|
Auster,
condenado por sus propios personajes
Por
Michel Emiliano Nieva
powdered1988@hotmail.com
Libro:
Viajes por el Scriptorium. Autor: Paul Auster. Editorial
Anagrama. 185 páginas. Año 2007.
Luego
de recibir el prestigioso Premio Príncipe de Asturias, quizá
Paul Auster haya recordado el talento que parecía
desgastado después de algunos simulacros fallidos de novela (La
noche del oráculo; Brooklyn follies) para presentarnos
esta nueva obra que, si bien no se acerca a la magnitud de Trílogía
de Nueva York o El palacio de la luna, sí toca temas
y contenidos similares.
Sobre
el trabajo de Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño
comentó: “Su problema fue que nunca paró de plagiarse
a sí mismo”. Si la tara (o estrategia marketinera) del Nobel
colombiano residió en su incapacidad para innovar, tal vez en Auster
esa repetición obsesiva sea la gran virtud que lo coronó en
la cima de su generación y le prodigó millones de fans por todo
el mundo. Repetición de ciertos temas como el problema de la identidad
individual en la gran ciudad, la filosofía absurda, la relación
ficción-realidad, el azar, de los cuales pretendió distanciarse
en sus últimos trabajos y fracasó.
Para quienes
aún no conocen la obra de Auster, es recomendable que primero accedan
a obras anteriores de este notable autor antes de leer Viajes por el Scriptorium,
porque sino no entenderán demasiado. Es decir, lograrán disfrutarla
igual y realizar su propia interpretación (que condicionará
la posterior lectura de otros trabajos del autor), pero acaso lo más
interesante de esta nouvelle sea el repaso y casi homenaje que Auster
concede a sus famosos personajes y sus más preciadas novelas.
El protagonista
de la historia, un viejo amnésico encerrado en un cuarto repleto de
cámaras, no sabe quién es, qué es ese lugar, por qué
lo encerraron. Su incertidumbre metafísica nos evoca rápidamente
el Teatro del Absurdo de Genet, Beckett y Pinter. Envuelto en un misterio
atroz, el personaje, apodado “Míster Blank” por el supuesto
autor del informe, no nos brinda un pronóstico demasiado alentador
en cuanto a su situación: o es un loco psiquiátrico, o un presidiario,
o un conejillo de indias o el desdichado protagonista de un reality show bastante
monótono. Lentamente, algunas indulgentes enfermeras o severos abogados
lo visitan, aunque Míster Blank no los reconoce. Resulta que, casualmente,
estos visitantes son Anna Blume, Daniel Quinn, Marco Fogg (protagonistas de En el país de las últimas cosas, Ciudad de Cristal
y El palacio de la luna respectivamente).
Lo único
que Míster Blank tiene permitido efectuar en el cuarto es leer un manuscrito
de un tal Fanshawe (personaje del último volumen de Trilogía
de Nueva York). Ese manuscrito imita notoriamente la trama de Esperando
a los bárbaros de J.M. Coetzee.
Con el
paso de las páginas, a Míster Blank lo invade la sensación
cada vez más insoportable de encontrarse encerrado en una hoja, o en
un cuaderno ¿Serán sus visitantes las personas a quienes él
perjudicó, y que lo encierran para vengarse? La historia se vuelve
paulatinamente más enigmática y más confusa.
Para el
borgeano-dependiente, esta obra tiene correlato en tres piezas monumentales:
“Borges y yo”, “Las ruinas circulares”, y “El
golem” (poema que resume y supera a la novela de homónimo
nombre de Meyrink). Míster Blank lentamente se identifica como un álter-ego
de Auster y los otros personajes, sus coléricos verdugos, quienes redimen
las desgracias que él les hizo pasar. Al final, Míster Blank
parece la faceta ficticia, y Paul Auster la real, de una misma persona. Para
rematar esta confusión metaliteraria de realidad y ficción,
a Viajes por el Scriptorium le faltaría la gran frase de nuestro
querido Borges: No sé cuál de los dos escribe esta página.
25/7/2007
Notas relacionadas:
"UN hombre en la oscuridad": Débil fábula Bélica
Borges y el Golem
www.solesdigital.com.ar
|