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Copi: Tarde y no muy seguro
 

 

Por Michel Nieva
michelnieva@gmail.com

No será una novedad decir que la menor de las preocupaciones del mercado editorial es la literatura, mientras que la venta asegurada de los autores ya reconocidos o de los descartables bestseller parece ser el único criterio que rige sus publicaciones. Prueba de ello es que Anagrama haya tardado tanto tiempo (veinte años) en reeditar a Copi, mucho después de que su obra se convirtiera en influencia incuestionable para tantos escritores, en objeto de culto para lectores y estudiosos, y de que sus piezas teatrales fueran representadas por conocidos actores y directores con el consiguiente éxito de público.

Pero a pesar del tiempo transcurrido, no es muy auspiciosa ni cuidada la presentación que ahora hace Anagrama de las Obras de Copi. El subtítulo de “(Tomo I)” parece indicarnos que habrá próximamente un segundo volumen, más aún teniendo en cuenta que la editorial española detenta los derechos de casi todos sus cuentos y novelas. Ahora bien, si esta colección en dos tomos quiere ser un corpus de su trabajo en prosa, ¿qué criterio se utilizó para el ordenamiento?. En ninguna parte se explica. Evidentemente, no fue el cronológico, porque El baile de las locas y Una langosta para dos (títulos no incluidos en el primer tomo) son anteriores a La vida es un tango, mientras que La Internacional Argentinay Río de la Plata fueron sus últimas producciones. 

En cuanto al prólogo que la precede, habiendo tantos escritores interesantes influenciados por Copi o dedicados a estudiarlo, no se entiende por qué fue dejado en manos de una poco conocida reseñista de diarios, cuyas apreciaciones son superficiales,  y perturban en vez de abrir la lectura del libro.

Es interesante, sin embargo, una propiedad que esta prologuista le atribuye a Copi, y que suele ser de gran consenso entre la mayoría de las ediciones y de los estudios dedicados a él: que se lo considere un escritor argentino, cuando en realidad casi toda su obra fue escrita en francés. Esta atribución resultaría tan disparatada como uruguayizar a Lautréamont, Lafforgue, o Supervielle, si no nos sirviera para pensar la peculiar relación que Copi entabló con el país donde nació, y su lengua materna, el castellano. La primera relación, o al menos la más visible, entre Copi y Argentina, quizá no haya dependido tanto de él, y consiste en la intensa influencia que ejerció y ejerce sobre muchos de los mejores autores locales (Aira, Magnus, Cucurto), empapando así al panorama  en prosa latinoamericano actual de la tradición francesa en la que él se ubica: Alfred Jarry, Boris Vian, y el espíritu patafísico en general.    
           
En segundo lugar, podríamos decir que uno de los ejes fundamentales de la obra de Copi consiste en el continuo pasaje de apropiación-expropiación del idioma materno, y de los tópicos y géneros de la literatura argentina. Hay una constante afirmación en sus libros del carácter ajeno, mediatizado, del idioma en que se escriben.

En El uruguayo, por ejemplo, el narrador declara sentirse extraño escribiendo en francés, mientras que todo el día habla en castellano. Esta novela quizá sea la que más explícitamente problematiza la tensión literaria de Copi entre la cultura adoptada (francesa), y la abandonada, la de su madre y la de su infancia (argentina-uruguaya). La estructura de El uruguayo, es la de una carta que un francés envía a un amigo a su país natal, describiéndole sus experiencias en Uruguay. No a primera vista, sino después de leídas algunas páginas, emerge un antecedente argentino incuestionable de la obra: Una excursión a los indios ranqueles, de Mansilla.

También a través del género epistolar (que introduce la idea de diario por entregas de las reflexiones inmediatas acerca de lo vivido), y así como Mansilla se disfraza de etnólogo para traducir a los aristócratas argentinos las costumbres de los ranqueles, Copi parece satirizar este gesto al extremo, brindando la vaga y estereotipada noción que un europeo podría tener de Sudamérica durante los setenta, aunque en clave dadaísta:  

Los uruguayos pronuncian una media de tres palabras por día, algunos pronuncian siempre la misma palabra, otros  son resueltamente mudos. Cuando dos de entre ellos pronuncian habitualmente la misma palabra (poco importa de qué palabra se trate) se convierten en hermanos de sangre, es decir, que pertenecen a una  formación política, y son fusilados de inmediato.

La banalización de la inestabilidad política de la región (presidentes militares que parecen todavía más infradotados de lo que uno esperaría, y que le preguntan a la gente por la calle si desea sucederlos en el cargo) y del terrorismo estatal (gente que inexplicablemente aparece muerta, y después revive), son otros dos rasgos de la ácida caracterización que el narrador-etnólogo hace del Uruguay, y que dependerán del lector, como en Boris Vian, si le causan gracia o le indignan.

