Archivo Revista Soles
Entrevista
a Roberto Fontanarrosa - (Nº 45 - Junio 1998)
Por Mariano García
Auster, condenado por sus propios personajes
Por
Michel Emiliano Nieva
powdered1988@hotmail.com
Libro: Viajes por el Scriptorium. Autor: Paul Auster. Editorial Anagrama. 185 páginas. Año 2007.
Luego
de recibir el prestigioso Premio Príncipe de Asturias, quizá
Paul Auster haya recordado el talento que parecía
desgastado después de algunos simulacros fallidos de novela (La
noche del oráculo; Brooklyn follies) para presentarnos
esta nueva obra que, si bien no se acerca a la magnitud de Trílogía
de Nueva York o El palacio de la luna, sí toca temas
y contenidos similares.
Sobre el trabajo de Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño comentó: “Su problema fue que nunca paró de plagiarse a sí mismo”. Si la tara (o estrategia marketinera) del Nobel colombiano residió en su incapacidad para innovar, tal vez en Auster esa repetición obsesiva sea la gran virtud que lo coronó en la cima de su generación y le prodigó millones de fans por todo el mundo. Repetición de ciertos temas como el problema de la identidad individual en la gran ciudad, la filosofía absurda, la relación ficción-realidad, el azar, de los cuales pretendió distanciarse en sus últimos trabajos y fracasó.
Para quienes aún no conocen la obra de Auster, es recomendable que primero accedan a obras anteriores de este notable autor antes de leer Viajes por el Scriptorium, porque sino no entenderán demasiado. Es decir, lograrán disfrutarla igual y realizar su propia interpretación (que condicionará la posterior lectura de otros trabajos del autor), pero acaso lo más interesante de esta nouvelle sea el repaso y casi homenaje que Auster concede a sus famosos personajes y sus más preciadas novelas.
El protagonista de la historia, un viejo amnésico encerrado en un cuarto repleto de cámaras, no sabe quién es, qué es ese lugar, por qué lo encerraron. Su incertidumbre metafísica nos evoca rápidamente el Teatro del Absurdo de Genet, Beckett y Pinter. Envuelto en un misterio atroz, el personaje, apodado “Míster Blank” por el supuesto autor del informe, no nos brinda un pronóstico demasiado alentador en cuanto a su situación: o es un loco psiquiátrico, o un presidiario, o un conejillo de indias o el desdichado protagonista de un reality show bastante monótono. Lentamente, algunas indulgentes enfermeras o severos abogados lo visitan, aunque Míster Blank no los reconoce. Resulta que, casualmente, estos visitantes son Anna Blume, Daniel Quinn, Marco Fogg (protagonistas de En el país de las últimas cosas, Ciudad de Cristal y El palacio de la luna respectivamente).
Lo único que Míster Blank tiene permitido efectuar en el cuarto es leer un manuscrito de un tal Fanshawe (personaje del último volumen de Trilogía de Nueva York). Ese manuscrito imita notoriamente la trama de Esperando a los bárbaros de J.M. Coetzee.
Con el paso de las páginas, a Míster Blank lo invade la sensación cada vez más insoportable de encontrarse encerrado en una hoja, o en un cuaderno ¿Serán sus visitantes las personas a quienes él perjudicó, y que lo encierran para vengarse? La historia se vuelve paulatinamente más enigmática y más confusa.
Para el borgeano-dependiente, esta obra tiene correlato en tres piezas monumentales: “Borges y yo”, “Las ruinas circulares”, y “El golem” (poema que resume y supera a la novela de homónimo nombre de Meyrink). Míster Blank lentamente se identifica como un álter-ego de Auster y los otros personajes, sus coléricos verdugos, quienes redimen las desgracias que él les hizo pasar. Al final, Míster Blank parece la faceta ficticia, y Paul Auster la real, de una misma persona. Para rematar esta confusión metaliteraria de realidad y ficción, a Viajes por el Scriptorium le faltaría la gran frase de nuestro querido Borges: No sé cuál de los dos escribe esta página.
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25/7/2007
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