Rumbo a Londres 2012

 

Argentina, cuarto en el Mundial de Básquet

Final con gusto agridulce

Por Mariano García
mariano@octubre.org.ar
Fotos: FIBA

Luis Scola

Luego del cuarto puesto obtenido en el Mundial de Japón, el básquetbol argentino se encuentra en una situación ambivalente, única en la historia de este deporte. Por un lado, un dato objetivo que es irrefutable: estar entre los mejores cuatro del mundo es un logro que durante décadas fue poco menos que una utopía. Por el otro, una sensación subjetiva: el equipo estaba para llegar a la final, y haber perdido los últimos dos partidos deja un sabor amargo en el balance final.

La “Generación Dorada”, que desde el Mundial 2002 puso a la Argentina entre los mejores del planeta y obtuvo la medalla dorada en Atenas 2004, elevó el piso de las expectativas. Lo que hace apenas seis años era un sueño, ahora era un objetivo posible: volver a ocupar el podio. Es difusa la línea que separa al exitismo de los objetivos realistas, y aquí vale la aclaración: aspirar a repetir lo hecho en torneos anteriores no es exitismo. Sobre todo, cuando el objetivo estuvo al alcance de la mano, y se escapó por errores técnicos.

Falló la conducción

¿Errores técnicos? Sí, lo que falló en la definición fueron las decisiones tomadas por el cuerpo técnico encabezado por Sergio Hernández. No fue la suerte, ni siquiera ese último triple de Nocioni errado contra España, que tenía tantas chances de entrar como de no hacerlo. Lo que falló fue forzar el juego para dejar al equipo en una situación de tener que apostar a un último tiro salvador, cuando el partido no estaba perdido.

Luego de la semifinal perdida ante España, la cobertura periodística (especializada o no), junto a las declaraciones de los propios jugadores, se vieron inmersos en una discusión bizantina acerca de si estuvo bien tirado o no el último triple, si era Nocioni el indicado para hacerlo, o de especulaciones acerca del destino que hubiera acompañado a la Argentina en caso de haber entrado esa última pelota.

En los análisis posteriores, el excesivo rol asignado al azar ocultó las responsabilidades del técnico Hernández en el cierre del partido decisivo. Todos dicen que haber llegado al último segundo con la chance de ganarle a España fue positivo. Pero se pasa por alto que no fue el desarrollo del partido el que obligó a ese punto límite, sino que se llegó a esa situación de suerte o verdad por decisión propia.

Si bien se estuvo perdiendo durante gran parte del partido, la Argentina remontó las diferencias en los últimos dos minutos, y llegó a los últimos 20 segundos con el partido empatado. Allí, la decisión de cortar con foul, y apostar a cerrar el partido con una acción en ataque, reveló las fisuras y grietas en la conducción del equipo, que las victorias anteriores habían disimulado.

Aunque sea valiente confiar en las fuerzas propias para definir un partido, esa decisión final ante España demostró que en los momentos críticos, Hernández desvió el camino que llevó a la Argentina a los primeros lugares en el mundo. Porque priorizó lo individual a lo colectivo, los nombres al conjunto. Apostar a defender en esos últimos 20 segundos, hubiera sido apostar por el equipo, por la acción colectiva. Y se optó por jugarse todas las chances a acciones ofensivas individuales, depositando todo el peso de las responsabilidades en las dos máximas estrellas del plantel, Ginóbili (primera opción en ataque, previsible y bien frenada por los españoles) y Nocioni.

Pero eso no es todo. Con un quinteto titular cargado de faltas, apostar a defender la última pelota e ir al tiempo suplementario, era también confiar en los jugadores suplentes. Y esa fue la segunda falla grave del cuerpo técnico. Porque no les dio confianza a los reservistas, sobrecargó el juego en las figuras de más renombre (Sánchez, Ginóbili, Nocioni, Scola), y confió solo en tres jugadores del banco (Wolkowyski, Herrmann y Delfino).

Incluso en los juegos que Argentina se impuso por un abultado margen en el tanteador, parecía un equipo partido. Los cinco titulares sacaban la diferencia al inicio, y los suplentes se encargaban de sostenerla. Parecían dos equipos que se turnaban en el campo de juego, y eso desmoraliza sobre todo a los que les toca entrar en segunda instancia. Sobre todo en jugadores como Gabriel Fernández, Andrés Farabello y Leonardo Gutiérrez, que pisaban la cancha cuando la diferencia era superior a los 15 puntos.

Esa falta de confianza en algunos suplentes, se disimuló en partidos que Argentina pudo sacar ventajas rápidamente, pero ante España se pagó caro. No sólo porque los titulares estaban agotados físicamente, cargados de faltas, y aún así seguían en cancha. Sino porque, fundamentalmente, pensar en un suplementario era pensar en una derrota, para el DT argentino (la lógica indicaba que los más perjudicados en un eventual suplementario hubieran sido los españoles, que habían perdido a su máximo referente, Pau Gasol, por una lesión en el pie).

En un partido donde ningún equipo podía lograr un gol de campo sobre el cierre, regalar ese puntito de diferencia fue regalar el Mundial, al equipo que posteriormente salió campeón.

Los superhéroes no existen

Que la Argentina estaba entre los cuatro mejores del mundo, ya se había demostrado en la primera fase, donde los cuatro invictos fueron los cuatro semifinalistas. Esa verdad que se intuía, se ratificó llegando bien a las semifinales. Había que dar un paso más, y no se dio.

En las instancias en que nos medimos ante equipos de igual nivel, cuando más tendría que haber aflorado el espíritu de conjunto que llevó a la Argentina a ser una potencia mundial se apostó demasiado a las acciones individuales. En ataque, se abusó de una jugada previsible y ya anticuada, como el “pick and roll”, de los arrestos individuales de Ginóbili o Nocioni, de los triples apresurados que a veces entraron y salvaron situaciones comprometidas.

Tener más y mejores jugadores en la NBA, hizo que este equipo fuera más popular para los medios masivos. Pero más fama no implica necesariamente mejor juego, sino incluso todo lo contrario. Incluso a jugadores como Oberto su estadía en la NBA parece haberlo perjudicado, pues su juego ofensivo ha sido más limitado y con mucho menos brillo en este mundial, que en los anteriores torneos (cuando jugaba en España y era figura en el TAU Cerámica).

Los continuos fracasos de Estados Unidos, y la debacle serbia, son una alerta que debemos considerar para el futuro cercano. En el básquet FIBA se gana con equipos y con esfuerzo colectivo, no con nombres. En un plantel, tener o no jugadores en la NBA es un factor secundario a la hora de evaluar la calidad de un equipo.

Argentina mantiene todo su potencial para seguir entre los mejores del mundo. Pero para hacerlo, no deberá olvidar que la clave está en el trabajo de equipo, y no en las estrellas salvadoras. Dejemos los superhéroes para las historietas (y para los norteamericanos, que siguen creyendo que existen).

5/9/2006

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