rojo son porque pasa por detrás de un volante para sorprender. Ninguno de nuestros laterales “pasa”. Ninguno es “sorpresa”.

La fase defensiva sigue siendo preocupante, con dos centrales que salen juntos a buscar un rival  -¡se juntan, señores!-  y con un Fernández, producto de la globalización el fútbol, que  aún duda si debe o no realizar una cobertura cada vez que le ganan la espalda a Pablo Zabaleta, el cual debe tomar aquello que Fernando Gago perdió en mitad de cancha. En Rojo, la patria futbolanga ahora ve a Roberto Carlos. Pero lo que estos optimistas de la ficción mundialista no ven es que si se luce es porque los rivales inician sus ofensivas por la banda opuesta: ese cajón de madera balsa que dejan Gago-Zabaleta (al cual se acopla Fernández). Sin embargo, se quedan con la foto de Rojo elevando centros nunca dirigidos y siempre a “la olla”. ¿Será hora de incluir a Martín Demichelis, quien cuenta no sólo con juego aéreo sino con un entendimiento por demás aceitado con Zabaleta al conformar el bloque derecho del Manchester City?

Para ser campeones del mundo hay que jugar siete partidos, no es mucho, pero para ello los suplentes tienen que ofrecer casi la misma calidad que aquella de los titulares, cosa que no sucede en el “pieza x pieza” de la selección Argentina. Hasta ahora el equipo viene indemne ya que no se han caído –sea por lesión o suspensión - valores vitales como los dos mediocampistas defensivos, sobre todo Javier Mascherano (se imaginan saliendo desde el vamos con Lucas Biglia y Enzo Pérez, y por ende un Lionel Messi retrasado por demás). Aunque vale recordar que en este Mundial, el equipo argentino ha salido siempre a jugar con 10,5 jugadores dado que Higuaín es a este seleccionado lo que Diego Forlán al suyo. Es claro que no está recuperado físicamente y en una Copa del Mundo es dar una grandísima ventaja al rival. Lo mismo sucede con Sergio Agüero. Nada pudo demostrar en tres juegos. ¿Hay que devolverle la titularidad en caso de que se recupere? Muchos vieron titubeante a Rodrigo Palacio ante Suiza, pero tal vez sea consecuencia de su falta de rodaje  Ante Bélgica, Rojo será reemplazado por José Basanta y no sabemos si preocuparnos o si estamos cambiando seis por media docena.   

Hay por lo menos otras dos selecciones superiores a la Argentina y otras cuatro en igualdad de condiciones; por ende las esperanzas pintadas de celeste y blanco son mínimas, no imposibles, pero sí escasas. Brasileños + jueces, alemanes y holandeses si se lo proponen, pueden hacer quedar muy mal al conjunto albiceleste. ¿Y Bélgica? También.

Alemania tiene un equipo superior, organizado, fuerte en todas sus líneas, equilibrado y con jugadores que se conocen desde hace más de cinco años. Tal vez haya mutado su vértigo y dinamismo de 2010 por una mezcla entre verticalismo y juego estacionado cuando la situación lo requiere. Alguna vez me tocó decir que se trata de un equipo serio y los burguechauvinistas de turno me tildaron de “conservador” por querer ponderar la seriedad antes que el “dale que va”. Por seriedad entiendo profesionalismo; el mismo que los llevó a nueve semifinales y tres Copas del Mundo. Pero son los mismos que ven el Mundial con los ojos pasionales de un niño de 10 años. Los mismos que confunden defender con ser fascista y atacar con un claro y explicito apoyo a la liberación de los pueblos oprimidos.

 Otros aducen que estos triunfos mediocres son un bálsamo para la construcción de “misticismo” del equipo, propiedad fundamental a la hora de ganar, dicen ellos. Es que se sabe que al fútbol, o cualquier otro deporte, se gana gracias a la experiencia de lo divino, a razones de índole de lo oculto y lo misterioso. ¿O acaso el profesionalismo y el buen juego tendrán mayor incidencia a la hora de ganar? Cuando todo se confunde con todo, es muy difícil avanzar. Relatos como el mundialista nos impone que todos somos todo. Conceptos como pasión y nación se mezclan con horrorosa facilidad. Para destruir estos mitos tiene que llegar Emmanuel Ginóbili al país para dejar en claro que no es embajador de nada ni de nadie, y decirle a la patria deportiva que él no juega por patriotismo ni por el "huevo, huevo, huevo", sino que juega por el equipo, sus compañeros, los seres más cercanos y familiares que lo quieren ver jugar en el conjunto argentino de básquet.

