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Literatura soviética

Hacia el caos o la felicidad


 

 

Por Nancy Gregof
nan1284@gmail.com

Fotos: Mariano García
@solesdigital
/ Photosniper


En los relatos de Mijaíl Bulgákov (1841-1940) y Andréi Platónov (1899-1951), la ciencia y la técnica son herramientas fundamentales para el cambio de las condiciones materiales de existencia. Sin embargo, las materialidades con las que trabajan los poseedores de estos conocimientos, así como las posiciones que toman respecto de ellos, son muy diferentes.

Por ejemplo, el personaje principal de Los huevos falates, el científico, excelentísimo y sabio Profesor Persikov, concentra en su persona el conocimiento como factor de poder y autoridad dentro y fuera de las instituciones; sin embargo se encuentra aislado de las realidades que exceden su laboratorio. Es justamente en este punto en donde Bulgákov incorpora las voces de las “masas campesinas” y el periodismo amarillista que acosan a Persikov, en un primer momento, alabándolo como “creador”, y luego, acusándolo de “destructor”.

El profesor es un personaje solitario, obsesivo, enfermizo, totalmente dedicado a los conocimientos científicos de laboratorio en donde el hombre desmiembra a seres apartados de la naturaleza para aprender de ella. Existe una desconexión importante entre la realidad externa, del campesinado, y la interna, la de los logros científicos, perseguidos por el profesor. Al estar preocupado por su seguridad personal y la de sus experimentos llama  a la Dirección Nacional de Seguridad, quien luego aprueba el proyecto de Fatalov, a quien le entrega su “rayo rojo” para probarlo en huevos de gallinas en el proyecto llamado “Granja colectiva El Rayo Rojo”. Si bien el profesor no conocía el funcionamiento en estos especímenes, su elección es dejarlo todo en manos de quienes han determinado el proyecto. Su preocupación no es total hasta que se entera del desastre en la granja, y luego la posibilidad de la llegada de los reptiles a la gran ciudad.

Sus peleas con la prensa obrera, con la muchedumbre que lo espera en la puerta de su laboratorio luego de la propaganda sobre su descubrimiento, así como todos los estudiantes desaprobados por “ignorantes”, caen en la misma zona, por fuera de su interés y accionar. Tal es la separación con el mundo de la vida que se entera de la peste avícola una vez que esta ya ha finalizado.

El poder científico que detenta con sus conocimientos es funcional para la manutención de sus investigaciones y su forma de vida citadina, así como para la obtención de títulos académicos y reconocimientos gubernamentales. La ciencia, en este caso, está puesta al servicio del centro de poder. Esta idea se repite en Morfina, en donde el joven médico egresado de la universidad se encuentra con un hospital totalmente equipado, con instrumental y métodos que desconoce, ante los cuales queda aterrorizado e intenta, por medio de la práctica y el estudio, entender en su totalidad.

Las relaciones interpersonales con los pacientes son livianas, lejanas y meramente médicas; las formas de pensamiento y actuación del campesinado le resultan chocantes, incomprensibles o extrañas. Los pacientes son cuerpos, tanto que una de las mayores preocupaciones del médico es la posible aparición de una intervención quirúrgica que desconoce (hernia estrangulada), manifestando una muy baja sensibilidad por los pacientes como seres humanos. Otra vez, la ciencia actúa en función de beneficios personales, del reconocimiento de logros particulares, en donde “asistir” al otro no es vincularse con ellos ni con sus realidades.

En el caso de Platónov el funcionamiento de los saberes técnicos en los pueblos o lugares alejados del centro adquieren un enfoque totalmente diferente. Tanto en Dzhan, como en los relatos de La patria de la electricidad, la tecnificación es en función del beneficio colectivo. Las máquinas, los inventos, son herramientas necesarias y fundamentales para el cambio social, pero este conocimiento no es el único importante. La relación con la naturaleza, con la madre tierra, y el valor de la experiencia de vida, adquieren un rol central. En el campesinado hay conocimiento, historia y memoria,  como en una anciana en la cual “en su mirada se reflejaba la perspicaz inteligencia de quienes han pasado grandes pruebas en la vida. Quizás sabía más que toda la ciencia económica y podría ser un miembro honorario de la Academia de ciencias” (Platónov, 1973). Esta ironía, reforzada también en el relato “Las dudas de Makar”, donde los “seres científicos” son seres vacíos, pone en consonancia la observación sobre el lugar del saber respecto del poder y sus legitimaciones.

