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El
relativismo en el arte
Por Mariano
García
mariano@octubre.org.ar
Libro:
¿Para qué sirven las artes?. Autor: John Carey.
Editorial Debate. 281 páginas.
Con
un estilo polémico, no carente de sentido del humor, el autor discute
con las principales corrientes de la estética moderna (desde Kant hasta
Benjamin, por nombrar solo a algunos) en temas fundamentales como la ontología
del arte, las divisiones entre artes “mayores” y “menores”,
y los usos y utilidades que se le han atribuido a la actividad artística,
desde la antigua Grecia hasta la posmodernidad.
Desde
una postura relativista, afirma la inexistencia de valores absolutos en las
artes. Carey descarta las definiciones escencialistas acerca de qué
es arte o no, que es bello o feo, alto o bajo. Revisa afirmaciones que históricamente
se han hecho sobre estas cuestiones fundamentales, y propone respuestas que
a veces responden a construcciones de sentido individual (“una obra
de arte es cualquier cosa que alguien haya considerado alguna vez una obra
de arte, aunque sea una obra de arte solo para ese alguien”) y otras
veces social, de acuerdo a las distintas épocas y contextos geográficos.
Su definición
de arte está muy emparentada a la semiótica de Peirce, ya que
para Carey definir qué es una obra de arte es casi idéntico
que lo que Peirce piensa como signo: algo para alguien.
La dimensión
social surge con más claridad al refutar la existencia de un arte “alto”,
superior al arte popular o “bajo”. Aquí, los postulados
relativistas del autor lo llevan por el camino correcto, al afirmar que lo
que históricamente se consideró arte “superior”
o “inferior” no responde a valores intrínsecos de las obras,
sino a construcciones culturales. Su feroz crítica a las élites
estéticas, así como a la pretendida superioridad de sus gustos
(por ejemplo, el arte conceptual y las instalaciones), es claramente uno de
los puntos más destacables del libro.
Carey
pone en juego los valores estéticos con los éticos al preguntarse
si el arte nos puede hacer mejores personas, reflexiona acerca del arte como
una nueva religión en el mundo secular, y afirma además que
las ciencias biológicas y neuropsiquiátricas poco nos ayudan
para comprender los problemas que plantea el libro.
El estilo
del libro está más cercano al ensayo crítico, que a una
investigación académica. En la segunda parte, Carey entra en
una aparente contradicción con sus primeros postulados, al argumentar
a favor de la literatura como un arte superior al resto (plástica,
música, etc.); pero en seguida aclara que no se trata de una valoración
objetiva, sino de juicios personales basados en su propia experiencia.
Por eso
mismo, es que los últimos dos capítulos pierden un poco de peso
frente al trabajo realizado al principio del libro. Al comparar la literatura
con la música o la pintura, Carey no dice nada que la lingüística
no haya dicho hace casi un siglo acerca de la lengua como sistema de signos
más importante que los sistemas visuales o sonoros; único por
su capacidad para nombrarse a sí misma y al mundo.
En cambio,
sus reflexiones acerca del arte como medio para afianzar la autoestima y ayudar
en la recuperación de quienes son (o se sienten) excluidos de la sociedad,
son mucho más interesantes y merecen ser tenidas en cuenta a la hora
de pensar en un arte que pueda ser patrimonio de toda una sociedad, y no sólo
un privilegio de grupos elitistas.
10/5/2007
Notas
relacionadas:
"El sentido social del gusto", de Pierre Bourdieu
"Arte y falsificación en América Latina", de Daniel Schávelzon
“Sobre la Cultura y el Arte Popular”, de Adolfo Colombres
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