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Argentina,
cuarto en el Mundial de Básquet
Final
con gusto agridulce
Por Mariano
García
mariano@octubre.org.ar
Fotos:
FIBA

Luego
del cuarto puesto obtenido en el Mundial de Japón, el básquetbol
argentino se encuentra en una situación ambivalente, única en
la historia de este deporte. Por un lado, un dato objetivo que es irrefutable:
estar entre los mejores cuatro del mundo es un logro que durante décadas
fue poco menos que una utopía. Por el otro, una sensación subjetiva:
el equipo estaba para llegar a la final, y haber perdido los últimos
dos partidos deja un sabor amargo en el balance final.
La “Generación
Dorada”, que desde el Mundial 2002 puso a la Argentina entre los mejores
del planeta y obtuvo la medalla dorada en Atenas 2004, elevó el piso
de las expectativas. Lo que hace apenas seis años era un sueño,
ahora era un objetivo posible: volver a ocupar el podio. Es difusa la línea
que separa al exitismo de los objetivos realistas, y aquí vale la aclaración:
aspirar a repetir lo hecho en torneos anteriores no es exitismo. Sobre todo,
cuando el objetivo estuvo al alcance de la mano, y se escapó por errores
técnicos.
Falló
la conducción
¿Errores
técnicos? Sí, lo que falló en la definición fueron
las decisiones tomadas por el cuerpo técnico encabezado por Sergio
Hernández. No fue la suerte, ni siquiera ese último triple de
Nocioni errado contra España, que tenía tantas chances de entrar
como de no hacerlo. Lo que falló fue forzar el juego para dejar al
equipo en una situación de tener que apostar a un último tiro
salvador, cuando el partido no estaba perdido.
Luego
de la semifinal perdida ante España, la cobertura periodística
(especializada o no), junto a las declaraciones de los propios jugadores,
se vieron inmersos en una discusión bizantina acerca de si estuvo bien
tirado o no el último triple, si era Nocioni el indicado para hacerlo,
o de especulaciones acerca del destino que hubiera acompañado a la
Argentina en caso de haber entrado esa última pelota.
En los
análisis posteriores, el excesivo rol asignado al azar ocultó
las responsabilidades del técnico Hernández en el cierre del
partido decisivo. Todos dicen que haber llegado al último segundo con
la chance de ganarle a España fue positivo. Pero se pasa por alto que
no fue el desarrollo del partido el que obligó a ese punto límite,
sino que se llegó a esa situación de suerte o verdad por decisión
propia.
Si bien
se estuvo perdiendo durante gran parte del partido, la Argentina remontó
las diferencias en los últimos dos minutos, y llegó a los últimos
20 segundos con el partido empatado. Allí, la decisión de cortar
con foul, y apostar a cerrar el partido con una acción en ataque, reveló
las fisuras y grietas en la conducción del equipo, que las victorias
anteriores habían disimulado.
Aunque
sea valiente confiar en las fuerzas propias para definir un partido, esa decisión
final ante España demostró que en los momentos críticos,
Hernández desvió el camino que llevó a la Argentina a
los primeros lugares en el mundo. Porque priorizó lo individual a lo
colectivo, los nombres al conjunto. Apostar a defender en esos últimos
20 segundos, hubiera sido apostar por el equipo, por la acción colectiva.
Y se optó por jugarse todas las chances a acciones ofensivas individuales,
depositando todo el peso de las responsabilidades en las dos máximas
estrellas del plantel, Ginóbili (primera opción en ataque, previsible
y bien frenada por los españoles) y Nocioni.
Pero eso
no es todo. Con un quinteto titular cargado de faltas, apostar a defender
la última pelota e ir al tiempo suplementario, era también confiar
en los jugadores suplentes. Y esa fue la segunda falla grave del cuerpo técnico.
Porque no les dio confianza a los reservistas, sobrecargó el juego
en las figuras de más renombre (Sánchez, Ginóbili, Nocioni,
Scola), y confió solo en tres jugadores del banco (Wolkowyski, Herrmann
y Delfino).
Incluso
en los juegos que Argentina se impuso por un abultado margen en el tanteador,
parecía un equipo partido. Los cinco titulares sacaban la diferencia
al inicio, y los suplentes se encargaban de sostenerla. Parecían dos
equipos que se turnaban en el campo de juego, y eso desmoraliza sobre todo
a los que les toca entrar en segunda instancia. Sobre todo en jugadores como
Gabriel Fernández, Andrés Farabello y Leonardo Gutiérrez,
que pisaban la cancha cuando la diferencia era superior a los 15 puntos.
Esa falta
de confianza en algunos suplentes, se disimuló en partidos que Argentina
pudo sacar ventajas rápidamente, pero ante España se pagó
caro. No sólo porque los titulares estaban agotados físicamente,
cargados de faltas, y aún así seguían en cancha. Sino
porque, fundamentalmente, pensar en un suplementario era pensar en una derrota,
para el DT argentino (la lógica indicaba que los más perjudicados
en un eventual suplementario hubieran sido los españoles, que habían
perdido a su máximo referente, Pau Gasol, por una lesión en
el pie).
En un
partido donde ningún equipo podía lograr un gol de campo sobre
el cierre, regalar ese puntito de diferencia fue regalar el Mundial, al equipo
que posteriormente salió campeón.
Los
superhéroes no existen
Que
la Argentina estaba entre los cuatro mejores del mundo, ya se había
demostrado en la primera fase, donde los cuatro invictos fueron los cuatro
semifinalistas. Esa verdad que se intuía, se ratificó llegando
bien a las semifinales. Había que dar un paso más, y no se dio.
En las
instancias en que nos medimos ante equipos de igual nivel, cuando más
tendría que haber aflorado el espíritu de conjunto que llevó
a la Argentina a ser una potencia mundial se apostó demasiado a las
acciones individuales. En ataque, se abusó de una jugada previsible
y ya anticuada, como el “pick and roll”, de los arrestos individuales
de Ginóbili o Nocioni, de los triples apresurados que a veces entraron
y salvaron situaciones comprometidas.
Tener
más y mejores jugadores en la NBA, hizo que este equipo fuera más
popular para los medios masivos. Pero más fama no implica necesariamente
mejor juego, sino incluso todo lo contrario. Incluso a jugadores como Oberto
su estadía en la NBA parece haberlo perjudicado, pues su juego ofensivo
ha sido más limitado y con mucho menos brillo en este mundial, que
en los anteriores torneos (cuando jugaba en España y era figura en
el TAU Cerámica).
Los continuos
fracasos de Estados Unidos, y la debacle serbia, son una alerta que debemos
considerar para el futuro cercano. En el básquet FIBA se gana con equipos
y con esfuerzo colectivo, no con nombres. En un plantel, tener o no jugadores
en la NBA es un factor secundario a la hora de evaluar la calidad de un equipo.
Argentina
mantiene todo su potencial para seguir entre los mejores del mundo. Pero para
hacerlo, no deberá olvidar que la clave está en el trabajo de
equipo, y no en las estrellas salvadoras. Dejemos los superhéroes para
las historietas (y para los norteamericanos, que siguen creyendo que existen).
5/9/2006
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