Amén de este desvío, se nota que con dudas en la defensa y apenas dos mediocampistas “top”, poco será a lo que pueda aspirarse a la hora de enfrentar a mediocampos como los del conjunto alemán (Ozil, Gotze, Lahm, Schweinsteiger, Khedira, Kroos) que blindan, roban y disparan ofensivas de 3-5 pases, cuando lo usual en el conjunto argentino es ver a Gago tomar el balón y darle un promedio de entre 8 y 12 toques antes de cederlo. Con Suiza, (atentos que Bélgica está un escalón por delante en esto de asemejarse a los germanos), el equipo tuvo un adelanto al enfrentar a un equipo muy prolijo tácticamente, con un DT alemán con dos Champions Leagues a cuestas y una línea media muy similar, con volantes recuperadores y a la vez distribuidores: Inler (Napoli) que por momentos anestesió a Gago, Behrami (Napoli) y los abiertos que suben al ataque, Shaqiri (Bayern Munich) y Xhaka (Borussia Monchengladbach).  Hace falta recordar que las complicaciones que Shaqiri le proporcionó a la última línea son una bendición en comparación a lo que Van Persie o Robben son capaces de hacer.

Además, está Brasil que con Scolari consiguió una identidad tan homogénea como ganadora.  “¡Pero si juega horrible, Brasil!” –me dirá alguno sin faltar a la verdad. Pero incluso en una final con este Brasil también falto de cohesión, la Argentina es inferior. Todo el poder de fuego que Argentina tiene adelante, Brasil la tiene en el fondo. En tanto Argentina no tiene más que desbarajustes defensivos. A su vez, Brasil es local y eso juega un papel fundamental a la hora de darle un empujoncito hasta la final. Claro que si llegan, esta condición se transformará en presión inadecuada y puede perjudicarlos. Presión del público que también pareciera afectar a los jugadores argentinos que salen a jugar cada match con decenas de miles de argentinos que, haciendo de  ornamento de la masa, les recuerdan que ya somos campeones del mundo por el simple hecho de ser argentinos.

La pregunta es: si el equipo argentino se muestra inferior, incluso a muchos de sus pares sudamericanos, y desde su debut mostró que no juega a nada; ¿puede aspirar a ser campeón del mundo? La respuesta pareciera ser que no. No alcanzará con Messi, quien se viste de goleador pero es incapaz de ponerse el equipo al hombro. Dato fundamental a la hora de querer entender porque Messi ocupará un lugar privilegiado en la mesa de Johan Cruyff, Franz Beckenbauer, Michel Platini, Zinedine Zidane y compañía; pero dejará a Diego Maradona, Pelé y Alfredo Di Stéfano jugando un truco gallo.   

Messi necesita una banda que toque bien para ser Jimmy Hendrix. ¿Pero quién abastece a Messi? Tras el partido con los suizos vimos que ni siquiera el desmejorado Gago, sino el ubicuo Mascherano que corrió más de 12 kilómetros. Y el sacrificado Masche es eso: sacrificio; y no jugador de primera pelota ofensiva, un rompedor de líneas o un pasador vertical. ¿Y quién abastece a Higuaín? ¿Messi? Evidentemente no. ¿Lavezzi y su voluntariado?

Queda en evidencia que el representativo argentino son dos mitades que no cuajan, por más que muchos piensen que el supuesto poder de fuego ofensivo, hoy extinto, compensa a la otra. No. Eso no es un equipo, es un déficit.

Y entonces todas las luces se apuntan a Messi. Pero no podemos pedirle a Messi que se ponga el equipo a cuestas. Es que desde hace más de seis años tiene incorporado un sistema de ataque posicional o por posiciones (made in Guardiola/Barca) y por eso es que no hay que sorprenderse cuando el autismo abruma y lo vemos transitar un mínimo pedazo del terreno como espectador de lujo. Es su forma de estar.

El juego es fundamentalmente absurdo y no hay diferencia entre ganar y perder. En todo caso me interesan las formas. Y el ‘Messías’ solo no será suficiente para dar forma a este nuevo relato mundialista pintado de celeste y blanco.

4/7/2014

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