En los relatos de Platónov, el saber de la naturaleza excede al libresco, es el que permite que la imaginación sea otro factor central para pensar en las condiciones de posibilidad técnicas según las condiciones dadas por la misma tierra. Por ejemplo, en “La patria de la electricidad”; se menciona sobre el presidente del Comité Ejecutivo de la Región: “lo atormentaba el problema de cómo luchar contra las secuelas de la guerra civil y mejorar la suerte de todo el pueblo. Soportaba el turbio calor de aquel seco verano en el cual no había caído del cielo ni una gota de agua viva; toda la naturaleza olía a putrefacción y a despojos, como si ya se hubiera abierto una tumba para el pueblo” (Platónov, 1999).

En Dzhan esta idea es todavía más fuerte, ya que los viajes por Nazar en el desierto lo llevan a encontrar en la misma naturaleza que castiga el refugio para sobrevivir. La orfandad de los pueblos en la naturaleza, ligadas a la falta de asistencia, refugio y sensibilidad por el valor de la vida son puestas en primer plano. Entones, los pobladores de Dzhan, quienes no encuentran un sentido reparador en vida y solo desean la muerte, salen al mundo a buscar su destino de felicidad una vez que, gracias a la acción de Aidim y Nazar, tienen techo, comida y cobijo por una noche. La necesidad imperante en los personajes de Platónov es la de acción para llegar al destino de la felicidad, fundamento del pensamiento socialista en donde los hombres actúan en comunidad, en beneficio de todos, y la ciencia y técnica son instrumentos que se suman a los ya adquiridos por la propia vida y la experiencia en la tierra.  

Utopía de la felicidad- Distopía del caos

Cada autor plantea perspectivas muy disímiles sobre las ideas de progreso y modernidad. En las obras de Bulgákov la ciencia y la técnica son herramientas que desde el poder central sirven para asistir a una masa revoltosa, ignorante, sin capacidad crítica, con una profunda fe religiosa y creencias populares que la alejan del entendimiento de las aplicaciones y beneficios de la ciencia. La distopía se ancla en la desorganización del aparato estatal, quien, por ejemplo, asigna cargos y responsabilidades a sujetos carentes de competencias para el desarrollo de sus actividades, como en el caso de Fatalov o del joven médico. Si bien este último, por medio de la praxis y el estudio logra solucionar los problemas que se le presentan, en el caso de Fatalov su desconocimiento es una puerta abierta al caos, de la cual el profesor Persikov elije no hacerse responsable para no afectar sus propios intereses. La distopía se conjuga con la atomización de poderes que, aislados de la realidad social de las masas, solo tiene como camino la ironía y el desastre.

En cambio, en los relatos de Platónov encontramos una utopía de la felicidad basada en las acciones que desde la ciencia y la técnica son posibles en la realidad inmediata. Como señala Jameson (2000), en la utopía de Platónov existe un dinamismo que no se queda en la contemplación del mundo destruido por las guerras y el hambre, sino que esa destrucción es la condición necesaria para la reconstrucción de las nuevas realidades desde la relación con la propia tierra, que no es de mera explotación, sino también de reconocimiento de la historia, la memoria, la existencia que en ella han forjado los hombres a través de sus luchas. El destino del hombre, para Platónov, es la felicidad, y “la felicidad siempre tiene una medida grande, se equipara con todo el socialismo” (Platónov, 1973).

27/10/2015

Fotos: Mosaicos de la estación de metro Mayakovskaya (Moscú)

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