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Baudelaire: El poeta que dejó caer la aureola
 

 

Por Desireé Galizia
desireegalizia@yahoo.com.ar

Baudelaire

Baudelaire fue un poeta visionario. Fue capaz de ver su propio tiempo desde un lugar crítico e inauguró una nueva concepción de la Belleza. Fue capaz de derribar el dualismo moderno, integrando la íntima unidad del ser contemporáneo y su entorno.

Para entender a Baudelaire es necesario ubicarlo históricamente en su tiempo, dado que sus escritos son un reflejo de aquello que sus ojos veían a diario. Uno de los grandes méritos del poeta francés es haber podido captar los pliegues y enigmas del hombre de su propio tiempo. A pesar suyo, probablemente, y con todo lo que padeció por ello, Baudelaire era conciente de que estaba en una época  de constantes cambios, un momento signado por la convulsión de la historia a nivel mundial.

Resulta imprescindible situar al artista conflictuado en el contexto de la nueva París, que se encuentra redescubriendo un nuevo espacio urbano. De la mano de Napoleón III y el Barón Haussmann, la ciudad sufría un proceso de modernización cuyo objetivo principal era articular la ciudad de modo que fuera posible la circulación a través de numerosas arterias. Los viejos barrios marginales se tiraron abajo, dando lugar a espaciosos boulevares -figura arquitectónica característica del siglo XIX- que dieron paso a la circulación de una punta de la ciudad a la otra, al tráfico incesante de carrozas y coches de caballos, y dieron lugar, asimismo, a la visibilidad de las masas de campesinos pobres que de la mano de la industrialización habían trasladado del campo a las grandes metrópolis.

El panorama cambiaba día a día. La construcción de grandes cafés luminosos y centros comerciales se imponían ante un público admirado que gozaba de las bondades que traía la modernidad. El tránsito que se encontraba aislado en los viejos barrios marginales tuvo por fin su boca de salida, y toda la ciudad fue cubierta por un tipo especial de asfalto llamado macadam que beneficiara el tránsito y fuera afín a las herraduras de los caballos. Todo parecía estar en constante movimiento. En palabras de Walter Benjamin, “París era un festín visual y sensual”.  Lo bueno y lo malo de la ciudad comenzaba a dejarse entrever. De la mano de estos cambios, las pilas de escombros de lo que había sido derribado era su contrapartida

En este contexto, Baudelaire pasó por muchos momentos en la construcción de su pensamiento, incluso contradictorios entre sí. En una primera etapa, el espíritu de la época lo arrastraba optimistamente a creer que la fe en el desarrollo técnico y el advenimiento del orden económico burgués significarían la representación en pleno del progreso humano universal. Y de su mano, irían, por supuesto, las artes, a transitar una ruta de espectacularización y desenfreno.

Dentro de este presupuesto podemos situar Arte y Modernidad, en donde el pintor de la vida moderna es aquél capaz de encontrar la nueva belleza detrás del telón de la urbe, aquél que su sola mirada puede captar lo singular dentro de la multitud, aquello que tiene de característico el vestido, el carruaje y la forma de andar modernas. Pero en un segundo Baudelaire, se nota cómo funciona el desenlace de este ensueño, que tira por la borda un poco del encantamiento para adentrarse en una crítica más amarga de la sociedad. En este período podemos ubicar Las Flores del Mal y los poemas póstumos.

BaudelaireEl arte, la mayor creación del hombre, aquello que lo vuelve sublime, se ve contaminado por las lógicas mercantiles. Nada puede escapar del mercado, todo está atravesado por él. El artista, antaño considerado un ser portador de una habilidad superior, se ve obligado a ofrecer su obra al arbitrio de las leyes de la oferta y la demanda. Aquí es cuando Baudelaire entra en contradicción con él mismo y con su propio tiempo. No puede dejar de admirar lo moderno pero a su vez se ve arrastrado por una lógica que desprecia. A Baudelaire le desagrada que sus escritos tengan como retribución un pago, dinero. Lo ve como una prostitución de una disciplina superior. Bajo esta visión de su tiempo, se da el proceso de desacralización del arte. El artista que no juega con la lógica del mercado pasa a ser cada vez más marginado, pasa a formar parte de la bohemia.

La bohemia parisina rechaza de lleno el estilo de vida burguesa, y sobre todo, el encadenamiento a una jornada laboral como la conocemos hoy en día. Jóvenes artistas, escritores, músicos y pintores en su mayoría, nómades, compartían un mundo de ideas que intercambiaban en los cafés, las cervecerías y en los clubes selectos. Su ambiente sectario los llevaba a ser marginados por la sociedad, una sociedad que sin embargo, despreciaban.

En un diálogo llamado “La pérdida de la aureola”, un hombre, en medio de la noche parisina, se encuentra con Baudelaire en un burdel. Asombrado, le pregunta qué está haciendo allí, a lo que el artista responde que, mientras cruzaba en medio del barro (el macadam se volvía fangoso con la lluvia y la nieve), arriesgando su vida en medio del tráfico violento de carrozas y coches, en un movimiento brusco perdió su aureola, lo que le permitiría de allí en más cometer bajezas y entregarse al desenfreno. La pérdida de la aureola, que remite instantáneamente a las figuras clericales del arte medieval, supone una suerte de humanización del artista. La metáfora de la aureola deja de manifiesto como, utilizando el genio creativo poético, Baudelaire le deja en claro al burgués, de forma irónica, que él también vive en ese mundo, que él también tiene su costado burgués y goza de las bajezas de ese cosmos del que quiere huir constantemente, pero en el que se sambuye sin más, disfrutando su parte más oscura.

Aquello que “el hombre de bien” se encarga de ocultar, aquello que forma parte del lado oscuro del hombre burgués, él lo hace público, lo escupe, lo expone, como si exclamara a gritos cuán hipócrita podía resultar ese enmascaramiento. “Le fange”, es decir, el fango, tiene una profundidad connotativa que da de lleno con lo bajo, lo corruptible, lo indecente y lo degradado. Allí es donde el poeta deja caer su aureola.

Baudelaire toma la modernidad como una moneda, cuyas dos caras ponen de manifiesto la virtud del avance moderno así como el desenfreno de la vida nocturna, el alcohol y los burdeles.  El alma del artista se vuelve defectuosa, desciende al trasfondo de la bajeza tanto o más que el hombre medio. Tiene la necesidad de esa vía de escape porque no soporta el mundo como se lo regalan sus ojos. Porque sus ojos no tienen una visión cualquiera, están embriagados, lo hacen ver más allá.

3/2/2011

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