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El Golem de Bret Easton Ellis
 

 

Por Michel Nieva
powdered1988@hotmail.com

Libro: Lunar Park Autor: Bret Easton Ellis. Editorial Sudamericana. 380 páginas. Año 2007.

Beatriz Sarlo afirma que una de las mayores virtudes del genio literario consiste en construirse, o dejar, o ayudar a que le construyan, un gran personaje ficcional en torno a su propia figura (y releer así la tradición después de Borges no es muy difícil). Autor controvertido como pocos, Bret Easton Ellis, justamente, ensaya el género que ya había inventado Borges en el último tomo de sus obras completas: la (auto)biografía satírica.

Practicada como entrada enciclopédica del futuro por el argentino, Ellis la intenta en forma de novela, pero sí… el intervalo entre los dos escritores, repleto de simulacros posmodernos que funden lo real con lo ficticio, no parecen dotar de demasiada originalidad a Lunar Park, más bien la vuelven una estéril imitación.

Sin embargo Ellis no necesitó de esta última novela que protagoniza un escritor de su mismo nombre para que, como piensa Sarlo, sea él de mentira. Sus anteriores best-sellers, siniestramente desesperanzados, pornográficamente violentos, desataron una polémica tal en la sociedad norteamericana (asociaciones feministas reclamando la censura de American Psycho, maniáticos supuestamente imitando los homicidios de sus libros) que los medios de comunicación no pararon de hablar sobre él: que Ellis es drogadicto y alcohólico, que Ellis es bisexual, que Ellis es un millonario decadente, que Ellis odia a su padre… (las similitudes con Baudelaire, pura coincidencia).

Lunar Park no es la autobiografía de Ellis, ni un libro apócrifo inspirado en su propia vida, sino una parodia del personaje grotesco que los medios de comunicación engendraron sobre él a raíz del escándalo de sus libros.

La obra, narrada en primera persona por este Bret Easton Ellis, se inicia con un análisis de cómo comienzan sus libros y la manera en que se volvió rico y famoso a través de ellos. Lo más interesante de este primer capítulo quizá sea la mirada irónica y veladamente crítica de la generación de escritores a la que Ellis pertenece, llamada Brat Pack por los críticos, donde priman la frivolidad y la importancia de los contratos millonarios como únicos compromisos estéticos:

nuestras payasadas incluían peleas de comida, lanzamientos de langostas y duchas de Dom Perignon hasta que el personal, que no le veía la gracia, nos pedía que abandonáramos el local. Dado que nuestros editores nos sacaban todo el tiempo a gastos pagados, las editoriales costeaban esa vida disoluta. Era el principio de una época en la que casi parecía que la novela ya no importaba: publicar un objeto brillante con aspecto libresco era simplemente una excusa para disfrutar de las fiestas y el glamour y para que atractivos escritores leyeran sus textos de afilado minimalismo a estudiantes que los escuchaban en trance, boquiabiertos de admiración y pensando: yo puedo hacer eso, puedo ser uno de ellos. Pero claro, si no eras lo bastante fotogénico, la triste verdad era que no podías.

El autor chic, poeta decadente en el contexto de la Nueva York de inicios del siglo XXI, promiscuo sexualmente y cocainómano, anti-intelectual, a quien le importa más usar un traje Armani que leer a Whitman, un cutis suave a los vaivenes del pensamiento de Wittgenstein, es la figura de la que se vale Ellis, y de la que a la vez se burla, para inventarse a sí mismo.

Con diálogos lacónicos y rotundos bien merecedores de inscribirse en la larga tradición norteamericana fundada por Hemingway y una prosa mixturada de realismo sucio y Thomas Pynchon, Lunar Park relata la posibilidad de que ese Bret Easton Ellis licencioso y millonario, pero, por sobre todo, marcado por el estigma de odiar a su padre, tenga un hijo: ¿Cómo no imitar los errores, las taras del progenitor que tanto él mismo sufrió, a la hora de educar a su hijo? ¿Cómo, en definitiva, al ser padre, no convertirse en su propio padre? Por estas preguntas corren las líneas más interesantes de la obra (y también, por qué no, las más graciosas: imaginarse a esa estrella de rock literaria meciendo una cuna y cambiando pañales).

Después el argumento se torna muy  confuso innecesariamente: se empiezan a repetir en la vida del escritor escenas de sus propias novelas, y aparece el personaje del Escritor, que le dice a Ellis lo que debe hacer, y nunca termina de dilucidarse si se trata de una suerte Dios que gobierna y escribe la historia de la historia, o una voz en off alucinatoria en la mente del narrador, o todo a la vez. En resumen, que al libro le sobran cien páginas en su tramo final.

Siguiendo a Sarlo (a Borges en realidad), Ellis deposita otra huella para despistar, o jugar, con quienes se obstinan en reconstruir su vida (¿o la de su propio personaje?) a través de sus libros. Un novelista interesante que vale la pena leer.

28/7/2009

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