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Narrativa francesa contemporánea

La caída de las máscaras

Las novelas francesas de los últimos tiempos se han caracterizado por profundizar la reflexión sobre el proceso de escritura. Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan y HHhH de Laurent Binet postulan grandes ejemplos de esta corriente sin dejar de proponer dos historias tan dispares como intrigantes.

 

 

Por Bárbara Arrigoni
@barbaraarrigoni

La literatura francesa siempre se ha caracterizado por la introspección. Símiles monólogos interiores se desarrollaban de sus novelas incluso antes de que los vanguardistas de principios del siglo XX propusieran el fluir de la conciencia, un estilo despojado de los límites impuestos entre habla, pensamiento y acción. A esta línea, entre los que se encuentran clásicos como La princesa de Clèves o En busca del tiempo perdido, queya han traspasado los límites regionales para transformarse en libros que hablan de una humanidad atemporal, se suman las recientes obras de Delphine de Vigan y Laurent Binet, que ya dejan de lado la exploración de personajes para profundizar los pensamientos detrás del proceso de escritura.

Signada por una misteriosa figura materna, que detrás de un magnánimo exterior escondía una profunda desilusión sólo percibida en la intimidad, Vigan escribió hacia fines de 2011 la novela pseudo-autobiográfica Nada se opone a la noche. Si bien en un principio recuerda a las extensas novelas románticas en que padres e hijos eran víctimas del paso del tiempo y de los cambios impuestos por la industrialización, a poco de adentrarse en la dinámica familiar se hace evidente que los problemas lejos están de ser externos al círculo íntimo. El impulso de Vigan de contar la historia de su madre, Lucile, surge a partir del suicidio de ésta tras una prolongada lucha con su bipolaridad y los traumas de su juventud. A partir de un intento de finalmente comprenderla, de realizar para ella un “féretro de papel”, la autora mezcla en las páginas de esta memoria ajena los frutos de una investigación con la invención literaria. Los extensos pasajes que describen rutinas familiares pueden basarse en las entrevistas realizadas a sus tíos o escritos antiguos de su madre, pero no dejan de contar con la imaginación de quien, para describirlos, debió idear un trasfondo para relatar su pasado.

Por otro lado, el relato de Nada se opone a la noche esconde en la multiplicidad de voces y de personajes el secreto que se desarrolla frente a los ojos del lector. Sin embargo, el entrelíneas más interesante es el planteo de la verdad como una literatura cuidadosamente construida, cuya veracidad no recae en su limitarse a los hechos sino en apropiarse de ellos al realizar una narración personal y, por lo tanto, transmisible. Lo que sucede pasa a segundo plano cuando las interpretaciones subjetivas como construcciones individuales de una historia colectiva resultan más intrigantes como transformaciones. La explicitación de las dificultades a la hora de escribir una biografía ajena hacen de la obra de Vigan una metaficción que reflexiona a cada paso el objetivo de un escritor como moldeador de verdades, característica que la destaca entre otras novelas.

El mismo énfasis en la metaficción y en la reconstrucción de hechos como recreación imaginaria aparece en otro gran éxito literario francés de los últimos tiempos: “HHhH”, de Laurent Binet. En el relato histórico de quien fue uno de los máximos exponentes del nazismo, Binet desentraña la creación de una biografía histórica, ya no tan directamente personal. “HHhH” -sigla alemana para “Himmlers Hirn heisst Heydrich” (“El cerebro de Himmler se llama Heydrich”)- narra el ascenso y apogeo de Reinhard Heydrich, el desarrollo de los planes y la concreción de su asesinato, y la posterior destrucción del pueblo de Lidice como represalia alemana.

A partir de la recreación de situaciones que no ha presenciado sino mediante evidencia, Binet se centra en lo fantástico de la Praga de la Segunda Guerra Mundial. Invadida por alemanes, acomodada acorde a los propósitos del nazismo, la capital de la actual República Checa se presenta como un palacio donde el matrimonio Heydrich vive su cuento de hadas tras una vida de desesperado ascenso social. Pero a diferencia de Vigan, quien no le da tanta importancia a la veracidad de los hechos, el autor relata a la par de la historia su obsesión por la precisión histórica. La invención de personajes y de situaciones sería “fabricación de evidencia” para un escritor que prefiere solo mencionar lo que podría haber hecho: relatar nacimientos a la manera decimonónica, hacer del asesinato de Heydrich una escena heroica o despojar a los alemanes de todo rasgo humano. En lugar de dedicar extensos párrafos a la invención de lo desconocido, prefiere destinarlos a una reflexión sobre todos los elementos que componen las novelas históricas para de esa forma desentrañar, a la par de Vigan, la construcción de una realidad alternativa. No obstante, en lugar de apoyarse en la invención, como lo hacía la autora, se disculpa de su abuso en la ficción como si el solo hecho de la escritura fuese semejante a la elaboración de una mentira.

Ambas novelas proponen cara y contracara de una modalidad narrativa que en las últimas dos décadas se profundizó en Francia: las meta-ficciones. Mientras que Vigan lucha por no desvelar un secreto familiar y se debate sobre las implicancias fácticas de una visión sesgada por la subjetividad que no permite aceptar que la monstruosidad se esconda bajo el mismo techo, Binet desnuda lo demónico de Heydrich para hacer de él un ser mundano, ajustado a los hechos, sin más características que las que sus acciones denotaban. Ante la mención de decisiones como La Noche de los Cristales y la Solución Final, Binet no deja de admitir un profundo odio por el general Nazi, pero no por ello hace más heroico el camino de Gabčík y Kubiš, quienes llevan a cabo el asesinato del protagonista gracias a rápidas reacciones ante su mala suerte.

En última instancia, ambos relatos dejan de ser historias sobre otra gente y pasan a ser propias. Vigan se apropia del pasado de su familia y acepta los fracasos de una clase media francesa que no admite que sea posible la perversión dentro de su círculo. Binet reconoce a lo largo de la novela cómo su interés por el arquitecto de la Solución Final proviene de los relatos de su padre en su infancia, de sus años como profesor de francés en Eslovaquia, de libros que lo han intrigado por años. Al mostrar al lector las suturas de la escritura y del abordaje del tema, buscan alejarse de la ficción desleal que transforma las historias verídicas para tornarlas increíbles. Hacer de Lucile una niña en la que conviven la felicidad de la infancia con las preocupaciones de la pubertad o de Gabčík y Kubiš hombres que buscan simplemente erradicar al hombre que postula un peligro para su país, no héroes que planean una derrota a nivel mundial, es mostrar al ser humano despojado de una música de película de fondo.

Los personajes pasan a ser seres cuyo real valor cae, en definitiva, en no verse relegados a caricaturas ficcionalizadas, “degradados por la ficción”, como postula Binet. Los escritores entran en la acción para comentarla y, de ese modo, se permiten presentarla como una anécdota de la que son parte, incluso si no la han vivido. El relato de los hechos y la narración de nuestras propias inclinaciones a querer contarlos como algo grandilocuente transforman la literatura en una historia más honesta, donde las acciones y los hombres dejan de ser grandiosos para, tal vez, ganar mayor humanidad.

12/3/2014

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