En El uruguayo, Copi funda un gesto que repetirá reiteradamente en muchas de sus obras: la expropiación de lo más íntimo (su experiencia rioplatense) para caricaturizarlo como una otredad incomprensible desde el idioma adoptado. Otro gesto típico suyo que ahí inicia es el de la amnesia, o el Olvido Absoluto: el emisor de la carta le exige al receptor que tache las palabras a medida que las lee, porque

Gracias a este simple artificio, al término de la lectura le quedará en la memoria tan poco de este libro como a mí, puesto que, como probablemente ya habrá sospechado, prácticamente ya no tengo memoria.

Recordemos que, muchas veces, el raro ejercicio de Copi es el de volver a su pasado a través de un nuevo idioma que no lo atesora, de modo que la reminisciencia es hacia un Pasado Puro, inaccesible, que sólo puede inventárselo a la vez que se lo recuerda.

La vida es un tango es la única novela que Copi escribió en castellano: un castellano informativo, telegráfico y sin adornos. Si éste mismo rasgo en sus libros en francés se había atribuido al manejo inexperto del idioma, aquí se revela menos como una falencia que como una deliberada decisión literaria: la de escribir sintiéndose siempre extranjero en la lengua utilizada.

La vida es un tango, según César Aira, es un ajuste de cuentas contra el mediocre libro de memorias que Helvio Botana escribió sobre su familia. Copi era sobrino nieto de Natalio Botana, dueño de Crítica, y en esta novela apela a esa experiencia para contar la extraña historia de un periodista de dicho diario, dividida en tres días de tres distintas épocas bien definidas: el primero, durante la Revolución Conservadora de 1930 en Argentina; el segundo, durante el Mayo Francés; y el tercero, durante el cumpleaños número cien del protagonista, convertido en una especie de héroe nacional.

La Internacional Argentinainvoca a un rasgo frecuente en otras de sus obras (El baile de las locas¸ La guerra de las mariquitas), y que consiste enla introducción borgeana y satírica de un álter ego suyo: en este caso se trata de Darío Kopisky, poeta menor argentino residente en París, cuya vida cambia radicalmente cuando conoce a Nicanor Sigampa, extravagante aristócrata argentino de descendencia africana, a mitad de camino entre Ricardo Fort, Francisco de Narváez, y el típico playboy terrateniente del siglo XIX. Nicanor Sigampa es el fundador de La Internacional Argentina, asociación secreta que reúne a los argentinos más ilustres dispersos por el mundo, y que pretende erigir a Darío Kopisky en Presidente de la República. Los personajes poco verosímiles, caricaturizados y de cómic (como Raúla Borges, hija no reconocida del escritor argentino), y el argumento que linealmente se vuelve más descabellado y vertiginoso, son dos claves del arte de Copi que en La Internacional Argentinallegan al máximo de su expresión.

De Río de la Plata, texto autobiográfico escrito en castellano, y hasta ahora inédito, no hay mucho qué comentar más que el profundo anti-peronismo que allí el autor expresa, y la descripción algo curiosa de las costumbres sexuales porteñas durante la década del ’50:

La represión era igual para los machos que para los maricones, y más fuerte aún para las mujeres.(…)El sexo toma entonces las mil formas de la imaginación y la astucia. El flirteo es permanente, las calles están tan frecuentadas de noche como de día, los medios de transporte van abarrotados y resultan propicios a los tocamientos. Las vibraciones de esos pequeños autobuses pintados de todos los colores que se llaman colectivos hacen estremecerse las nalgas de todo el mundo y se diría que han sido inventados para la excitación. Las pocas salas de cine en las que no se hace el amor en la platea son por todos conocidas: son las cinematecas. El porno nunca se abrió camino pero está por todas partes. Isabel Sarli (…) nunca fue considerada en Argentina más que una hija de inmigrantes italianos algo rolliza a la que le suceden aventuras insólitas, como hacerse violar por una decena de carniceros cuando entra a un matadero a comprar un croissant.

La ciudad de las ratas quizá sea la novela más floja de Copi: al igual que en La guerra de las mariquitas, el delirio del argumento no es progresivo sino que se instala ya desde el comienzo. Pero, en este caso, esa presentación delirante inicial disminuye el efecto de asombro a todos los disparates que ocurrirán después. Lo más interesante de la obra es, nuevamente, la repetición del tópico del idioma ajeno o mediatizado: un tal Copi encuentra el manuscrito de una rata, redactado en dialecto rata, y lo traduce al francés. Lo extraño del lenguaje de las ratas consiste en su similitud con el castellano. Por ejemplo, si el equivalente en francés para “de emergencia” es “d’urgence”, las ratas utilizan una expresión intermedia y mestiza: “d’emergence”. Esta clase de solecismos son aclarados por el traductor, Copi, y le producen a la novela el apocrifizador efecto de estar leyendo la traducción de un original que no existe.

Las nuevas reediciones españolas de Copi, aunque demoradas y tarde, facilitan el acceso a un autor insoslayable para las letras latinoamericanas.

3/9/2010

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